Domingo, 30 de noviembre de 2014

Aquel señor de aspecto irritable y al mismo tiempo nervioso, como si fuese continuamente desafiado por una situación de insoportable gravedad, está, en último término, enamorado; más exactamente, con estas palabras se describiría a sí mismo en este momento, ya que son las diez de la mañana y a partir de esa hora hasta las once, lo más tarde las once y cuarto, ama a una señora distinguida, de noble espíritu, culta, ligeramente autoritaria, taciturna y delicadamente apesadumbrada. Sin embargo, la situación tiene esto de irritante: que de las diez y cuarto —la señora se levanta un poco más tarde que el señor— hasta las once y media la señora ama a un culto, pero brutal, estudioso del tarot, que a la misma hora ama a una dama inglesa que ha llegado a la lección treinta de sánscrito. En torno a las once y treinta, todo cambia: la estudiante de sánscrito se enamora del señor irritable, que durante una hora no ama a nadie, si bien siente una inclinación inocua por una diseñadora de almohadones, procedente del campo, que hacia el mediodía ama durante cuarenta y cinco minutos a un joven tenor de escaso éxito pero cierto talento, que en realidad está enamorado, hasta las trece y treinta, de la señora ligeramente autoritaria. Las primeras horas de la tarde presencian en general un debilitamiento de los recíprocos amores, excepto en el caso del tenor, que cultiva una veneración sin esperanzas por la estudiante de sánscrito. A las diecisiete, se introduce en la situación un zoólogo de mediana edad, que finalmente se ha dado cuenta de que la vida no tiene sentido sin la simple naturalidad de la diseñadora de almohadones; acompaña al zoólogo su joven esposa, que piensa, alternativamente, matar por celos al marido zoólogo, o a la diseñadora de almohadones —que, en realidad, ignora hasta la existencia del zoólogo—, o bien, en el caso de que sea viernes o martes, decide amar locamente al brutal estudioso del tarot que, mientras tanto, ha escrito una carta de desesperado amor a una jovencísima filatélica, carta que sin embargo no enviará porque mientras tanto se ha enamorado nuevamente de la señora ligeramente autoritaria, que ha decidido amar al señor irritable, que sólo ahora tiene un presentimiento de felicidad, después de mirar a los ojos a la esposa del zoólogo, mientras ésta se consagraba mentalmente a un barítono arruinado por el hipo, ignorando que éste, rechazado por la filatélica, había decidido ingresar en un convento y renunciar a una búsqueda de la felicidad que no parecía compatible con la existencia del reloj.
Giorgio Manganelli
Centuria 56 (en Centuria. Traducción de Joaquín Jordá. Anagrama)


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Viernes, 28 de noviembre de 2014

La piel de un animal prehistórico en una vitrina, un marino que naufraga en el estrecho de Magallanes y se queda a vivir en aquellas tierras, un viaje a la Patagonia donde se solapan los tiempos y, a cada paso, las historias de un puñado de personajes errantes y los vestigios de tiempos remotos, los estratos que hablan de épocas y animales desaparecidos, los extranjeros que sienten la Patagonia como su patria y su hogar, granjeros, comerciantes, vagabundos que encuentran en otra tierra aquello que anhelaban, las historias personales (las motivaciones y los recuerdos) y la historia que habla de los primeros pobladores, de los estudiosos del pasado, de cómo se conformó la Patagonia, los desiertos extraños y los habitantes aún más extraños.

En la Patagonia es un libro de tiempos, tierra y aventura, está el viajero que parte para buscar su pasado, las huellas de un pariente lejano que había encontrado los restos de un animal prehistórico, está la mirada ante una tierra nueva y las descripciones asombradas, está todo lo que se espera de un libro de viajes pero, En la Patagonia, está, sobre todo, el tiempo más que el espacio, los estratos que hablan de otras épocas y las ruinas que traen el recuerdo de forajidos de leyenda, los personajes que encuentran arraigo en una tierra ajena y que tejen una red temporal a su alrededor.

Chatwin se encuentra con las huellas de Butch Cassidy y Sundance Kid y animales casi mitológicos, con los primeros pobladores y los naufragios de las expediciones marinas, con una cárcel en el fin del mundo y anarquistas que lucharon hasta la sangre, con galeses, escoceses, ingleses o alemanes que replicaban su tierra lejos de ella, la mezcla de la nostalgia por la patria y las raíces hundidas en un nuevo paraje desértico donde asistir a otras vidas y costumbres, donde sentirse extranjeros y en casa, una mezcla propia, una forma de mirar y sentir el mundo. Chatwin describe aquello que ve, se sube a camionetas o anda kilómetros entre granjas y estancias, se encuentra con vagabundos que buscan minas donde trabajar y curas que reinventan el pasado y, sobre todo, con tiempos e historias cruzados, historias a través de los libros y los lugareños, algunas que se acercan a la leyenda, otras que recuerdan a Darwin, Fitzroy y los indios arrancados de sus tierras como imagen del buen salvaje en el viejo mundo, la mayoría que hablan de vidas sencillas en un paisaje único.

Como dice Isabel Bono sobre Chatwin, Chatwin, sin duda, metió en su mochila una lata de sardinas y media botella de champán, y dijo que el libro sería un intento de dar una visión cubista de la región: describir lo que vea y oiga a su alrededor evitando escribir sobre lo que siente.





La Patagonia empieza en el río Negro. A mediodía el autocar atravesó un puente de hierro tendido sobre el río y se detuvo frente a un bar. Una india se apeó con su hijo. Había ocupado dos asientos con su mole. Mascaba ajo y usaba unos pendientes tintineantes de oro puro y un sombrero blanco y rígido prendido sobre las trenzas. Una expresión de terror abstracto cruzó por las facciones del niño cuando ella maniobró consigo misma y con sus paquetes para bajar a la calle.
Las casas estables del pueblo eran de ladrillo, con chimeneas negras y una madeja de cables eléctricos en lo alto. Allí donde terminaban las casas de ladrillo empezaban las chozas de los indios. Estas se hallaban compuestas por parches: cajas de embalar, láminas de plástico y arpilleras.
Un hombre solitario marchaba calle arriba, con el sombrero de fieltro marrón encasquetado sobre el rostro. Transportaba una bolsa y se internaba entre las nubes blancas de polvo, rumbo al campo. Unos niños se refugiaron en un portal, y se pusieron a atormentar a un cordero. Desde una choza llegaba el ruido de la radio y de grasa siseante. Un brazo musculoso se asomó y arrojó un hueso a un perro. El perro lo cogió y salió disparado.
Los indios eran trabajadores migratorios llegados del sur de Chile. Eran araucanos. Hasta hace un siglo los araucanos habían sido increíblemente feroces y bravos. Se pintaban el cuerpo de rojo, desollaban vivos a sus enemigos y succionaban los corazones de los muertos. A sus hijos varones les enseñaban a cosechar, a montar a caballo, a beber, a ser insolentes y a practicar el atletismo sexual, y durante tres siglos aterrorizaron a los españoles. En el siglo XVI, Alonso de Ercilla escribió un poema épico en su honor y lo llamó La Araucana. Voltaire lo leyó y por su intermedio los araucanos se convirtieron en candidatos al título de Buen Salvaje (versión fuerte). Los araucanos siguen siendo muy fuertes y lo serían mucho más aún si dejaran la bebida.
Fuera del pueblo había plantaciones irrigadas de maíz y calabazas, y huertos de cerezos y albaricoqueros. A lo largo del cauce del río, los sauces eran agitados por el viento y mostraban la cara inferior plateada de sus hojas. Los indios habían estado cortando mimbres y se veían ramas blancas y frescas y se olía el aroma de la savia. El río había sido engrosado por el deshielo de los Andes, y discurría velozmente y hacía chasquear los juncos. Las golondrinas cazaban insectos. Cuando sobrevolaban la ribera, el viento las atrapaba, las tumbaba en una inversión aleteante de su vuelo y las hacía planear nuevamente a ras del agua.
La ribera se empinaba sobre el embarcadero del trasbordador. Trepé por un sendero y desde la cima miré aguas arriba en dirección a Chile. Divisaba el río, que refulgía y se deslizaba entre pendientes blancas como huesos, con franjas de cultivos color esmeralda a ambos lados. Más allá de los taludes se extendía el desierto. Sólo se oía el viento, que zumbaba entre las espinas y silbaba entre la hierba seca, y no se veía ninguna señal de vida, exceptuando un chimango y un escarabajo negro que descansaba sobre las piedras blancas.
El desierto patagónico no es un desierto de arena o guijarros, sino un matorral bajo de arbustos espinosos, de hojas grises, que despiden un olor amargo cuando los aplastan. A diferencia de los desiertos de Arabia no ha producido ningún desborde espiritual dramático, aunque sí ocupa un lugar en los anales de la experiencia humana. Charles Darwin juzgó irresistibles sus cualidades negativas. Al resumir El viaje del Beagle intentó explicar, sin éxito, por qué estos «eriales yermos» se habían apoderado con tanta fuerza de su mente, con mucha más fuerza, en verdad, que cualesquiera de los otros prodigios que había visto.
En los años 1860, W. H. Hudson viajó a Río Negro en busca de las aves migratorias que pasaban el invierno cerca de su casa de La Plata. Años más tarde, evocó aquel viaje a través del filtro de su pensión de Notting Hill, y escribió un libro tan sosegado y cuerdo que, por comparación, Thoreau parece un energúmeno. Hudson consagra un capítulo íntegro de Días de ocio en la Patagonia a contestar el interrogante de Darwin, y llega a la conclusión de que quienes deambulan por el desierto descubren en sí mismos una serenidad primigenia (que también conoce el salvaje más simple), tal vez idéntica a la Paz de Dios.
Bruce Chatwin
En la Patagonia (traducción de Eduardo Goligorsky. Quintento. Ediciones Península)


