Mi?rcoles, 31 de diciembre de 2014

(dice ib)

por un año
para verlo llegar
tran qui la men te

(y yo asiento. Urte berri on, felices lecturas nuevas)




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S?bado, 27 de diciembre de 2014

No todo en la guerra fue terror y violencia. A veces las cosas podían resultar casi agradables. Por ejemplo, recuerdo a un muchachito con una pierna de plástico. Recuerdo cómo saltó hasta donde estaba Azar y le pidió una barra de chocolate: «Soldado jefe», dijo el muchacho... y Azar se rió y le tendió el chocolate. Cuando el muchacho se alejó saltando, Azar chasqueó con la lengua y dijo: «La guerra es puta.» Sacudió la cabeza tristemente. «¡Una pierna, joder! ¡A este pobre diablo ya se le ha acabado la cuerda!»


Recuerdo a Mitchell Sanders sentado tranquilamente a la sombra de una vieja higuera de Bengala. Empleaba la uña del pulgar para quitarse los piojos corporales; trabajaba con esmero y depositaba con cuidado cada bicho en un sobre azul de los que nos proporcionaba el Ejército. Tenía los ojos cansados. Había pasado dos largas semanas en la jungla. Después de más o menos una hora, cerró bien el sobre, escribió GRATIS en el ángulo superior derecho y lo envió a su caja de reclutamiento en Ohio.
A veces la guerra era como una pelota de ping-pong. Podías darle efectos insólitos, podías hacerla bailar.


Recuerdo a Norman Bowker y Henry Dobbins jugando a las damas cada tarde antes de caer la noche. Era un ritual para ellos. Cavaban una corta trinchera y sacaban el tablero y jugaban partidas largas, silenciosas, mientras el cielo pasaba del rosado al púrpura. A veces los demás nos deteníamos a observar. Hacerlo nos relajaba; emanaba de aquella escena una sensación de orden y tranquilidad. Había cuadrados rojos y cuadrados negros. El tablero estaba dispuesto formando una trama rectilínea, sin túneles ni montañas ni junglas. Sabías dónde te encontrabas. Era difícil que te sorprendieran. Las piezas estaban sobre el tablero, el enemigo era visible, podías contemplar cómo se desplegaban las tácticas hasta convertirse en movimientos estratégicos. Había un ganador y un perdedor. Había reglas.


Ahora tengo cuarenta y tres años, y soy escritor, y la guerra terminó hace mucho tiempo. Es difícil recordar buena parte de ella. Me quedo sentado ante la máquina de escribir y clavo los ojos a través de mis palabras y veo a Kiowa hundiéndose en la espesa capa de inmundicias de un estercolero, o a Curt Lemon colgando en pedazos de un árbol, y mientras escribo sobre estas cosas, el acto de recordar se convierte en una especie de reacontecer. Kiowa me aúlla. Curt Lemon sale de la sombra a la luz refulgente del sol, con la cara bronceada y brillante, y después salta en pedazos hacia un árbol. Lo malo nunca deja de acontecer: vive en su propia dimensión, repitiéndose una y otra vez.
Pero no toda la guerra era así.


Como cuando Ted Lavender se pasó con los tranquilizantes. «¿Cómo está la guerra hoy?», decía alguien, y Ted Lavender mostraba una sonrisa amplia, distraída, y decía: «Suave, chico. Hoy tenemos una encantadora guerra suave.»


Y como la vez que conseguimos la ayuda de un viejo poppa-san para que nos guiara a través de los campos minados de la península de Batangan. El anciano era cargado de espaldas, cojeaba y caminaba muy despacio, pero sabía dónde estaban los puntos seguros y dónde debías tener cuidado y dónde aun con cuidado podías terminar frito como palomitas de maíz. Tenía la sensibilidad de un equilibrista para tantear la tierra que pisaban sus pies: la tensión superficial, las protuberancias y las oquedades de las cosas. Cada mañana formábamos en una larga hilera, con el viejo poppa-san al frente, y durante todo el día marchábamos tras él, siguiendo sus pasos, jugando de un modo exacto e implacable a imitar todos sus movimientos. El Rata Kiley inventó una rima pegadiza que todos cantábamos al unísono: Salirse del sendero puede ser traicionero; seguir al vietnamita es estar tan seguro como en casita. A nuestro alrededor todo estaba sembrado de minas y trampas con balas de cañón, pero en los cinco días que permanecimos en la península de Batangan nadie resultó herido. El anciano se ganó el afecto de todos.
Cuando los helicópteros vinieron a buscarnos, se desarrolló una escena triste. Jimmy Cross abrazó al viejo poppa-san. Mitchell Sanders y Lee Strunk lo cargaron de cajas de raciones de campaña.
Había lágrimas en los ojos del viejo.
«Seguir al vietnamita», le dijo a cada uno de nosotros, «es estar tan seguro como en casita.»


Si no estabas de marcha, estabas a la espera. Recuerdo la monotonía. Cavar pozos de tirador. Matar mosquitos a palmadas. El sol y el calor y los arrozales sin fin. Incluso en plena jungla, donde había infinidad de modos de morir, la guerra era aburrida de un modo agresivo y sin paliativos. Pero era un aburrimiento extraño. Era un aburrimiento torturador, la clase de aburrimiento que te causaba trastornos estomacales. Estabas sentado en la cima de una colina, con los arrozales desplegándose a tus pies, y el día era sereno y caluroso, y parecía como ausente, y sentías el aburrimiento goteando dentro de ti como un grifo mal cerrado, salvo que no caía agua, sino una especie de ácido, y sentías que cada gotita de aquel líquido te corroía los órganos vitales. Tratabas de relajarte. Aflojabas los puños y dejabas vagar la mente. Bueno, pensabas, las cosas no van tan mal. Y en aquel preciso instante oías disparos detrás de ti y se te ponían los cojones por corbata y soltabas chillidos de cerdo degollado. Así era aquel aburrimiento.


A veces me siento culpable. Cuarenta y tres años y sigo escribiendo historias de guerra. Mi hija Kathleen me dice que es una obsesión, que debería escribir sobre una muchachita que encuentra un millón de dólares y se los gasta todos en un poney de las Shetland. Supongo que en cierto sentido tiene razón: debería olvidarla. Pero el problema es que recuerdas porque no olvidas. Tomas el material donde lo encuentras, que es en tu vida, en la intersección del pasado y el presente. El tráfico de la memoria se mete en una especie de rotonda en tu cabeza, donde permanece moviéndose en círculo durante un tiempo, pero la imaginación no tarda en intervenir y el tráfico se funde con ella y se dispara hacia abajo por mil calles distintas. Como escritor, todo lo que puedes hacer es elegir una calle y viajar por ella, expresando las cosas a medida que van llegando. Ésa es la auténtica obsesión. Todas esas historias.


No historias sangrientas, necesariamente. También historias felices, y hasta algunas pocas historias de paz.


