S?bado, 13 de diciembre de 2014

Un pequeño pueblo costero, una mujer enérgica, malhumorada e inteligente, antigua maestra que ve cómo el mundo cambia a su alrededor y parece ser el centro de la vida de la comunidad, a veces de manera directa, a veces en un papel secundario y decisivo, un hombre afable y anodino que se pregunta por su matrimonio y sólo espera que las cosas sigan igual, un hijo que se distancia de sus padres y va a la deriva hasta que encuentra su lugar en un segundo matrimonio en apariencia caótico, los lugares donde se desarrollan pequeñas historias de amor, dolor o muerte, cafeterías, farmacias, hospitales, muelles, carreteras, las vidas marcadas por la soledad y la inercia, una pianista alcohólica que descubre que la vida es comprender algo demasiado tarde, un hombre que regresa al pueblo para arrojarse al mar y espera dentro del coche el momento crucial, una chiquilla famélica que se consume ante los demás, los chismorreos y rumores que abarcan tanto amores secretos como asesinatos.

Olive Kitteridge es un puñado de relatos sobre una mujer implacable e inteligente, las vidas efímeras de un pequeño pueblo, el paso del tiempo y comprender las cosas demasiado tarde. Strout pone a Olive Kitteridge en el centro de sus relatos, hace que cada uno de ellos orbite alrededor de ella, ya sea de manera principal o secundaria, una simple presencia pronunciada o un atraco en un hospital donde todo sale mal. Olive es maestra, está casada con Henry, tiene un hijo que no comprende, ve a distancia todo lo que pasa en su comunidad, a veces toma partido, a veces se queda al margen al no darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Su matrimonio se basa en la inercia, sus relaciones personales son extrañas, hay momentos donde tiene más afinidad con un antiguo alumno a punto de suicidarse que con su familia.

Strout describe una docena de vidas que parecen ir a la deriva, matrimonios fracasados, personas que se conforman con lo que tienen porque han perdido la iniciativa y la fuerza, hombres y mujeres que buscan desaparecer, seres que han visto pasar el tiempo sin sentirlo realmente y se encuentran en un lugar donde no esperaban encontrarse, la soledad y la distancia, los amores perdidos y los reencuentros, las vidas que se consumen como la llama de una vela. Strout escribe de manera sencilla y profunda sobre los cambios en Olive y el pueblo en el que vive, la rodea de historias y personajes secundarios que completan la imagen de la antigua maestra, construye un rompecabezas a su alrededor y lo compone de una cierta tristeza y pausa y asombro por las vidas sencillas que se truncan o salen a flote, del final de algo y las segundas oportunidades.





Cuando regresó a casa una tarde, miró en un cajón de viejas fotografías. Su madre, regordeta y sonriente, pero aun así amenazante. Su padre, alto, imperturbable; su silencio en vida parecía estar presente en la fotografía (él había sido el mayor misterio de todos, pensó ). Una fotografía de Henry cuando era pequeño. Con los ojos enormes y el pelo rizado, miraba al fotógrafo (¿su madre?) con temor y asombro infantiles. Otra fotografía suya en la Marina, alto y delgado, solo un crío, de hecho, esperando a que empezara la vida. «Te casarás con una bestia y la querrás», pensó Olive. «Tendrás un hijo y lo querrás. Serás amable hasta la saciedad con la gente cuando vaya a comprarte medicinas, alto con tu bata blanca. Terminarás tus días ciego y mudo en una silla de ruedas. Esa será tu vida».
Olive volvió a dejar la fotografía en el cajón y se fijó en una de Christopher, sacada cuando no tenía ni dos años. Había olvidado lo angelical que era, como criatura recién salida del huevo, como si aún no le hubiera crecido la piel y solo fuera luz y luminiscencia. «Te casarás con una bestia y ella te dejará», pensó Olive. «Te irás a vivir al otro extremo del país y le romperás el corazón a tu madre». Cerró el cajón. «Pero no apuñalarás a una mujer veintinueve veces».
Fue a la habitación de la ventana salediza y se tendió boca arriba en la cama. No, Christopher no apuñalaría a nadie. (Eso esperaba.) No estaba en sus castas. Ni en su bulbo, plantado en aquel suelo, suyo y de Henry, y de sus padres antes que ellos . Cerrando los ojos, pensó en la tierra, y en cosas verdes que crecían, y le vino a la mente el campo de fútbol que había junto al instituto. Recordó su época de profesora, cuando, en otoño, Henry dejaba a veces la farmacia para ir a ver los partidos de fútbol que jugaban allí. Christopher, que nunca había sido un niño físicamente agresivo, se pasaba la mayor parte de los partidos sentado en el banquillo con su uniforme, pero Olive sospechaba que no le importaba.
Había belleza en aquel aire otoñal, y en los jóvenes cuerpos sudados con las piernas embarradas, hombres fuertes que se arrojaban hacia delante para parar el balón con la frente; y la había en los aplausos cuando se marcaba un gol, en el portero postrándose de rodillas. Había días —eso lo recordaba— en que Henry la cogía de la mano cuando regresaban a casa, personas maduras, en la flor de la vida. ¿Habían sabido ser serenamente felices en esos momentos? Lo más probable era que no. En general, cuando vivían la vida, las personas no eran suficientemente conscientes de que la estaban viviendo. Pero ahora tenía ese recuerdo, de algo saludable y puro. Quizá fueran lo más puro que tenían, aquellos encuentros en el campo de fútbol, porque tenía otros recuerdos que no eran puros.
Elizabeth Strout
Olive Kitteridge (traducción de Rosa Pérez Pérez. Austral. El aleph)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:55  | Libros...
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