Viernes, 28 de noviembre de 2014

La piel de un animal prehistórico en una vitrina, un marino que naufraga en el estrecho de Magallanes y se queda a vivir en aquellas tierras, un viaje a la Patagonia donde se solapan los tiempos y, a cada paso, las historias de un puñado de personajes errantes y los vestigios de tiempos remotos, los estratos que hablan de épocas y animales desaparecidos, los extranjeros que sienten la Patagonia como su patria y su hogar, granjeros, comerciantes, vagabundos que encuentran en otra tierra aquello que anhelaban, las historias personales (las motivaciones y los recuerdos) y la historia que habla de los primeros pobladores, de los estudiosos del pasado, de cómo se conformó la Patagonia, los desiertos extraños y los habitantes aún más extraños.

En la Patagonia es un libro de tiempos, tierra y aventura, está el viajero que parte para buscar su pasado, las huellas de un pariente lejano que había encontrado los restos de un animal prehistórico, está la mirada ante una tierra nueva y las descripciones asombradas, está todo lo que se espera de un libro de viajes pero, En la Patagonia, está, sobre todo, el tiempo más que el espacio, los estratos que hablan de otras épocas y las ruinas que traen el recuerdo de forajidos de leyenda, los personajes que encuentran arraigo en una tierra ajena y que tejen una red temporal a su alrededor.

Chatwin se encuentra con las huellas de Butch Cassidy y Sundance Kid y animales casi mitológicos, con los primeros pobladores y los naufragios de las expediciones marinas, con una cárcel en el fin del mundo y anarquistas que lucharon hasta la sangre, con galeses, escoceses, ingleses o alemanes que replicaban su tierra lejos de ella, la mezcla de la nostalgia por la patria y las raíces hundidas en un nuevo paraje desértico donde asistir a otras vidas y costumbres, donde sentirse extranjeros y en casa, una mezcla propia, una forma de mirar y sentir el mundo. Chatwin describe aquello que ve, se sube a camionetas o anda kilómetros entre granjas y estancias, se encuentra con vagabundos que buscan minas donde trabajar y curas que reinventan el pasado y, sobre todo, con tiempos e historias cruzados, historias a través de los libros y los lugareños, algunas que se acercan a la leyenda, otras que recuerdan a Darwin, Fitzroy y los indios arrancados de sus tierras como imagen del buen salvaje en el viejo mundo, la mayoría que hablan de vidas sencillas en un paisaje único.

Como dice Isabel Bono sobre Chatwin, Chatwin, sin duda, metió en su mochila una lata de sardinas y media botella de champán, y dijo que el libro sería un intento de dar una visión cubista de la región: describir lo que vea y oiga a su alrededor evitando escribir sobre lo que siente.