Ahí va una rápida historia de paz:
Un hombre decide irse sin permiso. Termina en Danang con una enfermera de la Cruz Roja. Se lo pasa en grande —la enfermera está loca por él—; el hombre consigue todo lo que quiere y cuando quiere. La guerra terminó, piensa. Es hora de follar y hacer nuevos planes. Pero un buen día vuelve a incorporarse a su pelotón en la jungla. Ansía que llegue el momento de entrar otra vez en acción. Por fin, uno de sus camaradas le pregunta qué pasó con la enfermera, por qué está tan ansioso por combatir, y el hombre dice: «Toda aquella paz, chico, era tan buena, que dolía. Quiero devolverle el dolor.»


Recuerdo a Mitchell Sanders sonriendo mientras me contaba esa historia. Estoy seguro de que se la había inventado en su mayor parte, pero aun así me puso la piel de gallina. Porque todo es relativo. Estás clavado en algún hediondo agujero infernal en un arrozal, temiendo perder el pellejo, y de repente durante unos segundos todo queda quieto y alzas los ojos y ves el sol y unas pocas nubes blancas livianas, y la inmensa serenidad ilumina como un relámpago tus pupilas —el mundo entero parece cambiar de forma— y aunque estés clavado por una guerra nunca te has sentido más en paz.


Lo que se adhiere a la memoria, a menudo, son esos pequeños fragmentos extraños que no tienen principio ni fin.


Norman Bowker tendido de espaldas una noche, contemplando las estrellas; entonces me susurra: «Te diré algo, O'Brien. Si pudiera hacer que se cumpliera un deseo, cualquiera, desearía que mi padre me escribiera una carta y me dijera que no importa que no gane ninguna medalla. Mi padre sólo habla de eso, de nada más. De cómo ansía ver mis malditas medallas.»


O Kiowa enseñándoles una danza de la lluvia al Rata Kiley y a Dave Jensen, los tres dando alaridos y saltando descalzos en círculo mientras un puñado de aldeanos miraban con una mezcla de fascinación y horror sin poder contener las risitas. Después el Rata dijo: «¿Dónde está la lluvia?», y Kiowa dijo: «La tierra es lenta, pero el búfalo es paciente»; el Rata lo pensó un poco y dijo: «Sí, pero ¿dónde está la lluvia


O cuando Ted Lavender adoptó a un perrito huérfano; lo alimentaba con una cuchara de plástico y lo llevó en la mochila hasta el día en que Azar lo ató a una mina Claymore y ajustó la espoleta.


Supongo que, como media, la edad de nuestro pelotón era de diecinueve o veinte años, y en consecuencia a menudo el ambiente adquiere un aire curiosamente juguetón, como una competición deportiva en algún reformatorio exótico. La prueba podía ser fatal, y sin embargo había en todo una exuberancia infantil, montones de bromas y chistes pesados. Como cuando Azar voló el perrito de Ted Lavender: «¿Por qué estáis todos tan cabreados?», dijo Azar. «¡Quiero decir, joder, que no soy más que un muchacho


Recuerdo estas cosas, también.
El aroma húmedo, a hongos, de una bolsa para cadáveres vacía.
La luna creciente alzándose de noche sobre los arrozales.
Henry Dobbins sentado a la luz del crepúsculo, cosiéndose los flamantes galones de sargento, cantando con calma: «Un brillo, un anillo, un cesto verde y amarillo.»
Un campo de hierba doblada por el viento, inclinada a causa del remolino causado por las palas de la hélice de un helicóptero; la hierba, oscura y servil, se inclinaba mucho, pero volvía a alzarse en cuanto el helicóptero se iba.
Un sendero de arcilla roja en las afueras de la aldea de My Khe.
Una granada de mano.
El cadáver de un hombre delgado, bien parecido, de unos veinte años.
Kiowa diciendo: «No tuviste más remedio, Tim. ¿Qué otra cosa podías hacer?»
Kiowa diciendo: «¿De acuerdo?»
Kiowa diciendo: «Háblame.»


Cuarenta y tres años, y la guerra ocurrió hace media vida, y sin embargo el recordar la convierte en algo actual. Y a veces el recuerdo se plasmará en una historia que lo eternizará. Para eso son las historias. Las historias son para unir el pasado con el futuro. Las historias son para altas horas de la noche, cuando no puedes acordarte cómo pasaste de donde estabas adonde estás. Las historias son para la eternidad, para cuando el recuerdo ha sido borrado, para cuando no queda nada que recordar salvo la historia.
Tim O´Brien
Efectos insólitos (en Las cosas que llevaban los hombres que lucharon. Traducción de Elvio E. Gandolfo. Anagrama)


Tags: Efectos insólitos, Tim O´Brien, Las cosas que llevaban, Elvio E. Gandolfo, Anagrama

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Mi?rcoles, 24 de diciembre de 2014

Dice que ya ha descubierto el gran secreto de la navidad, que el Olentzero y los Reyes no existen y son los  padres quienes hacen los regalos, la voz en un susurro y su mirada con un resquicio de duda. Me encojo de hombros, esperamos el autobús, las luces navideñas aun sin encender entre las ramas de los árboles. Le hablo de sus primeras navidades, cuando era un bebé de cuatro meses y lloraba por los ruidos extraños o cuando tenía algo más de un año y se asombraba por las luces de los escaparates y levantaba el dedo índice para que le leyese los nombres de las tiendas y las felicitaciones callejeras. O hace un par de años, cuando quiso saber si realmente existía la magia. Me mira asombrado, como si le hablase de otra persona. Le digo que me gustaba montar el belén cuando era niño, poner patos en un río de plata y recoger musgo para recrear los campos y prados, que prefería los detalles en la esquina del belén a la gran escena central. Le pregunto si pondrá árbol, me responde que claro, para los regalos, y le sugiero que use sus playmobil para decorarlo y que haga un belén con sus juguetes, castillos, dragones, hidroaviones, obreros de la construcción. Se ríe ante mi idea y me dice que pondrá el playmobil obrero en la copa del árbol. Me confiesa que está nervioso por sus regalos, videojuegos, botas de fútbol, camisetas de baloncesto, y cree que deberían pasar los Reyes al verano. Me pregunta si me gusta la navidad, le respondo que no me siento cómodo con la rapidez de diciembre, que paso las tardes de nochebuena en el cine o doy un largo paseo junto a la ría o leo en la estación de tren (me mira sorprendido), que pasar solo esta tarde es mi forma de intentar frenar la velocidad y la obligatoriedad de las fiestas, pero que él consiguió que volviese a ver las luces entre los árboles.