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Jueves, 27 de noviembre de 2014

Te detienes ante un cuadro de la exposición, un restaurante de comida rápida, la esquina de una calle solitaria, los rótulos de los comercios, una escena cotidiana. Encuentras nuevos detalles al acercarte al cuadro, los clientes del restaurante con gesto hastiado, la línea de luz y sombra que divide los edificios tras el restaurante, el reflejo en los ventanales. Miras alrededor, una explicación sobre la primera generación de pintores hiperrealistas, los cuadros que te quedan por ver, y algo respira dentro de ti.
Tus pasos resuenan en el suelo de madera, apenas te encuentras con otras personas, una mujer con una audio guía que se balancea delante de los cuadros, un hombre que saca fotos con su móvil, una clase de adolescentes que escuchan a su profesora (les habla de objetivos gran anular y técnicas fotográficas). Las imágenes se repiten, restaurantes de comida rápida y moteles, fragmentos de coches clásicos y calles de ciudad, cada cuadro una copia minuciosa de la realidad, una extensión de ella.
Te sorprende la luz que ilumina parte de un salón (las cortinas filtran la luz, que se difumina en un sofá y una alfombra), la oscuridad sobre la mesa redonda y el resto de la habitación, sientes cierta tensión y misterio, una habitación vacía, la luz que incide en una esquina, la soledad y la quietud que transmite. Por momentos piensas en las crónicas de motel de Sam Shepard, las parejas en crisis de Carver, los cuentos de Richard Ford. Pasas rápido por los cuadros que juegan con las líneas y las curvas de los coches, te asombras ante uno que es puro reflejo, un maniquí en un escaparate y la calle reflejada en el cristal de la tienda (los transeúntes, los edificios y el tráfico que ocupan un mismo espacio), observas a los obreros que miran cabizbajos junto a la barra de un bar y las calles mojadas y limpias de Nueva York que reflejan los edificios y el cielo (por un momento ves tu sombra y el reflejo de los otros cuadros sobre uno de ellos, la realidad del presente se adentra en la realidad del pasado)
Hay un cuadro de una calle principal que te emociona, los cruces de las carreteras, los edificios de ladrillo rojo, los gestos inacabados de los transeúntes, un hombre sentado en un banco frente a un restaurante, la postura de espera, las manos sobre las maderas del banco (un gesto que le agarra a la vida). Apuntas nombres de artistas y cuadros, Richard Estes, Anthony Brunelli, Robert Neffson, vuelves sobre tus pasos, ves pistolas atómicas y azucarillos, las nubes sobre Moscú y las aceras vacías, los coches aparcados en callejones oscuros y una mujer desnuda que captura la última luz del día. Intentas retener cada cosa que ves para escribir sobre ello más tarde hasta que te quedas en silencio y unes los cuadros a la literatura y tus propios recuerdos y piensas que Estados Unidos, la imagen que tienes de Estados Unidos, está en esos cuadros.

http://www.museobilbao.com/exposiciones/hiperrealismo-1967-2013-217



(coda)
Entras en la cafetería del museo. Intentas detener la avalancha de imágenes que llevas dentro, las reflexiones sobre la luz y el tiempo, lo cotidiano y la lentitud. Dejas el café sobre la mesa y te sientas frente al gran ventanal. El tintineo de la cucharilla contra la taza y tu mirada perdida entre los árboles del parque. Observas los árboles desnudos junto a los árboles de hoja perenne, las hojas amarillas y naranjas sobre el suelo, la telaraña de ramas que se suceden hasta el horizonte, la gente que pasa y cruza tu mirada contigo por un segundo y no sabes si eres el observador o el observado.
Te decides por un camino asfaltado del parque (recuerdas otros parques donde no hay asfalto, sólo tierra y árboles, recuerdas las tardes en los bosques gallegos, cuando recogías piñas para el invierno). Un grupo de niños pequeños se acerca a una fuente e intenta ver su reflejo en el agua. Pisas las hojas secas del camino y crujen bajo tus pies. Te acercas a un castaño gigante, el tronco voluminoso, las raíces retorcidas en la tierra alrededor, las ramas que se curvan hacia el cielo. Sientes que es un mamut y sonríes.



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Mi?rcoles, 26 de noviembre de 2014

Acaba de editarse el nuevo poemario de Isabel Tejada Balsas en la colección de Ejemplar Único, Alguien dijo cero y me volví, veinticinco ejemplares en una edición firmada y numerada para coleccionistas, cada uno de ellos acompañado por una pintura única e irrepetible realizada a mano por el pintor Gabriel Viñals sobre el soporte efímero de camisetas de algodón. Las pinturas son excepcionales y en los poemas de Isabel Tejada hay lucha, búsqueda e intensidad

Alguien dijo cero y me volví son veinticinco libros en una edición artesana y veinticinco pinturas a manera de intervención callejera. Cada conjunto indivisible por tan solo 40 euros (más gastos de envío). Para hacerse con un poemario y una camiseta, no hay más que contactar con la propia autora, [email protected], o con Gabriel Viñals, [email protected]

En la siguiente página se pueden ver las camisetas en detalle:
http://www.ejemplarunico.com/2014/11/alguien-dijo-cero-y-me-volvi.html




Y aquí, unas palabras del pinto Gabriel Viñals sobre los poemas de Isabel Tejada Balsas.

Por el silencio, por la noche, por que la soledad, la lucidez.
Por la torpeza humana y su salvaje impotencia.
Por el daño.
Por el descuido hacia lo frágil, el desdén.

Por el silencio.

Y por el amanecer complejo del cielo saturado
y por la desnudez de todos los cachorros, incluso los humanos,
ante la congoja frente a tanto horizonte.

Antes que el blanco, antes que el negro.



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Martes, 25 de noviembre de 2014

A veces pronuncias la palabra agua y eres tú,
otras veces dices hielo y también eres tú.
Sostener una mirada
cuesta más que besar unos labios.
Encender el amanecer desde las sombras
solo se consigue
con el silencio habitado
por el canto de un pájaro.
Tener la vida sin respuestas es lo cotidiano,
también lo es estar solo,
en medio de una mirada y su respiración.
Nunca la vida nos reserva un tiempo de espera,
aunque es cierto que cuando el mundo se silencia,
un corazón, a veces, no puede soportar la soledad.
Fernando Sarría
A veces pronuncias la palabra agua y eres tú (en Silencio (por favor)


http://www.goear.com/listen/90c4b38/a-veces-pronuncias-palabra-agua-eres-tu-fernando-sarria-en-voz-elena-sagredo-fernando-sarria-elena-sagredo


Tags: Fernando Sarría, Elena Sagredo

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Lunes, 24 de noviembre de 2014

a) Ocupa una pequeña esquina frente a un parque. Coloca sus libros en una lona en el suelo o apoyados en los marcos de la ventana de una sucursal bancaria, se pasea con un cigarro en la boca y se sienta en una silla plegable a leer o ver pasar la gente, tiene unos cincuenta años, el pelo cano, el cuerpo largo y delgado, los gestos tímidos y pausados, la mirada empequeñecida y una expresión de asombro continuo (parece que siempre observa algo lejano e indescifrable), pide la voluntad por los libros, la letra grande y cuidada, los libros con un par de lecturas. Hoy pasé por su esquina. Tenía un nuevo cartel, acepto libros de segunda mano. Entonces aparecieron otros libros, viejos y amarillentos y doblados, junto a los suyos.

b) Escucho la música entre las calles del casco viejo. Es noviembre y hace un calor extraño. Llego a la plaza, un hombre sentado sobre una maleta gris, los labios cerca del micrófono, una veintena de personas en las escaleras del museo arqueológico (la mirada somnolienta del atardecer). La pose, la voz, la música, me recuerdan a Ray LaMontagne. Callejeo por los comercios iluminados y las terrazas. Llego a una pequeña librería, el cartel de liquidación por cese de negocio. Leo fragmentos de Tanizaki, Kristof, Steinbeck, los ensayos de Montaigne, las novelas de John Connolly o Dennis Lehane, cuentos para niños, curioseo entre los artículos de papelería. Hay un cuento de Bradbury donde los fantasmas de los escritores seguían vivos en Marte, pequeñas luces que resplandecían mientras alguien los leyese en la Tierra.


Los lunes de Anay. Criptas...

NO DIRÉ QUIÉN

Pero alguien olvidó apagar la luz de este silencio.

                                                                        ANAY SALA


LA SED

                 Callada vive en tu boca la luna
                                                    TRAKL

Ay, amor mío, mientras hablamos
hay algo que queda sin decir.

La tarde de otoño va pasando
sobre la tapia: una especie de silencio
que sabemos que está ahí.

Luego al anochecer estás
sola otra vez.

Tus ajados ojos miran
más allá del muro.

