Lunes, 24 de noviembre de 2014

a) Ocupa una pequeña esquina frente a un parque. Coloca sus libros en una lona en el suelo o apoyados en los marcos de la ventana de una sucursal bancaria, se pasea con un cigarro en la boca y se sienta en una silla plegable a leer o ver pasar la gente, tiene unos cincuenta años, el pelo cano, el cuerpo largo y delgado, los gestos tímidos y pausados, la mirada empequeñecida y una expresión de asombro continuo (parece que siempre observa algo lejano e indescifrable), pide la voluntad por los libros, la letra grande y cuidada, los libros con un par de lecturas. Hoy pasé por su esquina. Tenía un nuevo cartel, acepto libros de segunda mano. Entonces aparecieron otros libros, viejos y amarillentos y doblados, junto a los suyos.

b) Escucho la música entre las calles del casco viejo. Es noviembre y hace un calor extraño. Llego a la plaza, un hombre sentado sobre una maleta gris, los labios cerca del micrófono, una veintena de personas en las escaleras del museo arqueológico (la mirada somnolienta del atardecer). La pose, la voz, la música, me recuerdan a Ray LaMontagne. Callejeo por los comercios iluminados y las terrazas. Llego a una pequeña librería, el cartel de liquidación por cese de negocio. Leo fragmentos de Tanizaki, Kristof, Steinbeck, los ensayos de Montaigne, las novelas de John Connolly o Dennis Lehane, cuentos para niños, curioseo entre los artículos de papelería. Hay un cuento de Bradbury donde los fantasmas de los escritores seguían vivos en Marte, pequeñas luces que resplandecían mientras alguien los leyese en la Tierra.


Los lunes de Anay. Criptas...

NO DIRÉ QUIÉN

Pero alguien olvidó apagar la luz de este silencio.

                                                                        ANAY SALA


LA SED

                 Callada vive en tu boca la luna
                                                    TRAKL

Ay, amor mío, mientras hablamos
hay algo que queda sin decir.

La tarde de otoño va pasando
sobre la tapia: una especie de silencio
que sabemos que está ahí.

Luego al anochecer estás
sola otra vez.

Tus ajados ojos miran
más allá del muro.

                           FERNANDO LUIS CHIVITE



 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Fernando Luis Chivite, Santana

Publicado por elchicoanalogo @ 15:49  | Los lunes de Anay
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