(Gabon zoriontsuak denoi! Felices fiestas a todos)



Publicado por elchicoanalogo @ 13:16  | Festividades
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Lunes, 22 de diciembre de 2014

(Salía con una pequeña banqueta al patio, colocaba las partituras en un atril dorado, se ajustaba el acordeón y ensayaba al aire libre. Tenía siete, once, dieciocho años. Aún no había ganado sus dos campeonatos mundiales. El tejado de la casa estaba a la altura de la carretera y un camino de tierra bajaba al patio y llegaba hasta el río (recuerdo aquel camino, apenas una hilera entre los prados y trigales y maizales. A veces miraba hacia atrás y veía el hórreo de mis abuelos, la ermita octogonal, los tejados de pizarra y las casas de piedra mientras escuchaba el río). Se ponía de puntillas y ladeaba la cabeza, las manos primero tímidas y luego seguras sobre las teclas El acordeón sonaba entre tractores, el crepitar de los insectos y las campanadas de la iglesia. Era parte de las mañanas en la ribeira. Había una nota que hacía aullar a los perros, sólo una nota que provocaba ladridos y aullidos lastimeros a nuestro alrededor, una docena de perros que formaba un eco, que empezaba a nuestro lado y se alejaba como si fuese un mar. Ahora mi hermana está tras los ventanales del auditorio, ensaya con sus alumnos de triki tixa antes del concierto de navidad, ella corrige con las manos y habla (sólo veo mover sus labios tras el cristal), ellos asienten en silencio y miran nerviosos a quienes esperamos fuera. Una vez estuve en uno de esos ensayos. Mi hermana dijo, el trabajo está hecho, ahora toca disfrutar.

(coda)
Hemos venido al mundo para hacer el ganso. Que nadie te convenza de lo contrario. Kurt Vonnegut)


Los lunes de Anay. Ánades...


"Así las cosas,
desnuda tú."

           JAVIER VELAZA



DOS MUCHACHAS HABLANDO

No por amar la orilla.
No por tu decisión, ni por orgullo.
Por ser como se es.
Por coincidir con algo,
una masa de luces, de extrañezas,
un perfil reflejado, pero que es tu perfil
del modo irrevocable, agridulce y enérgico,
en que algo es de una solamente.

                                    LUIS MUÑOZ



 

...Feliz lunes y felices fiestas a todos.

Un abrazo.

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Javier Velaza, Luis Muñoz, Adriano Celentano

Publicado por elchicoanalogo @ 19:43  | Los lunes de Anay
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Viernes, 19 de diciembre de 2014

En el campo
soy la  ausencia
del campo.
Siempre
es así.
En donde esté
soy lo que falta.

Cuando camino
parto el aire
y siempre
el aire viene
a llenar los espacios
en donde estuve.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para mantener las cosas completas.
Mark Strand
Las cosas completas (en Durmiendo con un ojo abierto. Traducción de Juan Carlos Galeano)




Keeping Things Whole

In a field
I am the absence
of field.
This is
always the case.
Wherever I am
I am what is missing.

When I walk
I part the air
and always
the air moves in
to fill the spaces
where my body’s been .

We all have reasons
for moving.
I move
to keep things whole.


Tags: Las cosas completas, Keeping Things Whole, Mark Strong, Juan Carlos Galeano, Isabel Tejada Balsas

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Mi?rcoles, 17 de diciembre de 2014

El tejado de la estación amplifica el sonido de la lluvia. Hay serrín en las esquinas y en los accesos a los andenes y deja marcas de pisadas y ruedas de maletas. Una niña juega con un pequeño coche, imita el ruido del motor con un carraspeo grave, mira los huecos bajo las filas de asientos y lanza el coche lejos, muy lejos. Busca la aprobación de su padre en silencio. Un par de hombres hablan de los trenes de su infancia, los días que tardaron en recorrer el norte hasta llegar a la ciudad en su primer viaje, la lentitud de la marcha, el horizonte lejano tras la ventanilla, la mirada alta en esta misma estación años atrás, cuando la ciudad les era desconocida y se sentían ante un mundo nuevo que parecía caerles sobre la espalda. Han traído periódicos que colocan sobre los asientos para no mojarse y que dejarán en la basura cuando se vayan. Llevan abrigos cortos, bufanda y sombrero, se apoyan en el respaldo con fuerza, recelan de un hombre extraño que da vueltas por la estación y se sorprenden por la rapidez de los días y la prisa de la gente. Cierro el libro de Ford y observo con calma a los hombres, miran la cola del tren a Madrid y adivino cierta nostalgia en su mirada.
Las aceras mojadas reflejan los semáforos y las luces navideñas. Cae un ligero sirimiri. Junto a la ría, el mercado de navidad, pequeños puestos de artesanía que huelen a madera y cuero. Cruzo el puente, el tintineo del tranvía, las calles abiertas del casco viejo, los flashes de las fotos que apuntan al teatro, el parque del arenal, los montes sobre los tejados. Un coro de gospel canta en la plaza del teatro, hombres y mujeres entusiastas que cantan Jesús nos quiere, agitan las manos y bailan sin moverse del sitio. Sonríen y transmiten calidez. Terminan su canción y aplauden a los espectadores, se ponen los guantes en las manos y se dan pequeños abrazos. Entro en una calle azar. Una mujer cose un cuadro a punto de cruz, a su lado, La escuela de Atenas terminado y un cartón que avisa, no se vende, mi trabajo es para todos.
Me seco la cabeza en un café junto a la ría. Hay una estantería de libros de segunda mano (Noteboom, Laclois, Mailer). Me siento junto a la ventana y pienso en todos los diciembres vividos, en mi primera bicicleta y en la playa el último día del año, en una librería y el cielo frío y oscuro, en los deseos cumplidos y los sueños truncados, y me pregunto por la exactitud de mis recuerdos, si esto es todo lo que hay y seguimos dentro de la caverna. Es rápido diciembre.


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Lunes, 15 de diciembre de 2014

(Nos sentábamos en las cocinas a escuchar historias, la voz del abuelo, que no consigo recordar y que imagino sencilla y frágil, sobre batallas, emboscadas, heridas y un hospital de campaña, la voz de la abuela sobre mi padre y sus travesuras de niño, las voces de mis tíos sobre bailes que terminaban con la noche, antiguas rencillas entre vecinos y ausencias (que seguían siendo presencias). Las cocinas eran de leña, las maderas cortadas o las piñas o las hojas enrolladas de un periódico como primer fuego. El resplandor amarillo crepitaba en el interior de metal y las llamas se asomaban fuera de la cocina y relegaban el silencio a otra habitación con su crujido de grillo. Me atraía esa llama que intentaba escapar de su encierro, me llevaba a las hogueras de los personajes de Jack London o las fogatas de los pioneros en las películas del oeste (ahora, esa llama me hace pensar en luciérnagas y otros mundos fuera de éste). Por la noche, los juegos de cartas, la televisión, la música de mi hermana o de un hombre que sólo entraba en las casas donde hubiese una mujer joven y hermosa y que tocaba su armónica mientras miraba a la muchacha con atrevimiento. Las ventanas de esas cocinas daban a caminos de tierra, la placidez de las tardes veraniegas, los insectos entre una luz amarilla, la polvareda de los coches al pasar, la curiosidad por ver quién pasaba y a dónde. Recuerdo que apagábamos la luz en las tardes de tormenta para que la tormenta pasase de largo sin vernos y que no notase el miedo de mis tías, la cabeza escondida entre los brazos cruzados, el ligero temblor de su cuerpo. Yo observaba la sombras en las paredes tras el resplandor blanco de los relámpagos, imaginaba que eran mensajes de los muertos, que había un código que descifrar en los ruidos, las sombras y el tiempo de silencio entre los truenos. Luego supe que los muertos dejaban sus mensajes entre las páginas de un libro, en un reloj o en viejas fotografías y que los relámpagos, como esas lejanas cocinas de leña, como el humo de una chimenea, servían para crear sueños y leyendas)


Los lunes de Anay. Un hombre tranquilo...