                           FERNANDO LUIS CHIVITE



 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 23 de noviembre de 2014

Los recuerdos como piezas de un rompecabezas siempre incompleto, la distancia con nuestra historia y con nosotros mismos y ver cómo los otros, quienes nos amaron o nos odiaron o sólo pasaron por nuestra vida durante un instante, poseen un puñado piezas que que pueden alterar lo que creíamos cierto y poner del revés la imagen que guardamos del pasado, la larga confesión de un hombre mediocre que no entiende nada hasta que es demasiado tarde y ahí, el desasosiego, los primeros recuerdos de un grupo de tres amigos, la llegada de un cuarto que desvía la amistad del grupo, un amor adolescente e incompleto, un suicidio como paso lógico a la pregunta sobre cómo conducir nuestra vida, un puñado de recuerdos que salen del olvido, una elipsis de cuarenta años donde la vida no pasa más que a ráfagas y el tiempo es algo ajeno, un reencuentro y seguir sin entender qué paso, por qué el miedo, por qué la placidez, qué es el tiempo y qué hay de real en lo que recordamos.

Julian Barnes divide en dos capítulos El sentido de un final, hace hablar a Anthony Webster sobre su adolescencia y la llegada a la edad adulta, los amigos, los estudios y los amores, los años sesenta que parecían revolucionarios para todos pero que para la mayoría fue una etapa de dudas, da por sentado la verdad de sus recuerdos (aunque los sabe difusos), un primer monólogo sencillo que plantea de manera escueta los primeros recuerdos de una vida y apunta los momentos cruciales, una vida en apariencia plácida, y un segundo monólogo dominado por un reencuentro con un antiguo amor de adolescencia que dispara recuerdos olvidados y trae remordimientos, culpas y sensación de fracaso, que coloca a Webster en una posición inesperada que le hace replantearse qué hay de verdad en el pasado, en nuestra historia personal, la toma de conciencia de los errores y la sorpresa ante nuestros actos con cuarenta años de distancia, cuando no somos la misma persona ni ejecutamos los mismos actos y el que fuimos es poco más que un extraño.

Hay una tristeza en la reflexión de Webster sobre su vida, los recuerdos y el tiempo, saber que ha pasado por todo ello de manera incompleta y mediocre, que no ha arriesgado ni hurgado en sus sentimientos y se ha dejado llevar por una ligera inercia, que no consigue ver las motivaciones y los actos propios y ajenos y llega a los sesenta años sin entender nada, que los recuerdos tienen varios puntos de vista, el nuestro, el de los otros, y que cambian con los años y, aun así, seguirán incompletos y borrosos. Webster llega al final y, por una vez, consigue entender un atisbo de aquella amistad y amor adolescentes, las reacciones que provocaron sus actos (en apariencia nimios, en apariencia intrascendentes).

Por momentos, el libro de Barnes me lleva a otras historias intimistas y reflexivas, hay cierta sensación de algo ya leído. El sentido de un final es la asunción de los propios actos y recuerdos, es ponerse delante de un espejo sin distorsión, es ver la historia como imperfección e incertidumbre, es un hombre que reflexiona sobre el paso del tiempo, los recuerdos y la vida, y mientras reflexiona sobre ello, descubre un nuevo y distinto sentido del pasado, de sí mismo, se da cuenta de todo aquello que pasó por alto durante su vida y se encuentra delante de una encrucijada dolorosa.





Más adelante, en la vida, confías en descansar un poco, ¿no? Crees que te lo mereces. Yo sí, en todo caso. Pero entonces empiezas a comprender que a la vida no le incumbe recompensar el mérito.
Además, cuando eres joven piensas que puedes predecir los sufrimientos y la desolación que es probable que te depare la edad. Te imaginas solo, divorciado, viudo; los hijos se alejan de ti, los amigos se mueren. Te imaginas la pérdida de tu posición, la pérdida del deseo... y la capacidad de suscitarlo. Puedes ir más allá y pensar en la muerte que se avecina y que, a pesar de la compañía que puedas procurarte, hay que afrontarla siempre solo. Pero esto es adelantarse. Lo que no haces es anticiparte y luego imaginarte mirando atrás desde un punto futuro. Aprendiendo las nuevas emociones que el tiempo trae. Descubriendo, por ejemplo, que a medida que los testigos de tu vida disminuyen, hay menos corroboración y, por consiguiente, menos certeza de lo que eres o has sido. Aunque frecuentemente hayas consignado cosas —en palabras, sonidos, imágenes—, tal vez descubras que te has dedicado a tomar nota de las cosas que no valía la pena anotar. ¿Cómo era la frase que Adrián solía citar?: «La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación».

( … )

No envidio a Adrián su muerte, pero sí la claridad de su vida. No sólo porque vio, pensó, sintió y actuó más claramente que el resto de nosotros; sino también por cuándo murió. No me refiero a nada de esa patraña de la Primera Guerra Mundial: «Muerto en la flor de la juventud» —una frase trillada también por el director de nuestro colegio en la época del suicidio de Robson—, y «No envejecerán como nosotros, que nos haremos viejos». A la mayoría de nosotros no nos ha importado envejecer. Es siempre mejor que la otra alternativa, a mi entender. No, me refiero a lo siguiente: cuando tienes veinte años, aunque estés confuso e inseguro respecto a tus ambiciones y propósitos, tienes un sentido intenso de lo que es la vida y de lo que eres en la vida, y de lo que podría depararte. Más tarde... más tarde aumenta la incertidumbre, hay más solapamientos, más rebobinados, más recuerdos falsos. En aquel tiempo recordabas la integridad de tu corta existencia. Más tarde, la memoria se convierte en un ovillo de hebras y remiendos. Es un poco como la caja negra que llevan los aviones para registrar lo sucedido en un accidente aéreo. Si no hay ningún percance, la cinta se borra sola. Por tanto, si te estrellas, es obvio el porqué; si no hay accidente, el registro del vuelo es mucho menos claro.
O, por decirlo de otro modo: alguien dijo una vez que sus momentos predilectos de la historia eran cuando las cosas se estaban derrumbando, porque eso significaba que algo nuevo estaba naciendo. ¿Esto tiene validez si lo aplicamos a nuestra vida individual? ¿Morir cuando algo nuevo está naciendo, aunque lo nuevo sea nuestro propio yo? Porque la madurez decepciona, del mismo modo que tarde o temprano decepcionan todos los cambios políticos e históricos. Lo mismo que la vida. A veces pienso que el sentido de la vida es menoscabarnos para que nos reconciliemos con su pérdida final, demostrando, por mucho tiempo que tarde, que la vida no es tan buena como la pintan.
Julian Barnes
El sentido de un final (traducción de Jaime Zulaika. Anagrama)


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Viernes, 21 de noviembre de 2014

Me acosté a dormir la siesta. Pero cada vez que cerraba los ojos,
pasaban lentamente cirros sobre el Estrecho
hacia Canadá. Y las olas. Rompían en la playa
y volvían de nuevo. Sabes que no suelo soñar.
Pero anoche soñé que estaba viendo
un entierro junto al mar. Al principio me asusté.
Luego me inundó la pena. Pero
me tocaste un brazo y dijiste: "No, está bien.
Ella era muy vieja y él la amó toda su vida".
Raymond Carver
Toda su vida (traducción de Jaime Priede. Bartleby editores)


All her life
I lay down for a nap. But everytime I closed my eyes,
mares' tails passed slowly over the Strait
toward Canada. And the waves. They rolled up on the beach
and then back again. You know I don’t dream.
But last night I dreamt we were watching
a burial at sea. At first I was astonished.
And then filled with regret. But you
touched my arm and said, "No, it's all right.
She was very old, and he'd loved her all her life."


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Mi?rcoles, 19 de noviembre de 2014

Un territorio de leyenda, un cementerio en un pequeño pueblo norteamericano, la voz de los muertos que repasan sus vidas, sus anhelos, sus victorias y derrotas, sus amores inocentes, sencillos, desgraciados o dolorosos, los borrachos y perdedores, los poetas y las amas de casa, las sombrereras y los viajeros, los asesinos, periodistas, jueces, alcaldes, anarquistas, vagabundos y granjeros, un microcosmos de voces y almas, algunas reniegan de su lápida, otras revelan sus secretos y apuntan a hacia otro muerto de su desgracia, la mayoría que miran la vida con estupefacción ahora que la ven desde la muerte, las historias y personas que se entrecruzan en los más de doscientos poemas de Spoon River, que completan o desmienten lo dicho anteriormente, la mentira aún en la muerte (como en aquel cuento de Akutagawa), las quejas de una vida dura o asentir al mirar al pasado, los ideales políticos que hablan de democracia y la tristeza por el papel imperialista del país y la rapiña de los bancos, la influencia de Shelley, Dante o la biblia en Lee Masters, la lectura de tantas muertes, de tantos muertos, todas esas voces que empujan a los vivos, los primeros poemas que dan el tono a veces elegíaco, a veces un susurro, las últimas voces, los últimos poemas, como una pequeña luz en medio de la oscuridad y la incertidumbre.


