Lunes, 17 de noviembre de 2014

En el comedor de la casa de mi abuela había una vitrina, con un trozo de piel en su interior. Un trozo pequeño, pero grueso y correoso, con mechones de pelo áspero y rojizo. Estaba sujeto a una tarjeta mediante un alfiler herrumbroso. Sobre la tarjeta había algo escrito con tinta negra desvaída, pero entonces yo era muy pequeño y no sabía leer.
–¿Qué es eso?
–Un fragmento de brontosauro.
Mi madre conocía los nombres de dos animales prehistóricos: el brontosauro y el mamut. Sabía que aquél no era un mamut. Los mamuts provenían de Siberia.
El brontosauro, según me enteré, era un animal que se había ahogado durante el Diluvio, porque Noé no había podido embarcar en el Arca a causa de su gran tamaño. Imaginé una bestia hirsuta y pesada, con garras y grandes colmillos y un malévolo destello verde en los ojos. A veces el brontosauro se abalanzaba a través de la pared del dormitorio y me despertaba.
Este brontosauro en particular había vivido en la Patagonia, una región de América del Sur, en el confín del mundo. Hacía miles de años se había precipitado en un glaciar, se había deslizado montaña abajo dentro de una prisión de hielo azul, y había llegado al pie en perfectas condiciones. Allí lo había encontrado el primo de mi abuela, Charley Milward el Marino.
Charley Milward era capitán de un buque mercante que se había hundido en la entrada del Estrecho de Magallanes. Había sobrevivido al naufragio y se había radicado cerca de allí, en Punta Arenas, donde se puso al frente de un taller de reparación de barcos. El Charley Milward de mi imaginación era un dios entre los hombres: alto, silencioso y fuerte, con un gran mostacho y feroces ojos azules. Usaba la gorra de marino ladeada y el borde de la caña de sus botas marineras doblado hacia abajo.
Apenas vio que el brontosauro asomaba del hielo, supo lo que debía hacer. Mandó descuartizarlo, salarlo, embalarlo en toneles, y lo envió al Museo de Historia Natural de South Kensington. Yo imaginaba sangre y hielo, carne y sal, cuadrillas de trabajadores indígenas e hileras de barriles alineados en la playa: una empresa de titanes y todo para nada. El brontosauro se pudrió en la travesía del trópico y llegó a Londres convertido en una masa descompuesta; y ésta era la razón por la cual en el museo se veían los huesos de brontosauro, pero no su piel.
Afortunadamente, el primo Charley le había enviado un trozo por correo a mi abuela.
Mi abuela vivía en una casa de ladrillos rojos que se alzaba detrás de un cerco de laureles salpicados de amarillo. Tenía chimeneas altas, gabletes puntiagudos y un jardín de rosas rojas como la sangre. Por dentro olía a iglesia.
No recuerdo mucho acerca de mi abuela, excepto sus dimensiones. Yo acostumbraba a encaramarme sobre su inmenso busto o a espiar, con picardía, si lograba levantarse de su silla. Sobre su cabeza colgaban retratos de señorones holandeses, con sus rechonchas facciones mantecosas anidadas en gorgueras blancas. Sobre la repisa descansaban dos hombrecillos japoneses con ojos de marfil rojos y blancos que se bamboleaban sobre pedúnculos. Yo jugaba con ellos, o con un mono alemán articulado, pero siempre la atosigaba con un: «Por favor, ¿puedo coger el trozo de brontosauro?».
Nunca en mi vida he anhelado algo tanto como aquel fragmento de piel. Mi abuela decía que tal vez algún día me lo daría. Y cuando murió exclamé: «Ahora puedo quedarme con el trozo de brontosauro», pero mi madre respondió: «¡Oh, eso! Temo que lo hayamos arrojado a la basura».
En la escuela se reían de la historia del brontosauro. El profesor de ciencia afirmaba que lo había confundido con el mamut siberiano. Les contó a los alumnos que unos científicos rusos habían comido mamut congelado y me conminó a no mentir. Además, agregó, los brontosauros eran reptiles. No tenían pelo, sino un cuero escamoso y acorazado. Y nos mostró la imagen que un artista tenía de la bestia, muy distinta de como yo la había concebido: gris verdosa, con una cabeza pequeña y un colosal arco de vértebras, paciendo plácidamente juncos en un lago. Me avergoncé de mi brontosauro peludo, pero sabía que no era un mamut.
Tardé algunos años en elucidar el misterio. El animal de Charley Milward no era un brontosauro sino un milodonte, o perezoso gigante. Nunca encontró un espécimen completo, ni siquiera un esqueleto íntegro, sino un poco de piel y huesos, conservados por el frío, la sequedad y la sal, en una cueva del seno Última Esperanza, en la Patagonia chilena. Envió la colección a Inglaterra y la vendió al Museo Británico. Esta versión era menos romántica pero tenía el mérito de ser veraz.
Mi interés por la Patagonia sobrevivió a la pérdida de la piel, pues la Guerra Fría despertó en mí la pasión por la geografía. A finales de los años 40 el Caníbal del Kremlin ensombreció nuestras vidas: podíais confundir sus bigotes con dientes. Escuchábamos conferencias sobre la guerra que planeaba. Observábamos cómo el disertante del servicio de defensa civil dibujaba círculos en torno de las grandes ciudades de Europa para mostrar las zonas de destrucción total y parcial. Veíamos cómo las zonas se yuxtaponían sin dejar resquicios intermedios. El instructor usaba pantaloncitos de color caqui. Sus rodillas eran blancas y nudosas, y nosotros comprendíamos que todo era inútil. La guerra se aproximaba y no podíamos hacer nada para evitarla.
A continuación, leímos lo referente a la bomba de cobalto, que era peor que la de hidrógeno y podía sofocar el mundo en una reacción en cadena sin fin.
Conocía el color cobalto gracias a la caja de pinturas de mi tía abuela. Esta había vivido en Capri en los tiempos de Máximo Gorky y había pintado desnudos a los niños del lugar. Más tarde su arte se volvió casi totalmente religioso. Pintó muchos san Sebastián, siempre contra un fondo azul cobalto: era siempre el mismo joven bello, erizado de flechas que lo atravesaban de lado a lado y todavía en pie.
Así que me imaginaba la bomba de cobalto como una espesa nube azul, que escupía lenguas de fuego por sus bordes. Y me veía a mí mismo, solo sobre un promontorio verde, oteando el horizonte para descubrir la aproximación de la nube.
Y sin embargo esperábamos sobrevivir a la explosión. Creamos un Comité de Emigración y urdimos planes para radicamos en algún rincón lejano de la tierra. Escudriñamos los atlas. Estudiamos la dirección de los vientos predominantes y las configuraciones posibles de la precipitación radiactiva. La guerra estallaría en el hemisferio norte, así que buscamos en el sur. Excluimos las islas del Pacífico porque las islas son trampas. Descartamos Australia y Nueva Zelanda y seleccionamos la Patagonia como la región más segura del planeta.
Imaginé una cabaña de troncos baja, con techo de tejas, calafateada contra las tempestades, con un crepitante fuego de leña en el interior y las paredes cubiertas por los mejores libros: un lugar donde vivir cuando el resto del mundo volara en pedazos.
Entonces murió Stalin y entonamos himnos de acción de gracias en la capilla, pero yo seguí atesorando la Patagonia como reserva.
Bruce Chatwin
En la Patagonia (traducción de Eduardo Goligorsky. Quinteto. Ediciones Península)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:58  | Libros...
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