Mi?rcoles, 17 de diciembre de 2014

El tejado de la estación amplifica el sonido de la lluvia. Hay serrín en las esquinas y en los accesos a los andenes y deja marcas de pisadas y ruedas de maletas. Una niña juega con un pequeño coche, imita el ruido del motor con un carraspeo grave, mira los huecos bajo las filas de asientos y lanza el coche lejos, muy lejos. Busca la aprobación de su padre en silencio. Un par de hombres hablan de los trenes de su infancia, los días que tardaron en recorrer el norte hasta llegar a la ciudad en su primer viaje, la lentitud de la marcha, el horizonte lejano tras la ventanilla, la mirada alta en esta misma estación años atrás, cuando la ciudad les era desconocida y se sentían ante un mundo nuevo que parecía caerles sobre la espalda. Han traído periódicos que colocan sobre los asientos para no mojarse y que dejarán en la basura cuando se vayan. Llevan abrigos cortos, bufanda y sombrero, se apoyan en el respaldo con fuerza, recelan de un hombre extraño que da vueltas por la estación y se sorprenden por la rapidez de los días y la prisa de la gente. Cierro el libro de Ford y observo con calma a los hombres, miran la cola del tren a Madrid y adivino cierta nostalgia en su mirada.
Las aceras mojadas reflejan los semáforos y las luces navideñas. Cae un ligero sirimiri. Junto a la ría, el mercado de navidad, pequeños puestos de artesanía que huelen a madera y cuero. Cruzo el puente, el tintineo del tranvía, las calles abiertas del casco viejo, los flashes de las fotos que apuntan al teatro, el parque del arenal, los montes sobre los tejados. Un coro de gospel canta en la plaza del teatro, hombres y mujeres entusiastas que cantan Jesús nos quiere, agitan las manos y bailan sin moverse del sitio. Sonríen y transmiten calidez. Terminan su canción y aplauden a los espectadores, se ponen los guantes en las manos y se dan pequeños abrazos. Entro en una calle azar. Una mujer cose un cuadro a punto de cruz, a su lado, La escuela de Atenas terminado y un cartón que avisa, no se vende, mi trabajo es para todos.
Me seco la cabeza en un café junto a la ría. Hay una estantería de libros de segunda mano (Noteboom, Laclois, Mailer). Me siento junto a la ventana y pienso en todos los diciembres vividos, en mi primera bicicleta y en la playa el último día del año, en una librería y el cielo frío y oscuro, en los deseos cumplidos y los sueños truncados, y me pregunto por la exactitud de mis recuerdos, si esto es todo lo que hay y seguimos dentro de la caverna. Es rápido diciembre.


Publicado por elchicoanalogo @ 19:38  | diapositivas
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

sí, es rápido, es un vendaval que nos deja a algunos confundidos, deslumbrados, a otros resistiendo estoicamente la ráfaga, otros (más afortunados) pueden ver tranquilamente desde un café cómo el resto es arrastrado como hojas de otoño... y así de rápido, pasó... ya es enero Sonrisa

un abrazo,

S.

Publicado por Invitado
Viernes, 02 de enero de 2015 | 6:25

¡Sobrevivimos, Susana! Es el momento de la lentitud, de tomarse su tiempo, de ver los primeros días del año con calma y dejarse llevar por el frío (aquíGui?o y la luz del verano (allíGui?o y encarar los nuevos días con buenas lecturas. ¡Abrazos y cariños!

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 02 de enero de 2015 | 20:39