CONRAD SIEVER
No en ese yermo jardín
donde los cuerpos se transforman en hierba
que no alimenta rebaños, y en plantas siempre verdes
que no dan fruto;
no allí, donde por los senderos sombreados
se oyen vanos suspiros  y se sueñan sueños aún más vanos
de estrecha intimidad con almas muertas...;
sino aquí, debajo de este manzano
al que yo amé, cuidé y podé
con mis nudosas manos
por largos, larguísimos años;
¡aquí, bajo las raíces de este centinela del norte,
para pasar con el cambio químico y el ciclo de la vida
a la tierra, y a la carne del árbol,
y a los vivos epitafios
de las manzanas más rojas!


THEODORE EL POETA
De niño, Theodore, te pasabas las horas muertas sentado
a orillas del turbio Spoon
con los ojos clavados en la entrada de la madriguera del cangrejo
esperando a que asomara y se arrastrara afuera,
primero sus antenas ondulantes como pajas de heno,
y enseguida su cuerpo color de jaboncillo,
adornado con ojos de azabache.
Y en éxtasis mental te preguntabas
qué sabía, qué deseaba y por qué vivía.
Pero más tarde tu vista se volvió a los hombres y mujeres
y esperabas a que salieran sus almas
para ver
cómo vivían y para qué,
y por qué seguían arrastrándose tan afanosamente
por el arenoso camino donde falta el agua
al declinar el verano.


GEORGE GRAY
Muchas veces he estudiado
el mármol que me han esculpido:
anclado en el puerto un barco con las velas recogidas.
No expresa mi destino de verdad,
sino mi vida.
Pues el amor se me ofreció, y me acobardaron sus desengaños;
los pesares llamaron a mi puerta, pero tuve miedo;
la ambición me reclamó, y me asustaron sus riesgos.
Continuamente anhelaba, sin embargo, darle un sentido a mi vida.
Y ahora sí que debemos desplegar las velas
y coger los vientos del destino
a dondequiera que lleven al barco.
Puede acabar en locura el darle un sentido a la vida,
pero la vida sin sentido es la tortura
de la inquietud y del vago deseo...
Es un barco que suspira por el mar y le tiene siempre miedo.


WILLIAM GOODE
Todo el mundo en el pueblo pensaba, sin duda,
que yo iba de un lado para otro, sin objeto.
Pero aquí, junto al río, se puede ver al crepúsculo
a los murciélagos de blandas alas que vuelan en zigzag de aquí para allá:
tienen que volar así para conseguir su comida.
Y si alguna vez te has perdido de noche
en ese hondo bosque que hay cerca del Embarcadero de Miller
y has probado a ir primero hacia un lado y luego hacia otro,
hacia donde te llevara el resplandor de la Vía Láctea que se filtraba
tratando de orientarte,
podrás comprender que yo buscaba el camino
con un ansia ardiente, y que cuando vagaba,
vagaba buscando.
Edgar Lee Masters
Antología de Spoon River (traducción de Jesús López Pacheco y Fabio L. Lázaro. Cátedra)


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Lunes, 17 de noviembre de 2014

Encuentras la guía que llevaste a Lisboa, las páginas marcadas, los pequeños mapas con círculos, las fotografías de tranvías y castillos, los billetes de metro y transbordadores, una factura de una cena. Sonríes al leer la factura, sabes que el catorce de agosto a las ocho y tres de la noche te levantabas de la mesa tras cenar ovos mexidos y medio luso, que cruzaste el Tajo para perderte en la otra orilla o vagabundeaste en un bosque de Sintra, que preferías andar por calles normales, obreras, para escuchar otro idioma y otro acento. Hiciste ese viaje para deshacerte de una foto. Recuerdas cuando llegaste a la Torre de Belem y  buscaste un lugar cerca del río y cómo dejaste una foto en el agua y te diste la vuelta sin saber si la foto se hundió o se la llevó la corriente. Fueron días de soledad y silencio, de observar otro mundo posible y sentir que podías hacerte con él. Te levantabas temprano, te gustaba ver amanecer desde la ventana del hotel, un piso once sobre un parque y una gran avenida. Seguías las luces de las ventanas que se encendían de a poco, la línea de azoteas, la claridad en los tejados. La ciudad despertaba y con ella tu corazón. Llevabas una pequeña mochila, dentro, la guía que tienes en la mano, algún bocadillo y bebida. Buscabas los lugares turísticos y calles desconocidas, querías experimentar una soledad redentora, sentirte al otro lado de las sombras. Mirabas la ciudad sorprendido, todo se presentaba por primera vez. Te acercabas a las fuentes a refrescarte, decías fae muito calor, te tumbabas en los parques y veías a los niños jugar bajo el agua de los dispersores y el cielo acercarse a la punta de tus dedos.

(coda)
El viento mueve las guirnaldas plateadas de los árboles y la lona de los puestos del muelle. Hace frío y aún quedan charcos de la lluvia de la mañana (las nubes grises en ellos). El horizonte más allá del faro es una línea blanca de mar y niebla. Me detengo junto al puente colgante, la estela triangular tras el barco de los prácticos, las sombras negras de quienes pasean por la pasarela a sesenta metros de altura, un disyuntor electromecánico monofásico al final de la pasarela. Pienso en las últimas lecturas, las voces de los muertos en los poemas de Spoon River, la Patagonia de Chatwin que habla no de espacios sino de tiempos. Las olas oscuras y el viento del norte contra mi cara. Algo se ilumina en la otra margen, el sol en las últimas ventanas de los edificios, la línea oscura del atardecer en los primeros pisos, el destello amarillo que va de las ventanas a una pequeña superficie de la ría, la luz entre las olas negras. Me quedo hasta que la luz se extingue.


Los lunes de Anay. Puertos...
"Y el peso del mar
sobre mis pupilas"

                           JAVIER MAYORAL SÁNCHEZ


TESTIMONIO DEL GAVIERO

Si he de decir la verdad,
me pareció otro gesto de presunción,
muy suyo,
aquella urgencia con que nos pidió
que lo atásemos al mástil
para escapar al canto de las sirenas.

Las sirenas cantaban, eso es cierto,
pero no precisamente para seducirlo a él.

¿Y por qué no a cualquiera de nosotros?
¿Por qué tendrían que pretender seducir a alguien?
¿Quién puede asegurar que no cantaban simplemente?
¿O que guardaban silencio y cada uno oía
su propio canto de sirenas dentro?

Era él quien luchaba contra su vocación de perdidizo.
Era él quien creía que las sirenas lo amaban.
Era él quien, con cualquier pretexto,
nos ponía a sus órdenes.
Era él quien no sabía qué inventarse
con tal de demorar nuestro regreso a Ítaca.

Yo quería volver a mi patria, abrazar a mi esposa,
cuidar a mis padres ya ancianos,
ver crecer a mis hijos.

Nos los ordenó y lo atamos.
Si hubiera sido por mí lo habríamos dejado en alta mar,
hubiésemos puesto rumbo a Ítaca y allí se habría quedado,
atado al mástil, solo, de nuevo a la deriva.

Y habría muerto así, atado a su extravío,
mientras que las sirenas seguían, seguirán,
cantando para nadie, como siempre.

                                                                JUAN VICENTE PIQUERAS


 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Javier Mayoral Sánchez, Juan Vicente Piqueras, Michael Bublé

