S?bado, 27 de diciembre de 2014

No todo en la guerra fue terror y violencia. A veces las cosas podían resultar casi agradables. Por ejemplo, recuerdo a un muchachito con una pierna de plástico. Recuerdo cómo saltó hasta donde estaba Azar y le pidió una barra de chocolate: «Soldado jefe», dijo el muchacho... y Azar se rió y le tendió el chocolate. Cuando el muchacho se alejó saltando, Azar chasqueó con la lengua y dijo: «La guerra es puta.» Sacudió la cabeza tristemente. «¡Una pierna, joder! ¡A este pobre diablo ya se le ha acabado la cuerda!»


Recuerdo a Mitchell Sanders sentado tranquilamente a la sombra de una vieja higuera de Bengala. Empleaba la uña del pulgar para quitarse los piojos corporales; trabajaba con esmero y depositaba con cuidado cada bicho en un sobre azul de los que nos proporcionaba el Ejército. Tenía los ojos cansados. Había pasado dos largas semanas en la jungla. Después de más o menos una hora, cerró bien el sobre, escribió GRATIS en el ángulo superior derecho y lo envió a su caja de reclutamiento en Ohio.
A veces la guerra era como una pelota de ping-pong. Podías darle efectos insólitos, podías hacerla bailar.


Recuerdo a Norman Bowker y Henry Dobbins jugando a las damas cada tarde antes de caer la noche. Era un ritual para ellos. Cavaban una corta trinchera y sacaban el tablero y jugaban partidas largas, silenciosas, mientras el cielo pasaba del rosado al púrpura. A veces los demás nos deteníamos a observar. Hacerlo nos relajaba; emanaba de aquella escena una sensación de orden y tranquilidad. Había cuadrados rojos y cuadrados negros. El tablero estaba dispuesto formando una trama rectilínea, sin túneles ni montañas ni junglas. Sabías dónde te encontrabas. Era difícil que te sorprendieran. Las piezas estaban sobre el tablero, el enemigo era visible, podías contemplar cómo se desplegaban las tácticas hasta convertirse en movimientos estratégicos. Había un ganador y un perdedor. Había reglas.


Ahora tengo cuarenta y tres años, y soy escritor, y la guerra terminó hace mucho tiempo. Es difícil recordar buena parte de ella. Me quedo sentado ante la máquina de escribir y clavo los ojos a través de mis palabras y veo a Kiowa hundiéndose en la espesa capa de inmundicias de un estercolero, o a Curt Lemon colgando en pedazos de un árbol, y mientras escribo sobre estas cosas, el acto de recordar se convierte en una especie de reacontecer. Kiowa me aúlla. Curt Lemon sale de la sombra a la luz refulgente del sol, con la cara bronceada y brillante, y después salta en pedazos hacia un árbol. Lo malo nunca deja de acontecer: vive en su propia dimensión, repitiéndose una y otra vez.
Pero no toda la guerra era así.


Como cuando Ted Lavender se pasó con los tranquilizantes. «¿Cómo está la guerra hoy?», decía alguien, y Ted Lavender mostraba una sonrisa amplia, distraída, y decía: «Suave, chico. Hoy tenemos una encantadora guerra suave.»


Y como la vez que conseguimos la ayuda de un viejo poppa-san para que nos guiara a través de los campos minados de la península de Batangan. El anciano era cargado de espaldas, cojeaba y caminaba muy despacio, pero sabía dónde estaban los puntos seguros y dónde debías tener cuidado y dónde aun con cuidado podías terminar frito como palomitas de maíz. Tenía la sensibilidad de un equilibrista para tantear la tierra que pisaban sus pies: la tensión superficial, las protuberancias y las oquedades de las cosas. Cada mañana formábamos en una larga hilera, con el viejo poppa-san al frente, y durante todo el día marchábamos tras él, siguiendo sus pasos, jugando de un modo exacto e implacable a imitar todos sus movimientos. El Rata Kiley inventó una rima pegadiza que todos cantábamos al unísono: Salirse del sendero puede ser traicionero; seguir al vietnamita es estar tan seguro como en casita. A nuestro alrededor todo estaba sembrado de minas y trampas con balas de cañón, pero en los cinco días que permanecimos en la península de Batangan nadie resultó herido. El anciano se ganó el afecto de todos.
Cuando los helicópteros vinieron a buscarnos, se desarrolló una escena triste. Jimmy Cross abrazó al viejo poppa-san. Mitchell Sanders y Lee Strunk lo cargaron de cajas de raciones de campaña.
Había lágrimas en los ojos del viejo.
«Seguir al vietnamita», le dijo a cada uno de nosotros, «es estar tan seguro como en casita.»


Si no estabas de marcha, estabas a la espera. Recuerdo la monotonía. Cavar pozos de tirador. Matar mosquitos a palmadas. El sol y el calor y los arrozales sin fin. Incluso en plena jungla, donde había infinidad de modos de morir, la guerra era aburrida de un modo agresivo y sin paliativos. Pero era un aburrimiento extraño. Era un aburrimiento torturador, la clase de aburrimiento que te causaba trastornos estomacales. Estabas sentado en la cima de una colina, con los arrozales desplegándose a tus pies, y el día era sereno y caluroso, y parecía como ausente, y sentías el aburrimiento goteando dentro de ti como un grifo mal cerrado, salvo que no caía agua, sino una especie de ácido, y sentías que cada gotita de aquel líquido te corroía los órganos vitales. Tratabas de relajarte. Aflojabas los puños y dejabas vagar la mente. Bueno, pensabas, las cosas no van tan mal. Y en aquel preciso instante oías disparos detrás de ti y se te ponían los cojones por corbata y soltabas chillidos de cerdo degollado. Así era aquel aburrimiento.


