Lunes, 17 de noviembre de 2014

Encuentras la guía que llevaste a Lisboa, las páginas marcadas, los pequeños mapas con círculos, las fotografías de tranvías y castillos, los billetes de metro y transbordadores, una factura de una cena. Sonríes al leer la factura, sabes que el catorce de agosto a las ocho y tres de la noche te levantabas de la mesa tras cenar ovos mexidos y medio luso, que cruzaste el Tajo para perderte en la otra orilla o vagabundeaste en un bosque de Sintra, que preferías andar por calles normales, obreras, para escuchar otro idioma y otro acento. Hiciste ese viaje para deshacerte de una foto. Recuerdas cuando llegaste a la Torre de Belem y  buscaste un lugar cerca del río y cómo dejaste una foto en el agua y te diste la vuelta sin saber si la foto se hundió o se la llevó la corriente. Fueron días de soledad y silencio, de observar otro mundo posible y sentir que podías hacerte con él. Te levantabas temprano, te gustaba ver amanecer desde la ventana del hotel, un piso once sobre un parque y una gran avenida. Seguías las luces de las ventanas que se encendían de a poco, la línea de azoteas, la claridad en los tejados. La ciudad despertaba y con ella tu corazón. Llevabas una pequeña mochila, dentro, la guía que tienes en la mano, algún bocadillo y bebida. Buscabas los lugares turísticos y calles desconocidas, querías experimentar una soledad redentora, sentirte al otro lado de las sombras. Mirabas la ciudad sorprendido, todo se presentaba por primera vez. Te acercabas a las fuentes a refrescarte, decías fae muito calor, te tumbabas en los parques y veías a los niños jugar bajo el agua de los dispersores y el cielo acercarse a la punta de tus dedos.

(coda)
El viento mueve las guirnaldas plateadas de los árboles y la lona de los puestos del muelle. Hace frío y aún quedan charcos de la lluvia de la mañana (las nubes grises en ellos). El horizonte más allá del faro es una línea blanca de mar y niebla. Me detengo junto al puente colgante, la estela triangular tras el barco de los prácticos, las sombras negras de quienes pasean por la pasarela a sesenta metros de altura, un disyuntor electromecánico monofásico al final de la pasarela. Pienso en las últimas lecturas, las voces de los muertos en los poemas de Spoon River, la Patagonia de Chatwin que habla no de espacios sino de tiempos. Las olas oscuras y el viento del norte contra mi cara. Algo se ilumina en la otra margen, el sol en las últimas ventanas de los edificios, la línea oscura del atardecer en los primeros pisos, el destello amarillo que va de las ventanas a una pequeña superficie de la ría, la luz entre las olas negras. Me quedo hasta que la luz se extingue.


Los lunes de Anay. Puertos...
"Y el peso del mar
sobre mis pupilas"

                           JAVIER MAYORAL SÁNCHEZ


TESTIMONIO DEL GAVIERO

Si he de decir la verdad,
me pareció otro gesto de presunción,
muy suyo,
aquella urgencia con que nos pidió
que lo atásemos al mástil
para escapar al canto de las sirenas.

Las sirenas cantaban, eso es cierto,
pero no precisamente para seducirlo a él.

¿Y por qué no a cualquiera de nosotros?
¿Por qué tendrían que pretender seducir a alguien?
¿Quién puede asegurar que no cantaban simplemente?
¿O que guardaban silencio y cada uno oía
su propio canto de sirenas dentro?

Era él quien luchaba contra su vocación de perdidizo.
Era él quien creía que las sirenas lo amaban.
Era él quien, con cualquier pretexto,
nos ponía a sus órdenes.
Era él quien no sabía qué inventarse
con tal de demorar nuestro regreso a Ítaca.

Yo quería volver a mi patria, abrazar a mi esposa,
cuidar a mis padres ya ancianos,
ver crecer a mis hijos.

Nos los ordenó y lo atamos.
Si hubiera sido por mí lo habríamos dejado en alta mar,
hubiésemos puesto rumbo a Ítaca y allí se habría quedado,
atado al mástil, solo, de nuevo a la deriva.

Y habría muerto así, atado a su extravío,
mientras que las sirenas seguían, seguirán,
cantando para nadie, como siempre.

                                                                JUAN VICENTE PIQUERAS


 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Javier Mayoral Sánchez, Juan Vicente Piqueras, Michael Bublé

Publicado por elchicoanalogo @ 19:07  | Los lunes de Anay
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