Publicado por elchicoanalogo @ 19:07  | Los lunes de Anay
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En el comedor de la casa de mi abuela había una vitrina, con un trozo de piel en su interior. Un trozo pequeño, pero grueso y correoso, con mechones de pelo áspero y rojizo. Estaba sujeto a una tarjeta mediante un alfiler herrumbroso. Sobre la tarjeta había algo escrito con tinta negra desvaída, pero entonces yo era muy pequeño y no sabía leer.
–¿Qué es eso?
–Un fragmento de brontosauro.
Mi madre conocía los nombres de dos animales prehistóricos: el brontosauro y el mamut. Sabía que aquél no era un mamut. Los mamuts provenían de Siberia.
El brontosauro, según me enteré, era un animal que se había ahogado durante el Diluvio, porque Noé no había podido embarcar en el Arca a causa de su gran tamaño. Imaginé una bestia hirsuta y pesada, con garras y grandes colmillos y un malévolo destello verde en los ojos. A veces el brontosauro se abalanzaba a través de la pared del dormitorio y me despertaba.
Este brontosauro en particular había vivido en la Patagonia, una región de América del Sur, en el confín del mundo. Hacía miles de años se había precipitado en un glaciar, se había deslizado montaña abajo dentro de una prisión de hielo azul, y había llegado al pie en perfectas condiciones. Allí lo había encontrado el primo de mi abuela, Charley Milward el Marino.
Charley Milward era capitán de un buque mercante que se había hundido en la entrada del Estrecho de Magallanes. Había sobrevivido al naufragio y se había radicado cerca de allí, en Punta Arenas, donde se puso al frente de un taller de reparación de barcos. El Charley Milward de mi imaginación era un dios entre los hombres: alto, silencioso y fuerte, con un gran mostacho y feroces ojos azules. Usaba la gorra de marino ladeada y el borde de la caña de sus botas marineras doblado hacia abajo.
Apenas vio que el brontosauro asomaba del hielo, supo lo que debía hacer. Mandó descuartizarlo, salarlo, embalarlo en toneles, y lo envió al Museo de Historia Natural de South Kensington. Yo imaginaba sangre y hielo, carne y sal, cuadrillas de trabajadores indígenas e hileras de barriles alineados en la playa: una empresa de titanes y todo para nada. El brontosauro se pudrió en la travesía del trópico y llegó a Londres convertido en una masa descompuesta; y ésta era la razón por la cual en el museo se veían los huesos de brontosauro, pero no su piel.
Afortunadamente, el primo Charley le había enviado un trozo por correo a mi abuela.
Mi abuela vivía en una casa de ladrillos rojos que se alzaba detrás de un cerco de laureles salpicados de amarillo. Tenía chimeneas altas, gabletes puntiagudos y un jardín de rosas rojas como la sangre. Por dentro olía a iglesia.
No recuerdo mucho acerca de mi abuela, excepto sus dimensiones. Yo acostumbraba a encaramarme sobre su inmenso busto o a espiar, con picardía, si lograba levantarse de su silla. Sobre su cabeza colgaban retratos de señorones holandeses, con sus rechonchas facciones mantecosas anidadas en gorgueras blancas. Sobre la repisa descansaban dos hombrecillos japoneses con ojos de marfil rojos y blancos que se bamboleaban sobre pedúnculos. Yo jugaba con ellos, o con un mono alemán articulado, pero siempre la atosigaba con un: «Por favor, ¿puedo coger el trozo de brontosauro?».
Nunca en mi vida he anhelado algo tanto como aquel fragmento de piel. Mi abuela decía que tal vez algún día me lo daría. Y cuando murió exclamé: «Ahora puedo quedarme con el trozo de brontosauro», pero mi madre respondió: «¡Oh, eso! Temo que lo hayamos arrojado a la basura».
En la escuela se reían de la historia del brontosauro. El profesor de ciencia afirmaba que lo había confundido con el mamut siberiano. Les contó a los alumnos que unos científicos rusos habían comido mamut congelado y me conminó a no mentir. Además, agregó, los brontosauros eran reptiles. No tenían pelo, sino un cuero escamoso y acorazado. Y nos mostró la imagen que un artista tenía de la bestia, muy distinta de como yo la había concebido: gris verdosa, con una cabeza pequeña y un colosal arco de vértebras, paciendo plácidamente juncos en un lago. Me avergoncé de mi brontosauro peludo, pero sabía que no era un mamut.
Tardé algunos años en elucidar el misterio. El animal de Charley Milward no era un brontosauro sino un milodonte, o perezoso gigante. Nunca encontró un espécimen completo, ni siquiera un esqueleto íntegro, sino un poco de piel y huesos, conservados por el frío, la sequedad y la sal, en una cueva del seno Última Esperanza, en la Patagonia chilena. Envió la colección a Inglaterra y la vendió al Museo Británico. Esta versión era menos romántica pero tenía el mérito de ser veraz.
Mi interés por la Patagonia sobrevivió a la pérdida de la piel, pues la Guerra Fría despertó en mí la pasión por la geografía. A finales de los años 40 el Caníbal del Kremlin ensombreció nuestras vidas: podíais confundir sus bigotes con dientes. Escuchábamos conferencias sobre la guerra que planeaba. Observábamos cómo el disertante del servicio de defensa civil dibujaba círculos en torno de las grandes ciudades de Europa para mostrar las zonas de destrucción total y parcial. Veíamos cómo las zonas se yuxtaponían sin dejar resquicios intermedios. El instructor usaba pantaloncitos de color caqui. Sus rodillas eran blancas y nudosas, y nosotros comprendíamos que todo era inútil. La guerra se aproximaba y no podíamos hacer nada para evitarla.
A continuación, leímos lo referente a la bomba de cobalto, que era peor que la de hidrógeno y podía sofocar el mundo en una reacción en cadena sin fin.
Conocía el color cobalto gracias a la caja de pinturas de mi tía abuela. Esta había vivido en Capri en los tiempos de Máximo Gorky y había pintado desnudos a los niños del lugar. Más tarde su arte se volvió casi totalmente religioso. Pintó muchos san Sebastián, siempre contra un fondo azul cobalto: era siempre el mismo joven bello, erizado de flechas que lo atravesaban de lado a lado y todavía en pie.
Así que me imaginaba la bomba de cobalto como una espesa nube azul, que escupía lenguas de fuego por sus bordes. Y me veía a mí mismo, solo sobre un promontorio verde, oteando el horizonte para descubrir la aproximación de la nube.
Y sin embargo esperábamos sobrevivir a la explosión. Creamos un Comité de Emigración y urdimos planes para radicamos en algún rincón lejano de la tierra. Escudriñamos los atlas. Estudiamos la dirección de los vientos predominantes y las configuraciones posibles de la precipitación radiactiva. La guerra estallaría en el hemisferio norte, así que buscamos en el sur. Excluimos las islas del Pacífico porque las islas son trampas. Descartamos Australia y Nueva Zelanda y seleccionamos la Patagonia como la región más segura del planeta.
Imaginé una cabaña de troncos baja, con techo de tejas, calafateada contra las tempestades, con un crepitante fuego de leña en el interior y las paredes cubiertas por los mejores libros: un lugar donde vivir cuando el resto del mundo volara en pedazos.
Entonces murió Stalin y entonamos himnos de acción de gracias en la capilla, pero yo seguí atesorando la Patagonia como reserva.
Bruce Chatwin
En la Patagonia (traducción de Eduardo Goligorsky. Quinteto. Ediciones Península)


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S?bado, 15 de noviembre de 2014

Prestad atención a lo que os voy a contar ahora, un hombre se detiene a escribir su vida, sus inicios como aprendiz de camarero en un hotel de Praga antes de la segunda guerra mundial, sus días en campos de trabajo tras la llegada del comunismo, de chico un pícaro capaz de los mejores ardides para conseguir dinero y que se siente adulto cuando lo gasta en cierta casa conocida de la ciudad y descubre el cuerpo de la mujer y cubre su vientre de pétalos y se enamora de manera absoluta y pasajera, absoluta porque cree que no hay otro sentimiento posible, pasajera porque con cada nuevo cuerpo nuevos trucos, que habla con los clientes habituales del hotel, entre ellos un poeta que cubre los pasillos con un poemario sobre la vida de Jesucristo, y recuerda la vida en el campo junto a su abuela, los calzones y camisetas que volaban por la ventana y recogían para lavarlos y venderlos, una vida mísera y tranquila, el chico que se hace un frac que llevará en cualquier momento, ya sea plácido o miserable, sus clientes preferidos los viajantes de comercio con los artilugios más extraños e inesperados que cuentan sus ganancias en el suelo del hotel y se dan grandes comilonas y sus vientres son olas que rompen en la cama e interceden por él para que se marche a trabajar a un hotel en el campo, un lugar quieto y tranquilo por el día pero que por la noche se transforma en una especie de paraíso, la tensión de algo que está por ocurrir, algo libidinoso y oculto, los camareros y sirvientes que esperan en silencio hasta que se hace de noche y entonces todo es movimiento y uno de ellos, el criado, se dedica a cortar leños sólo por apariencia, y otro gasta en su día libre el dinero ahorrado, no sólo en mujeres, también en ideas descabelladas, el dinero como algo transitorio y sin valor real, y asisten a políticos y generales en sus comilonas y orgías, el chico que lo ve y escucha todo y también no ve ni escucha nada y que vuelve a la ciudad a un nuevo hotel donde coincide con un maître que sirvió al rey de Inglaterra y es capaz de adivinar la procedencia y los gustos de cada cliente que entra en el hotel y enseña al chico, ya no tan chico, ya no un aprendiz, todo lo que sabe, y el chico, ahora un hombre, se gana una medalla al servir al emperador de Abisinia y se enamora de una alemana antes de la segunda guerra mundial y lo escupen y apalean por una relación considerada diabólica, el chico, ahora un hombre, que es un camaleón, que pasa de ser un sokol checo a un testigo mudo de la ocupación alemana y sirve a las tropas y ve a los lisiados que vuelven de Rusia y las parejas que se despiden antes del regreso al frente y tiene un hijo que sólo martillea clavos en el suelo y parece dibujar las coordenadas de los bombardeos aliados, y el que fue aprendiz de camarero ve el final de la guerra cercana y se siente amenazado y un golpe de suerte le hace caer en el bando de los vencedores y en víctima de los alemanes y consigue, por fin, ser millonario, tener su propio hotel, su sueño, pero todo ha cambiado, la gente, la política, él mismo, y busca ocultarse en las cárceles y en los campos de trabajo, ya no un chico ni un aprendiz sino un superviviente que escribe en soledad, que se sorprende por el camino recorrido, que se pregunta qué ha dejado atrás.

Prestad mucha atención a lo que os voy a contar ahora, Hrabal escribe una novela donde combina humor, picaresca, ternura y política, una novela febril y desmañada que se desborda a cada página, el narrador que escribe su vida como un monólogo de frases largas y de ideas e imágenes entrecruzadas, frases que pueden ocupar un par de páginas y donde cabe todo, lo real, lo asombroso, la tensión del cambio político, la voluptuosidad en el cuerpo de la mujer, el desgarro de la tristeza y el intento de comprender los cambios dentro y fuera de uno mismo, por momentos un mundo onírico protagonizado por emperadores y cucharillas de oro, un mundo donde los poetas escriben sobre Jesús y los camareros pueden llegar a ser millonarios, Yo que he servido al rey de Inglaterra como novela eufórica y triste al mismo tiempo, como historia excesiva, densa y surrealista, como celebración, gozo y sensualidad, Hrabal que habla de cómo posicionarse en el mundo, de los sueños y cuándo abandonarlos, de la propia redención y del erotismo desbordante, de la supervivencia y la tristeza, de verlo y escuchar todo.