A la memoria de Joan Barril (1952-2014)


"Señor: es hora. Largo fue el verano."  

                                        RAINER MARIA RILKE


AL LADO DE LAS HUERTAS

Veintinueve de noviembre por la mañana.
Solo, en el viejo camino de las huertas,
a eso de las once.

El ladrido de algún perro, el sonido
de algún coche lejano, algunos pájaros.
Y el sol, pálido y vulnerable en el aire frío.

Entonces me detengo. Me paro de repente
y digo para mí: voy a pararme un poco,
sólo para saber que puedo pararme cuando quiera.

Voy a pararme aquí, al lado de las huertas,
durante unos minutos. Quiero mirar despacio esta luz
de noviembre, la luz de esta mañana soleada.

Quiero mirar esta luz y quedarme con ella,
por si en los días futuros nos faltara.
Por si la oscuridad llegara a hacerse
demasiado terrible en los días futuros.

                                    FERNANDO LUIS CHIVITE


 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Rainer Maria Rilke, Fernando Luis Chivite, Van Morrison

Publicado por elchicoanalogo @ 19:35  | Los lunes de Anay
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Y en esto estaban cuando nació el segundo hijo, al que dieron el nombre de Tiago.
Durante unos pocos años no hubo más mudanzas en la familia que la de los varios hijos que fueron naciendo, aparte de dos hijas, y de haber perdido los padres la última lozanía que les quedaba de su juventud. No era extraño en María, pues ya se sabe cómo son los embarazos, y más siendo tantos, acaban por agotar a una mujer, poco a poco se le van la belleza y el frescor, si los tenía, se marchitan tristemente la cara y el cuerpo, basta ver que después de Tiago nació Lisia, después de Lisia nació José, después de José nació Judas, después de Judas nació Simón, después Lidia, después Justo, después Samuel, y si alguno más vino, murió pronto, sin entrar en registro. Los hijos son la alegría de los padres, se dice, y María hacía lo posible para parecer contenta, pero, teniendo que cargar durante meses y meses en su cansado cuerpo con tantos frutos golosos de sus fuerzas, a veces anidaba en su alma una impaciencia, una indignación en busca de su causa, pero, siendo los tiempos así, no pensó siquiera en echarle las culpas a José, y menos aún a aquel Dios supremo que decide la vida y la muerte de sus criaturas, la prueba es que ni siquiera un pelo de nuestra cabeza cae sin que sea su voluntad que ocurra. José entendía poco de los comos y porqués de que se hagan hijos, es decir, tenía los rudimentos del práctico, empíricos, por así decir, pero era la propia lección social, el espectáculo del mundo, que reducía todos los enigmas a una sola evidencia, la de que uniéndose macho y hembra, conociéndola él a ella, resultaban bastante altas las probabilidades de generar dentro de la mujer un hijo, que al cabo de nueve meses, raramente siete, nacía completo. La simiente del varón, lanzada en el vientre de la mujer, llevaba consigo, en miniatura e invisible, a un nuevo ser elegido por Dios para proseguir el poblamiento del mundo que había creado, pero esto no ocurría siempre, la impenetrabilidad de los designios de Dios, si precisase demostración, la encontraría en el hecho de que no fuera condición suficiente aunque sí necesaria, para generar un hijo, el que la simiente del varón se derramara en el interior natural de la mujer.
José Saramago
El evangelio según Jesucristo (traducción de Basilio Losada. Seix Barral)


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S?bado, 13 de diciembre de 2014

Un pequeño pueblo costero, una mujer enérgica, malhumorada e inteligente, antigua maestra que ve cómo el mundo cambia a su alrededor y parece ser el centro de la vida de la comunidad, a veces de manera directa, a veces en un papel secundario y decisivo, un hombre afable y anodino que se pregunta por su matrimonio y sólo espera que las cosas sigan igual, un hijo que se distancia de sus padres y va a la deriva hasta que encuentra su lugar en un segundo matrimonio en apariencia caótico, los lugares donde se desarrollan pequeñas historias de amor, dolor o muerte, cafeterías, farmacias, hospitales, muelles, carreteras, las vidas marcadas por la soledad y la inercia, una pianista alcohólica que descubre que la vida es comprender algo demasiado tarde, un hombre que regresa al pueblo para arrojarse al mar y espera dentro del coche el momento crucial, una chiquilla famélica que se consume ante los demás, los chismorreos y rumores que abarcan tanto amores secretos como asesinatos.

Olive Kitteridge es un puñado de relatos sobre una mujer implacable e inteligente, las vidas efímeras de un pequeño pueblo, el paso del tiempo y comprender las cosas demasiado tarde. Strout pone a Olive Kitteridge en el centro de sus relatos, hace que cada uno de ellos orbite alrededor de ella, ya sea de manera principal o secundaria, una simple presencia pronunciada o un atraco en un hospital donde todo sale mal. Olive es maestra, está casada con Henry, tiene un hijo que no comprende, ve a distancia todo lo que pasa en su comunidad, a veces toma partido, a veces se queda al margen al no darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Su matrimonio se basa en la inercia, sus relaciones personales son extrañas, hay momentos donde tiene más afinidad con un antiguo alumno a punto de suicidarse que con su familia.

Strout describe una docena de vidas que parecen ir a la deriva, matrimonios fracasados, personas que se conforman con lo que tienen porque han perdido la iniciativa y la fuerza, hombres y mujeres que buscan desaparecer, seres que han visto pasar el tiempo sin sentirlo realmente y se encuentran en un lugar donde no esperaban encontrarse, la soledad y la distancia, los amores perdidos y los reencuentros, las vidas que se consumen como la llama de una vela. Strout escribe de manera sencilla y profunda sobre los cambios en Olive y el pueblo en el que vive, la rodea de historias y personajes secundarios que completan la imagen de la antigua maestra, construye un rompecabezas a su alrededor y lo compone de una cierta tristeza y pausa y asombro por las vidas sencillas que se truncan o salen a flote, del final de algo y las segundas oportunidades.