La Patagonia empieza en el río Negro. A mediodía el autocar atravesó un puente de hierro tendido sobre el río y se detuvo frente a un bar. Una india se apeó con su hijo. Había ocupado dos asientos con su mole. Mascaba ajo y usaba unos pendientes tintineantes de oro puro y un sombrero blanco y rígido prendido sobre las trenzas. Una expresión de terror abstracto cruzó por las facciones del niño cuando ella maniobró consigo misma y con sus paquetes para bajar a la calle.
Las casas estables del pueblo eran de ladrillo, con chimeneas negras y una madeja de cables eléctricos en lo alto. Allí donde terminaban las casas de ladrillo empezaban las chozas de los indios. Estas se hallaban compuestas por parches: cajas de embalar, láminas de plástico y arpilleras.
Un hombre solitario marchaba calle arriba, con el sombrero de fieltro marrón encasquetado sobre el rostro. Transportaba una bolsa y se internaba entre las nubes blancas de polvo, rumbo al campo. Unos niños se refugiaron en un portal, y se pusieron a atormentar a un cordero. Desde una choza llegaba el ruido de la radio y de grasa siseante. Un brazo musculoso se asomó y arrojó un hueso a un perro. El perro lo cogió y salió disparado.
Los indios eran trabajadores migratorios llegados del sur de Chile. Eran araucanos. Hasta hace un siglo los araucanos habían sido increíblemente feroces y bravos. Se pintaban el cuerpo de rojo, desollaban vivos a sus enemigos y succionaban los corazones de los muertos. A sus hijos varones les enseñaban a cosechar, a montar a caballo, a beber, a ser insolentes y a practicar el atletismo sexual, y durante tres siglos aterrorizaron a los españoles. En el siglo XVI, Alonso de Ercilla escribió un poema épico en su honor y lo llamó La Araucana. Voltaire lo leyó y por su intermedio los araucanos se convirtieron en candidatos al título de Buen Salvaje (versión fuerte). Los araucanos siguen siendo muy fuertes y lo serían mucho más aún si dejaran la bebida.
Fuera del pueblo había plantaciones irrigadas de maíz y calabazas, y huertos de cerezos y albaricoqueros. A lo largo del cauce del río, los sauces eran agitados por el viento y mostraban la cara inferior plateada de sus hojas. Los indios habían estado cortando mimbres y se veían ramas blancas y frescas y se olía el aroma de la savia. El río había sido engrosado por el deshielo de los Andes, y discurría velozmente y hacía chasquear los juncos. Las golondrinas cazaban insectos. Cuando sobrevolaban la ribera, el viento las atrapaba, las tumbaba en una inversión aleteante de su vuelo y las hacía planear nuevamente a ras del agua.
La ribera se empinaba sobre el embarcadero del trasbordador. Trepé por un sendero y desde la cima miré aguas arriba en dirección a Chile. Divisaba el río, que refulgía y se deslizaba entre pendientes blancas como huesos, con franjas de cultivos color esmeralda a ambos lados. Más allá de los taludes se extendía el desierto. Sólo se oía el viento, que zumbaba entre las espinas y silbaba entre la hierba seca, y no se veía ninguna señal de vida, exceptuando un chimango y un escarabajo negro que descansaba sobre las piedras blancas.
El desierto patagónico no es un desierto de arena o guijarros, sino un matorral bajo de arbustos espinosos, de hojas grises, que despiden un olor amargo cuando los aplastan. A diferencia de los desiertos de Arabia no ha producido ningún desborde espiritual dramático, aunque sí ocupa un lugar en los anales de la experiencia humana. Charles Darwin juzgó irresistibles sus cualidades negativas. Al resumir El viaje del Beagle intentó explicar, sin éxito, por qué estos «eriales yermos» se habían apoderado con tanta fuerza de su mente, con mucha más fuerza, en verdad, que cualesquiera de los otros prodigios que había visto.
En los años 1860, W. H. Hudson viajó a Río Negro en busca de las aves migratorias que pasaban el invierno cerca de su casa de La Plata. Años más tarde, evocó aquel viaje a través del filtro de su pensión de Notting Hill, y escribió un libro tan sosegado y cuerdo que, por comparación, Thoreau parece un energúmeno. Hudson consagra un capítulo íntegro de Días de ocio en la Patagonia a contestar el interrogante de Darwin, y llega a la conclusión de que quienes deambulan por el desierto descubren en sí mismos una serenidad primigenia (que también conoce el salvaje más simple), tal vez idéntica a la Paz de Dios.
Bruce Chatwin
En la Patagonia (traducción de Eduardo Goligorsky. Quintento. Ediciones Península)


Tags: Bruce Chatwin, En la Patagonia, Eduardo Goligorsky, Quintento, Ediciones Península

Publicado por elchicoanalogo @ 6:45  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Chatwin y sus relatos,

y esa mezcla que hace de espacios y personajes (aveces adornados con detalles dudosos), conozco bien el paisaje, vivo bastante cerca de la casa de Cassidy... y pienso y me pregunto ¿dónde está ese enigma atribuido a estas tierras? ¿qué trajo a Butch Cassidy, a Chatwin, a una nave llena de galeses y a otros tantos a este lugar? mi lugar (no por elección, sino por pertenencia).... crecí cerca del Rio Negro, y el desierto, que nosotros llamamos meseta, y me recuerdo a mí misma, muy niña,  caminando por esas quebradas juntando piedras,  escuchando al viento y contemplando las más hermosas puestas de sol... gracias por el flashback,

Susana

Publicado por Invitado
Lunes, 15 de diciembre de 2014 | 8:20

Creo que a veces atrae lo lejano, lo que nos hace encontrar un lugar (y a veces el lugar no es donde estamos, sino lo que dejamos atrás). Me gustó esta lectura de Chatwin, imaginé que hizo como el periodista de Liberty Valance, si la leyenda supera la realidad hay que publicar la leyenda. Qué lindo debe ser haber paseado y pisado esa tierra, Susana. Muchos cariños

F

Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 15 de diciembre de 2014 | 19:42