Y cuando estaba tendido desnudo y miraba el techo, la rubia acostada a mi lado, miraba igualmente el techo, y de buenas a primeras me levanté y saqué del florero una peonía y quitándole los pétalos, cubrí el vientre de la señorita, todo él, aquello era tan hermoso que me sorprendí y la señorita se levantaba y miraba también su propio vientre, pero las peonías se caían, así que la volví a acostar tiernamente, para que quedase tendida, y fui a coger un espejo colgado de una escarpia y lo puse de tal manera que la señorita pudiese ver qué hermoso era su vientre decorado con los pétalos de peonías, le dije que sería hermoso, que siempre que viniese y hubiera flores a mano, le cubriría la tripita con ellas, y ella dijo que esto aún no le había sucedido nunca, semejante honor a su belleza, y me dijo también que se había enamorado de mí por aquellas flores y yo le dije que sería hermoso que, cuando en Navidades cortase ramitas de abeto, le cubriese la tripita con aquellas ramitas, y ella dijo que sería más hermoso si le decorase el vientre con muérdago, pero que lo mejor de todo sería, y esto lo tenía que encargar, que hubiese un espejo colgado desde el techo justo sobre el canapé, para que nos viésemos acostados, sobre todo ella, para que pudiera contemplar qué hermosa es cuando está desnuda con la corona de flores en torno al conejito, corona de flores que variaría según las estaciones del año y las flores típicas de cada mes, qué hermoso sería cuando más adelante la cubriera con margaritas y lagrimitas de la Virgen María, crisantemos y dalias y también con hojas de colores otoñales… y entonces yo me levanté y la abracé y me sentía grande, cuando me iba le di doscientas coronas, pero ella me las devolvió, y yo las dejé sobre la mesa y al irme tenía la sensación de medir un metro ochenta, y también a la señora Paraíso le tendí cien coronas hasta la ventanilla, ella se agachó y me miró a través de las gafas... y salí hacia la noche, y el cielo en las callejas oscuras estaba lleno de estrellas, pero yo no veía otra cosa que todas aquellas hepáticas y anémonas y o campanillas de febrero y prímulas en torno al vientre de la señorita de pelo rubio, según seguía caminando más me asombraba de dónde habría surgido en mí esa idea de cubrir un bonito vientre femenino con una colinita de vellos en el centro como si fuera una fuente de jamón con lechuga, y así, según iba recordando flores, según iba vistiendo a la rubia desnuda con potentilla y pétalos de tulipán y lirios y tomé la determinación de pensármelo todo muy bien, ya que tendría diversión para todo un año, comprendí que con dinero no sólo puede adquirirse una bella muchacha, sino que con dinero también es posible comprar poesía.
Bohumil Hrabal
Yo que he servido al rey de Inglaterra (traducción de Jitka Mlejnková y Alberto Ortiz. Ediciones Destino)


Tags: Bohumil Hrabal, Jitka Mlejnková, Alberto Ortiz, Ediciones Destino

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Jueves, 13 de noviembre de 2014

Se acerca a la caseta con pasos lentos y cortos, los ojos agrandados tras las gafas, las manos pequeñas y encogidas, una bufanda entre el abrigo y las arrugas del cuello. Hace viento, algunas hojas secas sobre los libros, el crujido de las portadas al abrirse, en las primeras páginas ex libris, dedicatorias, fechas y firmas rápidas, páginas en blanco. El viento sobre los libros suena al furor del mar. Se detiene ante las ediciones más antiguas, la espalda encorvada, la bufanda fuera del abrigo, la cara pegada al lomo de los libros. Saca una pequeña lupa y repasa título a título, la lupa oblonga y negra, las letras difusas en círculos, los dedos alargados sobre las tapas amarillentas. Me recuerda a un entomólogo. Pregunta al librero por precios y libros (primeras ediciones, historia y mitología vasca, mapas de tierras que hoy no existen), su voz educada y franca, el gesto suave y comedido. El librero le anima a entrar en la caseta y ver los libros de las estanterías. Pasa a mi espalda con una lentitud que me parece apropiada a su mirada pausada. Acabo de encontrar Las sirenas de Titán en una hilera de libros de ciencia ficción, leo algunos párrafos al azar, sonrío como en la primera lectura, como cada vez que encuentro a Vonnegut por azar y siento una conexión con su antiguo dueño, y dejo el libro a la vista para que hable a otro lector. El hombre se apoya en el marco de la puerta antes de salvar el escalón y subir a la caseta, intuyo una pequeña sonrisa de triunfo en su cara pálida, su búsqueda entre las estanterías de tomos deshilachados, la lupa entre sus manos que contiene en una gota el mundo alrededor, las yemas de los dedos sobre aquellos libros que le disparan un recuerdo, un sueño o el deseo de una próxima lectura. En mi mano, un libro de viajes de Chatwin y una novela de Frisch. El viento arrastra más hojas entre los libros y columpia la copa de los árboles. Por un instante, la mirada del hombre coincide con la mía y siento que ha llevado una vida plena (la vida de los demás siempre un misterio favorable) y que estoy ante un mundo en extinción, el hombre, las ferias de libros antiguos, los libros de segunda mano con otras firmas y dedicatorias, las casetas bajo los árboles, los mapas de países desaparecidos, yo mismo, reflejos de un pasado por llegar.


Publicado por elchicoanalogo @ 6:50  | (treinta segundos)
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Martes, 11 de noviembre de 2014

Te digo que vivir
es una mala noticia
nos abandonan en el mundo
con el cuerpo impregnado de otras soledades
y no tenemos nada

una casa enorme y vacía
nada
niños de ojos nublados
manos que envejecen
sin escribir una sola palabra
nada

despertamos sin saber qué día moriremos
ni de qué manera
caminamos con las piernas rotas
porque no sabemos nada
y  te lo digo
no tenemos nada
sólo hambre
y fe
y miedo
Daniela Camacho
Nada



Tags: Daniela Camacho, Nada, Isabel Tejada Balsas

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Lunes, 10 de noviembre de 2014

Intercambian cromos entre los puestos de libros, piedras y sellos. Llevan una hoja con números (algunos están tachados) y cromos que pasan despacio con el pulgar, futbolistas, series de dibujos animados, jugadores de la nba, los niños tímidos junto a los padres, la mirada nerviosa, la letanía de un lo-te repetido y el silencio ante un cromo nuevo.
Me entretengo en los puestos de libros y piedras, me reencuentro con viejas lecturas, La historia del amor, Todos los nombres, Robots e imperio, me sorprende un libro escrito por Pat Garrett sobre Billy el niño, me llevo un par de libros de Sánchez Ferlosio y José Saramago, sonrío por la dedicatoria de Sylvia Iparaguirre y las frases subrayadas en uno de sus libros, me pregunto, siempre me pregunto qué será de mis libros, en qué puesto terminarán, si alguien desandará las huellas que dejo entre sus páginas y reescribirá mi pasado y a un billete de autobús a Miranda le dará un matiz aventurero y a un abono de metro de Madrid una vida urbana anodina, mis libros como coordenadas de un mapa.

(coda)
Me escribe para preguntarme si soy Anay. Por un instante sonrío, no es la primera vez que me preguntan si soy yo quien se esconde en estos lunes y Anay una invención mía. A veces tengo la tentación de no responder y dejar la duda. Le digo que no, le explico que llegué a Anay a través de su hermana, que ojalá hubiese escrito dos poemarios como Ý (turno de réplica) y Medidas cautelares, le mando un enlace donde Anay se presenta.

http://www.conoceralautor.com/libros/ver/NjQ3


Los lunes de Anay. Zona franca...

"Esta casa no es la que era"
                                                    JOSÉ HIERRO

LAS CUENTAS CLARAS

Soy
más yo que nunca.
Aritmética sublime
pero impar.