Cuando regresó a casa una tarde, miró en un cajón de viejas fotografías. Su madre, regordeta y sonriente, pero aun así amenazante. Su padre, alto, imperturbable; su silencio en vida parecía estar presente en la fotografía (él había sido el mayor misterio de todos, pensó ). Una fotografía de Henry cuando era pequeño. Con los ojos enormes y el pelo rizado, miraba al fotógrafo (¿su madre?) con temor y asombro infantiles. Otra fotografía suya en la Marina, alto y delgado, solo un crío, de hecho, esperando a que empezara la vida. «Te casarás con una bestia y la querrás», pensó Olive. «Tendrás un hijo y lo querrás. Serás amable hasta la saciedad con la gente cuando vaya a comprarte medicinas, alto con tu bata blanca. Terminarás tus días ciego y mudo en una silla de ruedas. Esa será tu vida».
Olive volvió a dejar la fotografía en el cajón y se fijó en una de Christopher, sacada cuando no tenía ni dos años. Había olvidado lo angelical que era, como criatura recién salida del huevo, como si aún no le hubiera crecido la piel y solo fuera luz y luminiscencia. «Te casarás con una bestia y ella te dejará», pensó Olive. «Te irás a vivir al otro extremo del país y le romperás el corazón a tu madre». Cerró el cajón. «Pero no apuñalarás a una mujer veintinueve veces».
Fue a la habitación de la ventana salediza y se tendió boca arriba en la cama. No, Christopher no apuñalaría a nadie. (Eso esperaba.) No estaba en sus castas. Ni en su bulbo, plantado en aquel suelo, suyo y de Henry, y de sus padres antes que ellos . Cerrando los ojos, pensó en la tierra, y en cosas verdes que crecían, y le vino a la mente el campo de fútbol que había junto al instituto. Recordó su época de profesora, cuando, en otoño, Henry dejaba a veces la farmacia para ir a ver los partidos de fútbol que jugaban allí. Christopher, que nunca había sido un niño físicamente agresivo, se pasaba la mayor parte de los partidos sentado en el banquillo con su uniforme, pero Olive sospechaba que no le importaba.
Había belleza en aquel aire otoñal, y en los jóvenes cuerpos sudados con las piernas embarradas, hombres fuertes que se arrojaban hacia delante para parar el balón con la frente; y la había en los aplausos cuando se marcaba un gol, en el portero postrándose de rodillas. Había días —eso lo recordaba— en que Henry la cogía de la mano cuando regresaban a casa, personas maduras, en la flor de la vida. ¿Habían sabido ser serenamente felices en esos momentos? Lo más probable era que no. En general, cuando vivían la vida, las personas no eran suficientemente conscientes de que la estaban viviendo. Pero ahora tenía ese recuerdo, de algo saludable y puro. Quizá fueran lo más puro que tenían, aquellos encuentros en el campo de fútbol, porque tenía otros recuerdos que no eran puros.
Elizabeth Strout
Olive Kitteridge (traducción de Rosa Pérez Pérez. Austral. El aleph)


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Jueves, 11 de diciembre de 2014

¿PREPARADA PARA REUNIRTE CON TU HACEDOR?

