Mi?rcoles, 03 de diciembre de 2014

Una mujer desaparecida, garitos ilegales y callejones oscuros, un veterano de la segunda guerra mundial sin empleo y con una hipoteca que pagar y un encargo que le hace adentrarse en las alcantarillas de Los Angeles, un hombre negro que espera su oportunidad en un mundo de blancos y su sueño de conservar su casa, un lugar que llamar hogar, donde iniciar una vida nueva, cantantes de voz portentosa y mujeres misteriosas, hombres vestidos de blanco y con una mirada dura (de acero), gangsters que roban alcohol y asesinan a cuchillo y antiguos boxeadores que limpian la barra de mármol de su bar, un juego de apariencias, la mirada y los gestos justos, el cansancio por  un mundo sórdido y esperar el momento oportuno para golpear.

Easy Rowlins no es detective ni policía, sólo un hombre negro que combatió en la segunda guerra mundial, que cambió la violencia de Houston por la violencia de Los Angeles e intenta sobrevivir a los extraños tiempos de la posguerra y el racismo de un país blanco y que aspira a tener un hogar propio y poder conservarlo. Walter Mosley escribe un inicio que parece sacado de una leyenda o de un cuento mitológico, un hombre vestido completamente de blanco que aparece en un garito solitario, que encarga a Easy buscar a una mujer desaparecida, la tensión y la amenaza por algo que va a ocurrir, la sensación de algo violento que se va a desencadenar y no poder hacer nada por mantenerse alejado de todo ello.  

Rowlins sabe mirar, es inteligente, calla cuando debe y espera su oportunidad para encajar las piezas y devolver los golpes, tiene una voz que le avisa de lo que hay que hacer y lo calma o lo lanza hacia delante según  qué momento. La búsqueda de Daphne Monet, una mujer blanca que ha huido sin dejar huella, le lleva a garitos ilegales, coches de lujo, comisarias, a vérselas con hombres amenazantes (gangsters, políticos, empresarios ricos), a ver los entresijos de la gran ciudad y el poder, una pirámide dominada por unos pocos donde los de abajo, sin excepción, son piezas prescindibles. Rowlins se mete en el lodazal, cada paso que da le ayuda a descubrir los entresijos de un mundo corrupto.

En El demonio vestido de azul están los elementos habituales de la novela negra, el hombre duro y la mujer misteriosa, está una investigación que descubre la podredumbre de una ciudad y que llega a políticos y empresarios, están los asesinos y los contrabandistas, los bares escondidos tras la puerta de una tienda de comestibles y las pistas que destapan juegos de poder y muerte, están los golpes, los rompecabezas que parecen irresolubles y sacar a la superficie los rincones oscuros de la sociedad. Walter Mosley escribe de manera directa y sin artificios, párrafos cortos y la tensión en un continuo segundo plano, cruza la investigación de Rowlins con la mirada hacia la sociedad americana tras la segunda guerra mundial donde existe una violencia subterránea, los muertos en combate y los muertos en un callejón. El protagonista de Mosley no es un detective al uso sino un hombre perspicaz que intenta sobrevivir en un mundo extraño.





Me sorprendió ver a un hombre blanco entrar en el bar de Joppy. No sólo porque fuera blanco, sino porque llevaba un traje blanco grisáceo de lino, camisa blanca, panamá y zapatos color hueso con relampagueantes calcetines de seda blancos. Tenía la piel tersa y clara, sólo salpicada por algunas pecas. Por debajo del sombrero le asomaba un mechón de pelo rubio rojizo. Se detuvo en el umbral de la puerta, llenándolo con su imponente estructura física, e inspeccionó el local con sus ojos claros; eran de un color que yo nunca había visto en un hombre. Cuando me miró sentí un estremecimiento de miedo, pero se me pasó enseguida porque en 1948 ya me había acostumbrado a los blancos.
Yo había pasado cinco años con hombres y mujeres blancos, desde África hasta Italia pasando por París, y en mi propia patria. Comí con ellos y dormí con ellos, y maté bastantes jóvenes de ojos azules como para saber que tenían tanto miedo a morir como yo.
El blanco me sonrió, y luego avanzó hacia la barra, donde Joppy pasaba un trapo sucio por el mostrador de mármol. Se dieron la mano y se saludaron como viejos amigos.
La segunda cosa que me sorprendió fue ver que el hombre había puesto nervioso a Joppy. Joppy era un duro ex peso pesado que se sentía tan cómodo armando camorra en el ring como en la calle, pero agachó la cabeza y le sonrió a aquel blanco como un viajante de comercio atravesando una mala racha.