                                   ANAY SALA



 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, José Hierro, Sade

Publicado por elchicoanalogo @ 16:01  | Los lunes de Anay
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Domingo, 09 de noviembre de 2014

Cuando salgo de casa a caminar sin saber todavía a dónde dirigir mis pasos y sometiéndome a lo que el destino decida en mi nombre, me encuentro, por raro y extravagante que pueda parecer, con que, final e inevitablemente, me encamino al sudoeste, hacia un bosque, un prado, un pastizal abandonado o una colina que haya en esa dirección. Mi aguja es lenta en fijarse: oscila unos pocos grados, no siempre señala directamente al sudoeste, es cierto, y tiene criterio propio respecto a esta variación, pero siempre se estabiliza entre el oeste y el sudoeste. El futuro me tiende ese camino, y la tierra parece, por ese lado, más inagotada y generosa. El esquema que perfilarían mis caminatas no sería un círculo, sino una parábola o, mejor, como una de esas órbitas cometarias que se consideran curvas de no retorno, abriéndose en este caso hacia el oeste y en la que mi casa ocuparía el lugar del sol. A veces doy vueltas de un lado para otro, incapaz de decidirme, durante un cuarto de hora, hasta que resuelvo, por milésima vez, caminar hacia el suroeste o el oeste. En dirección a levante sólo voy a la fuerza; pero hacia el oeste camino libremente. Ningún asunto me lleva allí. Me resulta difícil creer que pueda encontrar paisajes bellos o suficiente naturaleza salvaje y libertada tras el horizonte oriental. No me emociona la perspectiva de dirigirme hacia él; en cambio, me parece que el bosque que veo en el occidental se extiende sin interrupción hacia el sol poniente y que no alberga ciudades lo bastante grandes como para molestarme. Dejadme vivir donde quiera; aquí está la ciudad, allá la naturaleza; cada vez abandono más la primera para retirarme al estado salvaje. No haría tanto hincapié en ello si no creyese que algo similar constituye la tendencia predominante entre mis compatriotas. Debo caminar hacia Oregón, no hacia Europa. El país está moviéndose en la misma dirección; y cabría decir que la humanidad progresa de este a oeste. En unos pocos años hemos asistido, en la colonización de Australia, al fenómeno de una emigración hacia el sudeste; pero esto nos parece un movimiento retrógrado y, a juzgar por el carácter moral y físico de la primera generación de australianos, el experimento todavía no ha tenido éxito. Los tártaros orientales piensas que al oeste del Tíbet no hay nada. «El mundo acaba allí», dicen; «más allá solo hay un mar sin orillas». Habitan un oriente sin remedio.


Nosotros vamos al este a comprender la historia y a estudiar las obras del arte y de la literatura, rehaciendo los pasos de la raza; al oeste, nos dirigimos como hacia el futuro, con espíritu de iniciativa y aventura. El Atlántico es el río Leteo, al atravesar el cual hemos tenido la oportunidad de olvidar el Viejo Mundo y sus instituciones. Si esta vez no tenemos éxito, quizá haya a la izquierda otra posibilidad para la raza, antes de llegar a las orillas de la Estigia: en el Leteo del Pacífico, que es tres veces más ancho.


Ignoro si resulta muy significativo o hasta qué punto constituye una prueba de singularidad que un individuo coincida en sus paseos más insignificantes con el movimiento general de la raza, pero sé que algo semejante al instinto migratorio de aves y cuadrúpedos —que, como se sabe, en ciertos casos ha afectado a la familia de las ardillas, empujándolas a un desplazamiento generalizado y misterioso, durante el que se las ha visto, dicen, cruzar los ríos más anchos, cada una en su rama, con la cola desplegada como una vela, y tender puentes sobre los arroyos más estrechos con los cadáveres de sus compañeras—; que algo así como el furor que ataca al ganado doméstico en primavera, y que se atribuye a un gusano que tienen en el rabo, afecta tanto a las naciones como a los individuos, de forma permanente o de cuando en cuando. No es que grazne sobre nuestra ciudad una bandada de gansos salvajes, pero hasta cierto punto trastorna el valor actual de los bienes inmuebles; y, si yo fuera agente de la propiedad, probablemente tomara en cuenta semejante perturbación.

Cuando muchos más parten en peregrinación
Y viajan buscando costas desconocidas.

Cada anochecer al que asisto me inspira el deseo de marchar hacia un oeste tan lejano y hermoso como aquel en el que el sol se pone. Parece que el sol emigre cada día hacia occidente y nos invite a seguirlo. Es el Gran Pionero en camino al Oeste al que siguen las naciones. Soñamos toda la noche con aquellas cadenas montañosas del horizonte —aunque deben de ser sólo vapor—, las últimas que doraron sus rayos. Parece que la Atlántida y las islas y jardines de las Hespérides, algo así como un paraíso terrenal, fueron el Gran Oeste de los antiguos, envuelto en misterio y poesía. ¿Quién no ha visto en su imaginación, al contemplar el cielo del ocaso, los jardines de las Hespérides y el fundamento de todas aquellas fábulas?
Henry David Thoreau
Caminar (traducción de Federico Romero. Árdora)


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Viernes, 07 de noviembre de 2014

Una aldea gallega, el sueño de otras tierras y otra vida, las historias que nos conforman, que se transforman a lo largo de los siglos, que sólo pueden ser contadas de viva voz porque es ahí donde cambian y se convierten en leyendas, un viaje en barco y el Atlántico como frontera entre el pasado que dejamos atrás y la incertidumbre del futuro, los primeros días en un país extraño y el ímpetu por hacerse con él, los diferentes sueños de quienes llegan a Brasil, el sueño del oro, el sueño del pasado, el sueño de formar una familia, el sueño de escribir sobre la memoria, los recuerdos y las historias que nos legan y llevamos dentro, una tierra fértil y exuberante en deseos, magia y miedos, volver (que no regresar) a la aldea gallega y ver el punto de partida y los fantasmas que nos habitan.

Todo es memoria y recuerdo en La república de los sueños, el inicio donde una envejecida Eulalia se encierra en su habitación a esperar la muerte y su marido Madruga se viste de negro para afrontar ese momento. Y en esa espera, la vida de Madruga, que abandona su aldea gallega con trece años y construye un pequeño imperio en Brasil, su mujer Eulalia, que cruza el océano para encontrar una tierra donde ser devota y vivir de los recuerdos y las historias que le contaba su padre, sus hijos, los primeros brasileños de la familia que mezclan sangre y tierra y se disputan entre sí el patrimonio de sus padres, el ermitaño Venancio, que anda entre dos tiempos (un catalejo por el que ve el Brasil del siglo XIX, su lugar en el mundo), que no busca oro sino el pasado, que prefiere observar en silencio y no inmiscuirse fuera de la modestia de su su sueño y su lugar en el mundo. Y entre todos ellos, Breta, la nieta de Eulalia y Madruga, la escritora que es el recuerdo y la permanencia, las leyendas y la realidad trastocada, el punto donde confluyen todas las historias y el arranque de un nuevo tiempo.

Nélida Piñon habla sobre la memoria y los deseos en La república de los sueños, y lo hace de manera exhaustiva y detallista, la vida de aquellos que viajaron a Brasil a hacer las Américas y arrastran consigo las historias que escucharon de sus padres y abuelos, historias de viajes, muerte, magia y sueños que forman un mapa mitológico, que se convierten en leyendas con el paso del tiempo y la distancia con la propia tierra, un rompecabezas de tiempos y espacios que se confunden y una historia que, como los ríos, contiene cientos de afluentes. Nélida Piñón repite escenas y juega con el tiempo y el punto de vista, la huida de la aldea, la legada en barco, los primeros tiempos en una nueva tierra, la inmigración como puente para hablar de la construcción de Brasil, de sus raíces y los cambios políticos, de la incertidumbre y los inmigrantes que no acaban de ser ciudadanos completos, de la importancia de las historias y de voces que se apagan.

La república de los sueños es una historia dentro de otra, es el sueño que se confunde con la realidad, es el repaso del pasado propio y colocar las leyendas por encima de la realidad, es una casa abandonada en Galicia y un palacio opulento en Brasil, y, entre esos dos puntos, un niño de trece años en mitad del Atlántico, sin saber qué encontrará, sin saber aún qué deja atrás.





A medida que el barco se alejaba, la ciudad iba disminuyendo. En breve, no restaría una sola de las tantas imágenes guardadas por Madruga entre rápidos parpadeos. Como si hubiera jugado a retener el paisaje para perderlo enseguida. De repente, le pareció que el aire le faltaba y se vio de nuevo al amparo del hogar, con Urcesina, plácido rostro, llevando al hijo aún acostado el té de la mañana. Ante esa imagen, sintió que lo agobiaba una absoluta soledad. Como el corazón de la paloma que agoniza en el tejado de una casa abandonada. No tenía a quién acudir, a quién pedir ayuda. Sujeto apenas a una fuerza oscilante, contraria a lo que había imaginado. Se frotó el rostro con las manos, como queriendo entregar al viento todo mal presagio. Debía enfrentar los deberes del viaje como si la vida tuviese la propiedad de salvar a los desamparados, a los que sólo dependen de sí mismos para sobrevivir.