La semana pasada, leí en el Asbury Press un artículo que me produjo gran desazón. En cierto sentido, era la clase de noticia que solemos leer todas las mañanas y que después de causarnos impresión, aunque no muy honda, da paso al horror y nos deja mirando al cielo durante un largo momento, hasta que volvemos a una variedad de asuntos —cumpleaños de famosos, resultados de partidos, óbitos, nuevas ofertas inmobiliarias— que nos arrastran a nuevas preocupaciones, y a media mañana ya la hemos olvidado.
Pero, bajo el escueto titular de MUERTE EN LA ESCUELA DE ENFERMERÍA, el artículo describía en detalle una jornada normal en el departamento de enfermería de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de San Ysidro (campus de Paloma Playa), en el sur de Texas. Un estudiante de enfermería descontento (siempre son hombres) entró en la facultad por la puerta principal, y se dirigió al aula donde él debía de estar en esos momentos realizando un examen: filas de estudiantes con la cabeza inclinada, concentrados en la tarea. La profesora, Sandra McCurdy, estaba mirando por la ventana, pensando en quién sabe qué: en el pedicuro, en un día de pesca con su marido, con el que llevaba veintiún años casada, en su estado de salud. La asignatura, tal como de forma burda y nada sutil quiso el destino, se llamaba «Agonía y muerte: ética, estética y prolepsis»: algo sobre lo cual los enfermeros necesitan saber.
Don-Houston Clevinger, el estudiante descontento —un veterano de la Marina, padre de dos hijo —, ya había sacado malas notas en el primer semestre y probablemente no iba a aprobar el curso, con lo que quizás tendría que irse de vuelta a casa, a McAllen. El tal Clevinger entró en la silenciosa y solemne aula donde se llevaba a cabo el examen, y avanzó entre los pupitres hacia la parte delantera, donde la señora McCurdy, con los brazos cruzados, miraba abstraídamente por la ventana, tal vez sonriendo. Y alzando una Glock de nueve milímetros a unos veinte centímetros del centro del espacio que había entre sus ojos, le dijo:
—¿Preparada para reunirte con tu Hacedor?
A lo que la señora McCurdy, que tenía cuarenta y seis años, era una excelente profesora, jugaba estupendamente a la canasta y había sido enfermera de la Fuerza Aérea en la Tormenta del Desierto, contestó, guiñando sus ojos color de hierba doncella sólo dos veces:
—Sí. Creo que sí.
Con lo cual el tal Clevinger la mató de un tiro, se volvió despacio hacia los perplejos aspirantes a enfermeros y se metió un balazo más o menos en el mismo sitio.
Estaba sentado cuando empecé a leerlo: en mi acristalada sala de estar con vistas a las dunas cubiertas de hierba, a la playa y al soñoliento rumor del Atlántico. En realidad me sentía bastante contento de cómo iban las cosas. Eran las siete de la mañana del jueves anterior al Día de Acción de Gracias. A las diez tenía que firmar con un «cliente satisfecho» un contrato de compraventa aquí, en Sea-Clift, en la oficina de la inmobiliaria, después de lo cual el propietario y yo íbamos a celebrarlo con un almuerzo en Bump?s Eat-It-Raw. En lo que se refería a las preocupaciones por mi salud —sesenta semillas de yodo radiactivo recubiertas por cápsulas de titanio implantadas en determinados puntos de mi próstata en la Clínica Mayo—, todo parecía ir sobre ruedas (en marcha y funcionando). Mis planes para pasar un Día de Acción de Gracias más o menos en familia aún no habían empezado a ponerme nervioso (el estado de tensión no es bueno para la breve vida de las semillas de yodo). Y hacía seis meses que no tenía noticias de mi mujer, lo cual, dadas las circunstancias de su nueva y mi antigua vida, no podía sorprender a nadie, aunque no fuera ideal. En resumen, todas las formas en que la vida se manifiesta a los cincuenta y cinco afloraban como amapolas a mi alrededor.
Mi hija, Clarissa Bascombe, seguía durmiendo, y en la casa, desierta salvo por el habitual aroma del café y la agradable urdimbre de humedad, reinaba el silencio. Pero cuando leí la respuesta de la señora McCurdy a su asesino (seguro que él ni siquiera se habría planteado contestar a semejante pregunta), me levanté de un salto del sillón, con el corazón en un puño, un hormigueo en los dedos, las manos frías, el cuero cabelludo contraído sobre el cráneo como cuando un tren pasa muy cerca. Y alzando la voz, aunque nadie me oía, dije:
—¡La leche puta! ¿Y cómo coño estaba tan segura?
Por todas partes, en la zona central de esta franja costera (el Press es el periódico de lectura obligada en el litoral de Nueva Jersey), deben de haberse producido centenares de sacudidas semejantes con alarmas inaudibles sonando en otras tantas casas ante la súbita comprensión de las últimas palabras de la señora McCurdy: estallidos lejanos, retumbando con asombro y luego con ansiedad en el ámbito de lo sensible. Los elefantes presienten las fatales pisadas de los cazadores furtivos a cien kilómetros de distancia. Los gatos salen disparados del comedor cuando los comensales abren las ostras. Dale que dale, una y otra vez. Lo que no se ve existe y tiene propiedades.
¿Podría yo decir lo mismo? A eso era, desde luego, a lo que se reducía mi pregunta: la que todo el mundo se habría formulado, sombríamente, desde Highlands hasta Little Egg. No es una pregunta, reconozcámoslo, que la vida en los barrios residenciales nos plantee a menudo. Por aquí, en realidad, no suele pensarse en eso.
Y, sin embargo, es posible.
Enfrentado a la pregunta del señor Clevinger y un poco apurado de tiempo, estoy seguro de que habría empezado a elaborar en silencio la lista de todas las cosas que aún no he hecho: follarme a una estrella de cine, adoptar a dos gemelos vietnamitas huérfanos y mandarlos a estudiar a Williams, hacer la ruta de los Apalaches, llevar ayuda a una nación africana asolada por la sequía y la ignorancia, aprender alemán, ser nombrado embajador de un país al que nadie quiere ir. Votar a los republicanos. Habría pensado en si mi tarjeta de donante de órganos estaba firmada, si había actualizado la lista de portadores de mi féretro, si en mi necrológica se incluirían los últimos datos importantes; en otras palabras, si había transmitido mi mensaje como es debido. De manera que, con toda seguridad, lo que habría contestado al señor Clevinger mientras la brisa de otoño entraba revoloteando por las ventanas del luminoso edificio de Paloma Playa y las aspirantes a enfermeras contenían su dulce aliento a chicle en espera de mi respuesta, habría sido: «Pues no, mire usted. Me parece que no. Todavía no.» Con lo cual me habría pegado un tiro de todos modos, pero seguramente no se habría suicidado.
Cuando sólo había llegado a explorar hasta ese punto el triste y lóbrego interrogante, me di cuenta de que había perdido el interés habitual por mis actividades matinales: cincuenta abdominales, cuarenta flexiones, unos cuantos estiramientos de cuello, un tazón de cereales y fruta, un liberador interludio en el cuarto de baño; y de que aquella historia del desdichado final de la señora McCurdy me había creado la necesidad de aclararme las ideas con una brusca y tonificante zambullida en el piélago. Estábamos a 16 de noviembre, faltaba justo una semana para el Día de Acción de Gracias, y el Atlántico era una superficie lisa y bruñida, tan fría y en calma como el corazón de Neptuno. (Quien compra una casa frente al mar, al principio está convencido de que va a darse un bañito matinal todos los días del año, y de que, en consecuencia, su vida será más larga y feliz, y estará de mejor humor: la vieja víscera adquiriendo una nueva juventud cuando muchos sienten los primeros síntomas del infarto de miocardio. Sólo que no se notan.)
Pero todos somos capaces de conmovernos, con algo de suerte. Y yo me emocioné, gracias a la señora McCurdy. De modo que parecía necesario algún contacto con lo imprevisto y lo real. Y no es que —según descubrí mientras rebuscaba el bañador en el cajón, me lo ponía y salía descalzo por la puerta lateral a los escalones cubiertos de arena para sentir la fresca brisa de la playa—, no es que estuviera acobardado por aquella pequeña historia. La muerte y su insidiosa emboscada no me asustan demasiado. Ya no. Este verano, en Rochester, una ciudad de Minnesota como Dios manda, de pulcros jardines y césped impecable, superé la muerte con M mayúscula de manera rápida y oficial, de una vez por todas. Renuncié al Concepto Permanente. Tal como están ahora las cosas, no sobreviviré a la hipoteca —mi techo a veinticinco años—, puede que ni siquiera a mi coche. Ciertos genes de mi madre —genes de cáncer de mama activándose para producir genes de cáncer de próstata, que más adelante darán lugar a quién sabe qué— me habían dado finalmente caza. De manera que la apurada situación de los refugiados palestinos, la fluctuación con el euro, el agujero del casquete polar, el gran temblor en la zona de la Bahía, semejante al paso de una flota de Harleys, la presencia de metales pesados en la leche materna: todo eso parecía espantoso, pero resultaba francamente tolerable desde el punto de mira de mi telescopio.
Se trataba sencillamente de que, conmocionado como estaba, y con la semana siguiente llena de sorpresas y la habitual melancolía de las fiestas, necesitaba recordar que estaba vivo de una forma palpable. En las postreras semanas de este primer año del milenio, cuando me había puesto a mí mismo como propósito de Año nuevo/Siglo nuevo simplificar algunas cosas (si bien aún no había empezado a hacerlo), necesitaba estar en el sitio justo, llegar a donde la señora McCurdy se encontraba en el momento de su canto del cisne o al menos lo bastante cerca, de modo que si me enfrentaba con algo parecido a la pregunta que ella había afrontado, pudiera ofrecer una respuesta semejante a la suya.
Así que, descalzo, con la fresca brisa escociéndome en la desnuda espalda, el pecho y las piernas, subí el talud pisando con cuidado, crucé la hierba y llegué a la arena, sorprendentemente fría. La torre del socorrista, pintada de blanco, se erguía noblemente, aunque vacía, en el centro de la playa. Había marea baja, que dejaba al descubierto una arenosa llanura en declive, oscura, húmeda y reluciente. Habían partido el cartel de la playa para hacer leña, de modo que sólo se leía POR SU CUENTA Y RIESGO en mayúsculas rojas. A mediados de noviembre, Sea-Clift, en el centro del litoral de Nueva Jersey, puede ofrecer un paisaje y un tiempo de lo más espléndido. Cualquiera de los dos mil trescientos vecinos que vivimos aquí todo el año se lo puede decir. En todo momento se tiene la sensación de que aquí la gente disfruta de la vida, sale de paseo, se divierte. Sólo que ya no hay gente. Ha vuelto a Williamsport, Sparta y Demopolis. Únicamente los que pasan aquí el invierno envueltos en un aura de soledad, los que salen a correr, los que sacan al perro, el esmirriado del detector de metales —la mujer esperándolo en la furgoneta, leyendo a John Grisham—, ésos son los que están aquí. Y ni siquiera se los ve a las siete de la mañana.
De punta a punta, la playa estaba casi desierta. A muchas millas de la costa, un carguero de contenedores navegaba despacio por la línea recta del horizonte. Una cortina de agua que no llegaría a tierra colgaba sobre el luminoso cielo de levante. Me volví para echar una mirada de inspección a mi casa: toda ventanales, torretas, remates de cobre, una veleta en el tejado más alto. No quería que Clarissa se levantara de la cama y, después de estirarse y rascarse, lanzara una apreciativa mirada hacia el mar y se le ocurriera de pronto que su padre estaba solo, dispuesto a darse la postrera zambullida. Pero, afortunadamente, no vi que nadie estuviera observándome; sólo el primer sol de la mañana templando las ventanas, pintándolas de escarlata y oro vivo.
Aunque está claro lo que pensaba. ¿Cómo no iba a estarlo? En una mañana de noviembre no puede ir uno a darse un chapuzón rejuvenecedor, en pos de la realización personal, buscando el gusto de lo irrefutable, de lo que no puede matizarse, de la inevitabilidad de la naturaleza, y no sentir curiosidad por saber si se va de misión secreta. Secreta para uno mismo. ¿Verdad? Seguramente algunos —pensé, mientras el lánguido y sorprendentemente gélido Atlántico me iba subiendo despacio por los muslos, la arena lisa y cremosa bajo los pies, mis partes colgantes encogiéndose alarmadas—, sin duda algunos se dejan caer apaciblemente por la popa de la embarcación de recreo (como supuestamente hizo el poeta), o un atardecer nadan mar adentro hasta que la tierra parece un sueño a lo lejos. Pero quizás no digan: «Uy, vaya, maldita sea, fíjate. En menudo lío me he metido, ¿no?» Francamente, me gustaría saber qué coño dicen cuando se ven en la antesala de la muerte, las luces del barco que se aleja haciéndose borrosas, el agua más fría, más agitada de lo previsto. A lo mejor se llevan cierta sorpresa, ante lo definitivos que resultan de pronto los acontecimientos. Aunque para entonces, la información ya no les sirve de mucho.
Pero en el fondo no es una verdadera sorpresa. Y mientras me metía hasta la cintura y empezaba a tiritar frenéticamente, con un regusto de sal en los labios, comprendí que no me encontraba allí, justo al borde del continente, para poner en escena un mutis apresurado. No señor. Estaba ahí por la sencilla razón de que sabía que nunca habría contestado a la fatal pregunta de Don-Houston Clevinger de la forma en que lo había hecho Sandra McCurdy, porque aún quedaba algo que necesitaba saber y no sabía, algo que la conmoción del pesado lastre y la poderosa corriente del océano me decían que debía averiguar en su seno y cuyo descubrimiento podría hacerme feliz. Los estudiosos dirán que contestar sí a la grave pregunta de la muerte es lo mismo que contestar no, puesto que todo lo que parece diferente es en el fondo lo mismo: sólo nuestra necesidad separa el trigo de la paja. Aunque, desde luego, es su muerte en vida lo que los mueve a pensar así.
Pero al sentir que el mar subía y ya me estaba lamiendo el pecho, que me faltaba el aliento y empezaba a jadear —mis brazos resistiéndose a flotar por mucho que los extendiera—, supe que la muerte era algo distinto y que ahora necesitaba decirle que no. Y con esa certidumbre, la costa a mi espalda, el sol trayendo su esplendor al lento despertar del mundo, me zambullí al fin y nadé un buen trecho para sentirme vivo, antes de volver a tierra y a lo que me estuviera esperando allí.
Richard Ford
Acción de Gracias (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


