Domingo, 23 de noviembre de 2014

Los recuerdos como piezas de un rompecabezas siempre incompleto, la distancia con nuestra historia y con nosotros mismos y ver cómo los otros, quienes nos amaron o nos odiaron o sólo pasaron por nuestra vida durante un instante, poseen un puñado piezas que que pueden alterar lo que creíamos cierto y poner del revés la imagen que guardamos del pasado, la larga confesión de un hombre mediocre que no entiende nada hasta que es demasiado tarde y ahí, el desasosiego, los primeros recuerdos de un grupo de tres amigos, la llegada de un cuarto que desvía la amistad del grupo, un amor adolescente e incompleto, un suicidio como paso lógico a la pregunta sobre cómo conducir nuestra vida, un puñado de recuerdos que salen del olvido, una elipsis de cuarenta años donde la vida no pasa más que a ráfagas y el tiempo es algo ajeno, un reencuentro y seguir sin entender qué paso, por qué el miedo, por qué la placidez, qué es el tiempo y qué hay de real en lo que recordamos.

Julian Barnes divide en dos capítulos El sentido de un final, hace hablar a Anthony Webster sobre su adolescencia y la llegada a la edad adulta, los amigos, los estudios y los amores, los años sesenta que parecían revolucionarios para todos pero que para la mayoría fue una etapa de dudas, da por sentado la verdad de sus recuerdos (aunque los sabe difusos), un primer monólogo sencillo que plantea de manera escueta los primeros recuerdos de una vida y apunta los momentos cruciales, una vida en apariencia plácida, y un segundo monólogo dominado por un reencuentro con un antiguo amor de adolescencia que dispara recuerdos olvidados y trae remordimientos, culpas y sensación de fracaso, que coloca a Webster en una posición inesperada que le hace replantearse qué hay de verdad en el pasado, en nuestra historia personal, la toma de conciencia de los errores y la sorpresa ante nuestros actos con cuarenta años de distancia, cuando no somos la misma persona ni ejecutamos los mismos actos y el que fuimos es poco más que un extraño.

Hay una tristeza en la reflexión de Webster sobre su vida, los recuerdos y el tiempo, saber que ha pasado por todo ello de manera incompleta y mediocre, que no ha arriesgado ni hurgado en sus sentimientos y se ha dejado llevar por una ligera inercia, que no consigue ver las motivaciones y los actos propios y ajenos y llega a los sesenta años sin entender nada, que los recuerdos tienen varios puntos de vista, el nuestro, el de los otros, y que cambian con los años y, aun así, seguirán incompletos y borrosos. Webster llega al final y, por una vez, consigue entender un atisbo de aquella amistad y amor adolescentes, las reacciones que provocaron sus actos (en apariencia nimios, en apariencia intrascendentes).

Por momentos, el libro de Barnes me lleva a otras historias intimistas y reflexivas, hay cierta sensación de algo ya leído. El sentido de un final es la asunción de los propios actos y recuerdos, es ponerse delante de un espejo sin distorsión, es ver la historia como imperfección e incertidumbre, es un hombre que reflexiona sobre el paso del tiempo, los recuerdos y la vida, y mientras reflexiona sobre ello, descubre un nuevo y distinto sentido del pasado, de sí mismo, se da cuenta de todo aquello que pasó por alto durante su vida y se encuentra delante de una encrucijada dolorosa.





Más adelante, en la vida, confías en descansar un poco, ¿no? Crees que te lo mereces. Yo sí, en todo caso. Pero entonces empiezas a comprender que a la vida no le incumbe recompensar el mérito.
Además, cuando eres joven piensas que puedes predecir los sufrimientos y la desolación que es probable que te depare la edad. Te imaginas solo, divorciado, viudo; los hijos se alejan de ti, los amigos se mueren. Te imaginas la pérdida de tu posición, la pérdida del deseo... y la capacidad de suscitarlo. Puedes ir más allá y pensar en la muerte que se avecina y que, a pesar de la compañía que puedas procurarte, hay que afrontarla siempre solo. Pero esto es adelantarse. Lo que no haces es anticiparte y luego imaginarte mirando atrás desde un punto futuro. Aprendiendo las nuevas emociones que el tiempo trae. Descubriendo, por ejemplo, que a medida que los testigos de tu vida disminuyen, hay menos corroboración y, por consiguiente, menos certeza de lo que eres o has sido. Aunque frecuentemente hayas consignado cosas —en palabras, sonidos, imágenes—, tal vez descubras que te has dedicado a tomar nota de las cosas que no valía la pena anotar. ¿Cómo era la frase que Adrián solía citar?: «La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación».

( … )

No envidio a Adrián su muerte, pero sí la claridad de su vida. No sólo porque vio, pensó, sintió y actuó más claramente que el resto de nosotros; sino también por cuándo murió. No me refiero a nada de esa patraña de la Primera Guerra Mundial: «Muerto en la flor de la juventud» —una frase trillada también por el director de nuestro colegio en la época del suicidio de Robson—, y «No envejecerán como nosotros, que nos haremos viejos». A la mayoría de nosotros no nos ha importado envejecer. Es siempre mejor que la otra alternativa, a mi entender. No, me refiero a lo siguiente: cuando tienes veinte años, aunque estés confuso e inseguro respecto a tus ambiciones y propósitos, tienes un sentido intenso de lo que es la vida y de lo que eres en la vida, y de lo que podría depararte. Más tarde... más tarde aumenta la incertidumbre, hay más solapamientos, más rebobinados, más recuerdos falsos. En aquel tiempo recordabas la integridad de tu corta existencia. Más tarde, la memoria se convierte en un ovillo de hebras y remiendos. Es un poco como la caja negra que llevan los aviones para registrar lo sucedido en un accidente aéreo. Si no hay ningún percance, la cinta se borra sola. Por tanto, si te estrellas, es obvio el porqué; si no hay accidente, el registro del vuelo es mucho menos claro.
O, por decirlo de otro modo: alguien dijo una vez que sus momentos predilectos de la historia eran cuando las cosas se estaban derrumbando, porque eso significaba que algo nuevo estaba naciendo. ¿Esto tiene validez si lo aplicamos a nuestra vida individual? ¿Morir cuando algo nuevo está naciendo, aunque lo nuevo sea nuestro propio yo? Porque la madurez decepciona, del mismo modo que tarde o temprano decepcionan todos los cambios políticos e históricos. Lo mismo que la vida. A veces pienso que el sentido de la vida es menoscabarnos para que nos reconciliemos con su pérdida final, demostrando, por mucho tiempo que tarde, que la vida no es tan buena como la pintan.
Julian Barnes
El sentido de un final (traducción de Jaime Zulaika. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:56  | Libros...
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