( … )

-Vivimos todos de esos recuerdos. Hasta el más modesto de los campesinos gallegos. Después que desapareció el llamado camino francés, nunca más fuimos los mismos. Nuestra alegría es melancólica, permeada de llantos. ¿No es eso acaso la morriña? ¿De qué, pues, sentimos tanta nostalgia? Sólo puede ser de la grandeza perdida. Un país se empobrece rápidamente cuando le roban sus historias. O cuando sus hijos se olvidan de describir o inventar otras en su lugar. ¿Has pensado alguna vez que hubo una época en que Europa entera soñó con nosotros? ¿Y en que los castellanos, los andaluces y los extremeños hacían sus obras en lengua gallega?
Xan buscó un sitio, al abrigo del viento, para pernoctar. Provistos de cobijas y otros avíos, debían economizar sus escasas monedas. Comieron sardinas, acompañadas del pan de maíz que Madruga cortaba con la navaja de caza del abuelo. El muchacho se cuidaba de no tragar la comida junto con las leyendas. Para que entrasen en su cuerpo `por canales distintos. Xan le corrigió: era menester compartir el pan, la sardina o el jamón con los mitos, pues éstos merecían también el alimento.
-¿Y por qué no? Después de todo, los mitos también tienen hambre. Además, sólo se sacian con el exceso -dijo, sonriendo.
El abuelo aplaudía las dificultades impuestas a los caminantes. Sólo se podía alcanzar Cabreiro mediante sacrificios. En el invierno, por ejemplo, el desfiladero era un manto de nieve y el paisaje se tornaba mezquino e implacable. Pero cuando se pernoctaba allí, bien en el centro de las sombras y de los vientos, nada podía compararse a tal desafío. Para no mencionar que las chozas que allí se veían mostraban cómo habían vivido aquellos celtas que impregnaron de leyendas a Galicia. En esa época estaba el hombre en todas partes, valiéndose apenas de los recursos del cuerpo y de la imaginación.
-Había menos leyes, nieto. Y los hombres organizaban sus propios códigos de honer. Por eso, al toparse en descampado con alguien de igual código, el viajero seguía camino en su compañía, y los dos eran cómplices. Así, los países y los grupos iban formando alianzas. Y lo mismo sucedía con las lenguas y las historias. Esas mismas historias que yo cuento a pedazos.
Nélida Piñon
La república de los sueños (traducción de Elkin Obregón Sanín. Círculo de lectores. Santillana)


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Mi?rcoles, 05 de noviembre de 2014

Sólo en sueños,
sólo en el otro mundo del sueño te consigo,
a ciertas horas, cuando cierro puertas
detrás de mí.
¡Con qué desprecio he visto a los que sueñan,
y ahora estoy preso en su sortilegio,
atrapado en su red!
¡Con qué morboso deleite te introduzco
en la casa abandonada, y te amo mil veces
de la misma manera distinta!
Esos sitios que tú y yo conocemos
nos esperan todas las noches
como una vieja cama
y hay cosas en lo oscuro que nos sonríen.
Me gusta decirte lo de siempre
y mis manos adoran tu pelo
y te estrecho, poco a poco, hasta mi sangre.
Pequeña y dulce, te abrazas a mi abrazo,
y con mi mano en tu boca, te busco y te busco.
A veces lo recuerdo. A veces
sólo el cuerpo cansado me lo dice.
Al duro amanecer estás desvaneciéndote
y entre mis brazos sólo queda tu sombra.
Jaime Sabines
Sólo en sueños



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Lunes, 03 de noviembre de 2014

Leo algunos poemas de Spoon River en el tren, las voces de los muertos que explican sueños y derrotas, lugares lejanos y un puñado de tiempo. Busco huellas entre las hojas, páginas dobladas, frases  marcadas a lápiz, alguna dedicatoria. El libro está inmaculado, como los de Hrabal y Cunningham comprados en la feria del libro de segunda mano de Bilbao.
Recuerdo un año atrás. Escribía pequeñas cartas en la cocina de una amiga. Me sentaba en una esquina de la mesa, abría el cuaderno, observaba el amanecer a través de la ventana (las tejas rojas, el humo de las chimeneas, el avance de la luz de otoño y las sombras sobre la pared de la cocina), y dejaba pasar el amanecer en silencio. Buscaba un punto de apoyo para escribir. Mi amiga se despertaba y me preguntaba qué hacía, le respondía que eran mis deberes, escribir no sobre aquello que veía (diapositivas de un momento, un recuerdo o un lugar) sino cartas sobre mis emociones (la lucha, el miedo, las dudas, la tristeza, la búsqueda, la felicidad, el dolor o la fuerza). Escribía sin palabras de más, sin espacios ni tiempos.
Ahora pienso en mezclar huellas, esas cartas donde intentaba (d)escribir mis emociones entre las páginas de unos libros de segunda mano sin dobleces.


Los lunes de Anay. Púgiles...

"Ultrájate, ultrájate alma mía"
                                                      MARCO AURELIO


COMO NUNCA QUISE A NADIE

Desprecio tu persona, tus encantos,
deseo que te vayas al infierno,
espero que tu cama sea un invierno,
que sólo sueñes duelos y quebrantos.

No escondas la sonrisa entre los llantos,
ahora no es momento de ser tierno,
la voz me la he guardado en un cuaderno,
me callo ante tus falsos desencantos.

Espero que el pasado se deshaga,
que aquella canción ya nunca se radie,
lo nuestro es una vela que se apaga.

Y toda la maldad que ahora te irradie
es sólo por amor, por si te halaga.
Te odio como nunca quise a nadie.

                                                                  LUIS RAMIRO




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 02 de noviembre de 2014

Un fantasma materializado que come manzanas y un invento para cambiar el clima al gusto de cada país, la pelea por un condado inglés y el idealismo puro e infantil de un joven conde que busca un lugar donde prevalezca la igualdad entre los hombres, un optimista coronel norteamericano que intenta atrapar a un ladrón mientras busca la manera de materializar a los muertos en beneficio propio y un hombre que se deja arrastrar por sus delirantes ideas, una joven muchacha que pasa de anhelar ocupar un puesto en la aristocracia a no querer más que las cosas sencillas de la vida y dos pintores que no saben más que repetir el mismo cuadro una y otra vez.

Delirante y folletinesco. Así es El pretendiente americano. Una novela de un humor surrealista con un puñado de personajes memorables y una historia donde se cruzan los fantasmas, el cambio climático y la reflexión sobre la igualdad y la democracia en el viejo y nuevo mundo. Twain usa un humor optimista y alocado para hablar de las apariencias, de la igualdad y la bondad, de los falsos artistas y videntes y crea un personaje único con el coronel Sellers, capaz de inventar extraños aparatos que nunca funcionan, materializar el espíritu de un ladrón para cobrar una recompensa y que espera recuperar un condado inglés, Sellers que siempre se rehace de los giros y golpes que le da la realidad, que en el último segundo tiene la idea genial y desquiciada que le permite seguir con sus ensoñaciones y sus planes estrafalarios, que es capaz de adecuar un mundo racional a su optimismo y caos. Y junto a él, el conde Berkeley, un joven inglés que busca en Estados Unidos su ideal de igualdad, que intenta deshacerse de privilegios, mantenerse por sí mismo y encontrar una sociedad donde ningún hombre esté por encima de otro, que se deshace de su pasado y se viste de vaquero y parece estar fuera del mundo. La hija de Sellers, rebautizada como Lady Gwendolen, que espera entrar en la alta sociedad. O el comandante Hawkins, un viejo amigo de Sellers, que le ayuda en sus planes surrealistas y cree en la materialización de los fantasmas.

Hay un momento memorable Selleres y su compinche Hawkins que acogen al que creen un fantasma materializado, su sorpresa al descubrir que realiza acciones mundanas, pinta y come manzanas y parece no darse cuenta de que es un fantasma. El pretendiente americano es humor y folletín, es el juego de las apariencias y una historia de amor, es una escena surrealista tras otra, es Twain sintiéndose libre y rebelde.





-La función primordial de un periódico inglés es la misma que la de todos los periódicos del mundo: mantener el ojo público fijado admirativamente en ciertos asuntos y diligentemente distraído de otros. Por ejemplo, ha de mantener el ojo público fijado admirativamente en las glorias de Inglaterra, un sucesivo y esplendoroso transcurrir a través de las vastas regiones del tiempo, con las suaves luces de mil años brillando en sus estandartes; y debe mantenerlo diligentemente distraído del hecho de que todas esas glorias sirvieron para el enriquecimiento y grandeza de unos pocos escogidos y privilegiados, a costa de la sangre, el sudor y la pobreza de las masas sin nombre que las trabajaron sin poder disfrutarlas. Ha de mantener el trono sagrado, y diligentemente distraído del hecho de que ningún trono fue instituido con el voto libre de la mayoría en nación alguna; por lo que, en consecuencia, ningún trono tiene derecho a existir y ningún símbolo del mismo habría de ondear en las banderas a no ser que éste fuera el de la calavera y los huesos cruzados, propio de esa industria gemela a la realeza que sólo se diferencia de ella en lo mismo en que se diferencian la venta al por mayor y la venta al detalle. Ha de tener el ojo ciudadano fijado con reverente docilidad en esa curiosa invención de la maquinaria política, la Iglesia establecida, y en la gastada contradicción de la justicia común, una nobleza hereditaria; y diligentemente distraído del hecho de que todo ciudadano será puesto en la picota si no lleva su collar de perro y robado en el gentil nombre de los impuestos tanto si lo lleva como si no, quedándose otros los honores y haciendo él todo el trabajo.

( … )

En suma, he concebido el maravilloso proyecto de reorganizar los climas de la tierra de acuerdo con los deseos de la población de cada lugar. Es decir, proporcionaré climas por encargo, con pago al contado o títulos negociables, admitiendo los climas viejos a cuenta, por supuesto (con un descuento donde sea posible la reparación a bajo coste), para alquilarlos a países pobres y apartados que no puedan permitirse un clima nuevo y que no deseen uno demasiado caro por el puro gusto de alardear. Mis estudios me han convencido de que la regularización de los climas y la creación de nuevas variedades a partir de los climas viejos almacenados es algo factible. En realidad, estoy seguro de que ya lo hicieron en tiempos prehistóricos desconocidas y olvidadas civilizaciones. Por todas partes encuentro antiguas pruebas de la manipulación artificial de los climas en tiempos remotos. Tomo el periodo glacial. ¿Se produjo por accidente? De ningún modo; se hizo por dinero. Tengo mil pruebas de ello y algún día los revelaré.
Mark Twain
El pretendiente americano (traducción de José Luis Piquero. Navona)


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