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Martes, 09 de diciembre de 2014

(A veces escribo pequeñas biografías de los perros de la protectora, lo hago en primera persona para que sean los propios perros quienes cuenten sus historias y hablen de cómo llegaron al refugio y cómo son.  

Decía Mister Bones en Tombuctú que la felicidad canina era más que sentirse querido, también consistía en sentirse necesario. Hay historias que se repiten, abandonos, palizas, los años atados a una correa, perros rescatados que llegan con miedo y falta de confianza, el intento de una caricia o un pequeño paseo les aterra y  necesitan tiempo y cuidados para volver a confiar en los seres humanos, o perros que son juguetones y mimosos y son ellos quienes se acercan desde el primer instante. También se repiten las emociones, el miedo y la desconfianza de unos (que se diluye con el tiempo y mucho esfuerzo), la generosidad y la entrega de otros. Y todos y cada uno de ellos que buscan esa felicidad canina que ansiaba Mister Bones)

http://www.sosbilbao.org/

https://www.facebook.com/APASOSBilbao



Homer
Viví libre durante un par de años. Parece una vida idílica, lo sé, pero estaba solo y cualquier cosa me daba miedo. Nadie me enseñó cómo era el mundo que me rodeaba y no sabía la manera de descubrirlo por mí mismo. Estaba aterrorizado la mayor parte del tiempo. Cuando llegué al refugio supe que mi historia no era diferente a otras, que mis compañeros también vivieron solos y con miedo, que no se atrevían a confiar en los extraños. Éramos supervivientes y nos costaba sentirnos seguros. En el refugio soy curioso y husmeo raíces y rincones apartados como buen setter que soy, me llevo bien con los otros perros, no me gustan los enfrentamientos y estoy aprendiendo cosas nuevas, qué es una caricia o cómo pasear atado. Todavía conservo algo de miedo a las personas (estuve mucho tiempo solo) pero, aún así, quiero saber cómo es esa otra vida que hasta ahora me ha sido vedada, una vida de compañía, aprendizaje, caricias y juegos.  
http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/homer/

Jules
Dicen que soy un mil leches, tantas razas mezcladas que no saben cuál predomina sobre las demás. Me llevaron de cachorro a una casa extraña, viví un año sin que nadie me hiciese caso y yo me sentía solo y desubicado. Quería aprender (a saltar troncos caídos, a sentarme, a saber volver a casa) pero nadie quiso enseñarme hasta que llegué al refugio. Era invisible.
Soy un perro amigable y con inquietudes, me gusta husmear por ahí, correr, abrazar a quien se acerca a mí y aprender, sobre todo eso, me gusta aprender cosas nuevas porque me siento útil y visible.
http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/jules/


Río
Recuerdo cuando me recogieron en la calle. Estaba perdido en una carretera y tuvieron que parar el tráfico para rescatarme. Me atemorizaba el ruido y la velocidad de los coches, las manos que querían salvarme. Los primeros días en este refugio fueron difíciles, luego encontré amigos con los que jugar y husmear y compartir nuestros recuerdos más dolorosos. Los humanos me daban miedo y cuando se acercaban a pasearme o asearme o sólo querían acariciarme me encogía y me echaba al suelo. Pero insistieron y me susurraban palabras cariñosas y me acariciaban con mucho cuidado aunque estuviese asustado y tendido en el suelo y, poco a poco, muy poco a poco, comprendí que no querían hacerme daño. Ahora soy un setter animoso, me gustan los paseos largos y busco las caricias y los premios (¡me encantan los premios!), ya no me tiro al suelo y apenas tengo miedo, juego con perros y humanos y disfruto de cada cariño recibido. Me siento otro perro y quiero más, más juegos, más caricias, un hogar.
http://www.sosbilbao.org/adopta-perro/rio/


