Lunes, 15 de diciembre de 2014

(Nos sentábamos en las cocinas a escuchar historias, la voz del abuelo, que no consigo recordar y que imagino sencilla y frágil, sobre batallas, emboscadas, heridas y un hospital de campaña, la voz de la abuela sobre mi padre y sus travesuras de niño, las voces de mis tíos sobre bailes que terminaban con la noche, antiguas rencillas entre vecinos y ausencias (que seguían siendo presencias). Las cocinas eran de leña, las maderas cortadas o las piñas o las hojas enrolladas de un periódico como primer fuego. El resplandor amarillo crepitaba en el interior de metal y las llamas se asomaban fuera de la cocina y relegaban el silencio a otra habitación con su crujido de grillo. Me atraía esa llama que intentaba escapar de su encierro, me llevaba a las hogueras de los personajes de Jack London o las fogatas de los pioneros en las películas del oeste (ahora, esa llama me hace pensar en luciérnagas y otros mundos fuera de éste). Por la noche, los juegos de cartas, la televisión, la música de mi hermana o de un hombre que sólo entraba en las casas donde hubiese una mujer joven y hermosa y que tocaba su armónica mientras miraba a la muchacha con atrevimiento. Las ventanas de esas cocinas daban a caminos de tierra, la placidez de las tardes veraniegas, los insectos entre una luz amarilla, la polvareda de los coches al pasar, la curiosidad por ver quién pasaba y a dónde. Recuerdo que apagábamos la luz en las tardes de tormenta para que la tormenta pasase de largo sin vernos y que no notase el miedo de mis tías, la cabeza escondida entre los brazos cruzados, el ligero temblor de su cuerpo. Yo observaba la sombras en las paredes tras el resplandor blanco de los relámpagos, imaginaba que eran mensajes de los muertos, que había un código que descifrar en los ruidos, las sombras y el tiempo de silencio entre los truenos. Luego supe que los muertos dejaban sus mensajes entre las páginas de un libro, en un reloj o en viejas fotografías y que los relámpagos, como esas lejanas cocinas de leña, como el humo de una chimenea, servían para crear sueños y leyendas)


Los lunes de Anay. Un hombre tranquilo...

A la memoria de Joan Barril (1952-2014)


"Señor: es hora. Largo fue el verano."  

                                        RAINER MARIA RILKE


AL LADO DE LAS HUERTAS

Veintinueve de noviembre por la mañana.
Solo, en el viejo camino de las huertas,
a eso de las once.

El ladrido de algún perro, el sonido
de algún coche lejano, algunos pájaros.
Y el sol, pálido y vulnerable en el aire frío.

Entonces me detengo. Me paro de repente
y digo para mí: voy a pararme un poco,
sólo para saber que puedo pararme cuando quiera.

Voy a pararme aquí, al lado de las huertas,
durante unos minutos. Quiero mirar despacio esta luz
de noviembre, la luz de esta mañana soleada.

Quiero mirar esta luz y quedarme con ella,
por si en los días futuros nos faltara.
Por si la oscuridad llegara a hacerse
demasiado terrible en los días futuros.

                                    FERNANDO LUIS CHIVITE


 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Rainer Maria Rilke, Fernando Luis Chivite, Van Morrison

Publicado por elchicoanalogo @ 19:35  | Los lunes de Anay
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