A veces me siento culpable. Cuarenta y tres años y sigo escribiendo historias de guerra. Mi hija Kathleen me dice que es una obsesión, que debería escribir sobre una muchachita que encuentra un millón de dólares y se los gasta todos en un poney de las Shetland. Supongo que en cierto sentido tiene razón: debería olvidarla. Pero el problema es que recuerdas porque no olvidas. Tomas el material donde lo encuentras, que es en tu vida, en la intersección del pasado y el presente. El tráfico de la memoria se mete en una especie de rotonda en tu cabeza, donde permanece moviéndose en círculo durante un tiempo, pero la imaginación no tarda en intervenir y el tráfico se funde con ella y se dispara hacia abajo por mil calles distintas. Como escritor, todo lo que puedes hacer es elegir una calle y viajar por ella, expresando las cosas a medida que van llegando. Ésa es la auténtica obsesión. Todas esas historias.


No historias sangrientas, necesariamente. También historias felices, y hasta algunas pocas historias de paz.


Ahí va una rápida historia de paz:
Un hombre decide irse sin permiso. Termina en Danang con una enfermera de la Cruz Roja. Se lo pasa en grande —la enfermera está loca por él—; el hombre consigue todo lo que quiere y cuando quiere. La guerra terminó, piensa. Es hora de follar y hacer nuevos planes. Pero un buen día vuelve a incorporarse a su pelotón en la jungla. Ansía que llegue el momento de entrar otra vez en acción. Por fin, uno de sus camaradas le pregunta qué pasó con la enfermera, por qué está tan ansioso por combatir, y el hombre dice: «Toda aquella paz, chico, era tan buena, que dolía. Quiero devolverle el dolor.»


Recuerdo a Mitchell Sanders sonriendo mientras me contaba esa historia. Estoy seguro de que se la había inventado en su mayor parte, pero aun así me puso la piel de gallina. Porque todo es relativo. Estás clavado en algún hediondo agujero infernal en un arrozal, temiendo perder el pellejo, y de repente durante unos segundos todo queda quieto y alzas los ojos y ves el sol y unas pocas nubes blancas livianas, y la inmensa serenidad ilumina como un relámpago tus pupilas —el mundo entero parece cambiar de forma— y aunque estés clavado por una guerra nunca te has sentido más en paz.


Lo que se adhiere a la memoria, a menudo, son esos pequeños fragmentos extraños que no tienen principio ni fin.


Norman Bowker tendido de espaldas una noche, contemplando las estrellas; entonces me susurra: «Te diré algo, O'Brien. Si pudiera hacer que se cumpliera un deseo, cualquiera, desearía que mi padre me escribiera una carta y me dijera que no importa que no gane ninguna medalla. Mi padre sólo habla de eso, de nada más. De cómo ansía ver mis malditas medallas.»


O Kiowa enseñándoles una danza de la lluvia al Rata Kiley y a Dave Jensen, los tres dando alaridos y saltando descalzos en círculo mientras un puñado de aldeanos miraban con una mezcla de fascinación y horror sin poder contener las risitas. Después el Rata dijo: «¿Dónde está la lluvia?», y Kiowa dijo: «La tierra es lenta, pero el búfalo es paciente»; el Rata lo pensó un poco y dijo: «Sí, pero ¿dónde está la lluvia


O cuando Ted Lavender adoptó a un perrito huérfano; lo alimentaba con una cuchara de plástico y lo llevó en la mochila hasta el día en que Azar lo ató a una mina Claymore y ajustó la espoleta.


Supongo que, como media, la edad de nuestro pelotón era de diecinueve o veinte años, y en consecuencia a menudo el ambiente adquiere un aire curiosamente juguetón, como una competición deportiva en algún reformatorio exótico. La prueba podía ser fatal, y sin embargo había en todo una exuberancia infantil, montones de bromas y chistes pesados. Como cuando Azar voló el perrito de Ted Lavender: «¿Por qué estáis todos tan cabreados?», dijo Azar. «¡Quiero decir, joder, que no soy más que un muchacho


Recuerdo estas cosas, también.
El aroma húmedo, a hongos, de una bolsa para cadáveres vacía.
La luna creciente alzándose de noche sobre los arrozales.
Henry Dobbins sentado a la luz del crepúsculo, cosiéndose los flamantes galones de sargento, cantando con calma: «Un brillo, un anillo, un cesto verde y amarillo.»
Un campo de hierba doblada por el viento, inclinada a causa del remolino causado por las palas de la hélice de un helicóptero; la hierba, oscura y servil, se inclinaba mucho, pero volvía a alzarse en cuanto el helicóptero se iba.
Un sendero de arcilla roja en las afueras de la aldea de My Khe.
Una granada de mano.
El cadáver de un hombre delgado, bien parecido, de unos veinte años.
Kiowa diciendo: «No tuviste más remedio, Tim. ¿Qué otra cosa podías hacer?»
Kiowa diciendo: «¿De acuerdo?»
Kiowa diciendo: «Háblame.»


Cuarenta y tres años, y la guerra ocurrió hace media vida, y sin embargo el recordar la convierte en algo actual. Y a veces el recuerdo se plasmará en una historia que lo eternizará. Para eso son las historias. Las historias son para unir el pasado con el futuro. Las historias son para altas horas de la noche, cuando no puedes acordarte cómo pasaste de donde estabas adonde estás. Las historias son para la eternidad, para cuando el recuerdo ha sido borrado, para cuando no queda nada que recordar salvo la historia.
Tim O´Brien
Efectos insólitos (en Las cosas que llevaban los hombres que lucharon. Traducción de Elvio E. Gandolfo. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 12:27  | Libros...
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