( … )

Estaba Alphonso Jenkins, con su camisa de seda negra y su peinado pompadour de treinta centímetros de alto. Y también Jockamo Johanas; llevaba un traje de lana marrón y zapatos azules brillantes. Skinny Rita Cook estaba con cinco hombres que daban vueltas cerca de su mesa. Jamás entendí cómo una mujer fea y flaca como ella atraía a tantos hombres. Una vez le pregunté cómo lo hacía y me respondió con su voz aguda y plañidera: «Bueno, ya sabes, Easy, sólo a la mitad de los hombres les interesa el aspecto de una chica. La mayoría de los hombres de color, como tú, buscan una mujer que los ame con tanta pasión que les haga olvidar lo difícil que les resulta vivir cada día.»
Vi que Frank Green estaba en la barra. Lo llamábamos Mano de Cuchillo porque era tan rápido para sacar el cuchillo que parecía que siempre tenía uno en la mano. Me mantuve lejos de Frank porque era un gángster. Robaba camiones de bebidas alcohólicas y cargamentos de cigarrillos en toda California, y también en Nevada. Todo se lo tomaba muy a pecho y siempre estaba listo para rajar a cualquiera que se le pusiera por delante.
Observé que Frank llevaba ropa oscura. En la línea comercial de Frank, eso significaba que estaba a punto de salir a trabajar: robar, o algo peor.
El salón estaba abarrotado, así que apenas había espacio para bailar, pero cerca de una docena de parejas se esforzaban entre las mesas.
Llevé las dos jarras de cerveza hasta la entrada y le di una a Junior. Una de las pocas maneras que conozco de poner contento a un campesino rústico es darle un poco de cerveza y dejarle contar unos cuantos cuentos. Así que me senté y me puse a beber mientras Junior me contaba los sucesos de la última semana en el local de John. Volvió a contarme la historia de Howard Green. Cuando lo hizo, agregó que Green había estado haciendo algunos trabajos ilegales para sus jefes y que, según pensaba Junior, «fueron ellos, los blancos, los que lo mataron».

( … )

Cuando me alisté estaba orgulloso porque creía lo que decían en los diarios y los noticiarios. Creía que yo formaba parte de la esperanza del mundo. Pero después descubrí que el ejército era tan segregacionista como el Sur. Me entrenaron como soldado de infantería, como combatiente, y me pusieron frente a una máquina de escribir los tres primeros años de mi campaña. Había atravesado África e Italia en la unidad de estadísticas. Seguíamos a los hombres que luchaban, rastreando sus movimientos y contando sus cabezas.
Yo estaba en una división de negros, aunque todos los oficiales superiores eran blancos. Me habían entrenado para matar hombres, pero los blancos no se mostraban ansiosos por ver un arma en mis manos. No querían verme derramar sangre blanca. Decían que nosotros no teníamos ni la disciplina ni la mente necesarias para la guerra, pero en realidad les asustaba que pudiera llegar a gustarnos la clase de libertad que proporciona el vérselas con la muerte
Si un negro quería luchar, tenía que presentarse voluntarlo. Entonces quizá llegaba a hacerlo.
Yo pensaba que los hombres que se ofrecían voluntariamente para combatir eran tontos.
—¿Por qué quiero morir en esta guerra de blancos? —decía.
Pero un día estaba en la cantina cuando llegó una compañía de soldados blancos, recién llegados de la batalla en las afueras de Roma. Hicieron un comentario sobre los soldados negros. Nos trataron de cobardes y dijeron que eran los muchachos blancos los que estaban salvando Europa. Yo sabía que estaban celosos porque nosotros permanecíamos detrás de las líneas, con buena comida y mujeres fáciles, pero de algún modo esas palabras me llegaron. Odié a aquellos soldados blancos y mi propia cobardía.
De modo que me presenté voluntario para la invasión de Normandía y después me uní a Patton en la batalla de las Árdenas. En aquel momento los aliados estaban tan desesperados que ni siquiera se permitían el lujo de segregar las tropas. En nuestro pelotón había blancos, negros, e incluso un grupo de estadounidenses-japoneses. Y nuestra mayor preocupación consistía en matar alemanes. Siempre surgían problemas entre las razas, especialmente cuando se trataba de mujeres, pero ahí aprendimos a respetarnos.
Nunca me preocupó que aquellos muchachos blancos me odiaran, pero estaba listo para pelear si no me respetaban.
Walter Mosley
El demonio vestido de azul (traducción de Rosa Corgatelli. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:13  | Libros...
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