Pinta
Cuando miro por la ventana veo los bosques y los montes de los alrededores e imagino que corro hasta la línea del horizonte (a veces me pregunto qué habrá detrás de esa línea, si un valle, un mar o una llanura de tierra rojiza). Soy rápida, soy muy rápida, ¡y también ágil!, cuando corro me siento libre y fuerte y desaparecen los recuerdos de la perrera donde me encerraron antes de venir al norte, la opresión y la soledad que sentí en aquel cuchitril pequeño y sucio, cuando corro nada puede hacerme daño. Ahora paso los días con mis compañeros, jugamos y buscamos piñas entre las raíces húmedas de los árboles, salgo pasear por el camino de tierra y hojas secas mojadas que hay junto al refugio y me pregunto por todos esos mundos posibles que habrá tras el horizonte y si encontraré mi lugar en uno de ellos.
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Lunes, 08 de diciembre de 2014

"ven, he cortado fruta"

                       PABLO MIRAVET BERGÓN


LOS PLACERES DE LA POESÍA

Me gustas cuando mientes
porque arrojas
la palabra jamás
y la palabra nunca
como si siempre
me hubieras estado
esperando.

             ALFONSO BREZMES



 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 07 de diciembre de 2014

La primera vez que lo vi su estampa en blanco y negro me bendijo desde el estante de una librería de segunda mano. Casi caigo de rodillas. Bruce Chatwin, Los trazos de la canción: “¿Acaso nuestra necesidad de distraernos, nuestra manía por lo nuevo, era, en esencia, un impulso migratorio instintivo afín al que experimentan las aves en otoño?”. Pagué sin respirar y salí de allí prometiendo llevar al librero un exvoto en forma de pulmones.
La obra de Chatwin, que es sobre todo pictórica, encontró su equivalente en los cuadros de Eileen Gray, una artista exiliada afincada en París. Chatwin vio un cuadro de Gray cuando fue a su piso para escribir un artículo: Un mapa de la Patagonia. Ambos querían ir. “Yo ya soy demasiado vieja. Ve tú por mí”. Chatwin, sin duda, metió en su mochila una lata de sardinas y media botella de champán, y dijo que el libro sería un intento de dar una visión cubista de la región: describir lo que vea y oiga a su alrededor evitando escribir sobre lo que siente. Así nos descubre que los habitantes de la Patagonia no eran parte de una nación sino una colección de expatriados que se sentían más cómodos cuando estaban en el extranjero. Y otra vez: “¿Por qué deambulan los hombres en lugar de estarse quietos?”.
Chatwin murió, no sé si habiendo encontrado respuestas, en 1989 con 48 años y seis libros escritos. Lo que sí sabemos es que sus libretas de apuntes están llenas de aproximaciones: “Yo pienso que sería feliz en aquel lugar donde casualmente no me encuentro”. Eran palabras de Baudelaire. Me acuerdo ahora de George Sand: “¿Por qué viajar cuando no se está obligado a hacerlo?” Quizá la respuesta no sea más que aquellos versos de Marcel Wauters: “Alarga la mano a través de la pared / Más allá del país del tiempo hay arena”.
Isabel Bono
Ve tú por mí (Publicado en Manual de Uso nº14, marzo 2012)


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Viernes, 05 de diciembre de 2014

Hay algo diferente en Historias naturales a mis otras lecturas de Primo Levi. Aquí no hay relatos sobre los campos de concentración, el horror y la perversidad de la solución final nazi o el silencio y la mirada al otro lado de la población alemana, un silencio que ayudó a sobrepasar los límites de la infamia, aquí hay cuentos picarescos y aventureros, hay parodia y ciencia-ficción, hay extrañas máquinas que componen versos o replican humanos y centauros enamorados de mujeres, hay pastillas que cambian el dolor por placer y la búsqueda de la evolución última del ser humano, hay tiempo congelado y despertar un día al año y el debate sobre la creación del hombre y qué atributos debería tener y a qué animal tendría que parecerse. Levi aúna realidad y sueño, ciencia y creencia, locura, dolor y búsqueda.  Aunque no se mencione el lager, los kapos o Auschwitz, su presencia está bajo algunos cuentos donde se lleva el conocimiento humano hasta el límite, donde se busca una nueva criatura y extraños experimentos, cambiar dolor por placer y que la muerte sea algo querido, creer que los ángeles no son invención sino nuestro futuro evolucionado, crear una frontera que separe el ideal humano de la realidad.

En alguno de los cuentos de Historias naturales se repiten personajes e historias, el señor Simpson, representante de una marca americana de inventos estrafalarios, versificadores que componen poemas o copiadoras capaces de replicar diamantes, arañas o seres humamos, o un extraño aparato donde vivir una experiencia de realidad virtual y otro capaz de medir la belleza o la destreza para comunicarse con abejas y hormigas e intentar crear un mundo de trueque y beneficio para animales y humanos. En los cuentos protagonizados por el representante Simpson Levi anticipa la clonación o la realidad virtual, y lo hace con un tono a veces divertido, a veces asombrado y alerta ante los deseos humanos, la tecnología como nuevo modo de conquista y alienación, como forma de buscar al ser humano perfecto que desplace y elimine a los seres imperfectos.

Hay cuentos extraordinarios en Historias naturales, Los mnemagogos, o un científico que crea y captura olores que disparan un recuerdo, lugares, tiempos y personas evocados a través de un olor, El amigo del hombre, un filólogo que encuentra en las fotografías microscópicas de la tenía un ritmo en sus filamentos y descubre un lenguaje secreto donde la tenia habla consigo misma, con el cuerpo que habita y al que desea conocer, una especie de rezo a un creador mudo, el horror en Versamina, cambiar dolor por placer, los animales y humanos que se hieren y golpean hasta la muerte en busca del placer último, Mariposa angelical, buscar la evolución última de los humanos y creer que los ángeles son nuestro futuro, El sexto día, donde se debate sobre cómo crear al hombre y a partir de qué animal conocido, anatómicos, economistas, psicólogos que intentan realizar el encargo de dar vida al ser humano, Quaestio de Centauris, un centauro escindido entre su parte animal y su parte humana.

Historias naturales es un gran libro de cuentos, un Levi que se centra en la tecnología, la química y la biología, que habla de manera divertida a veces y asombrada otras sobre el futuro de la humanidad, que busca los mundos posibles que están por llegar. Tengo en mis estanterías Defecto de forma, será el próximo libro de relatos de Levi que lea.

 



Montesanto contaba muchas cosas. De su cruel iniciación profesional en los campos y las trincheras de la última guerra, de su tentativa de carrera universitaria, emprendida con entusiasmo, continuada con apatía  y abandonada entre una indiferencia por parte de los colegas que había quebrantado todas sus iniciativas, de su voluntario exilio en una conducta extraviada, en busca de algo demasiado indefinible para poder ser encontrado. Habló luego también de su actual condición de hombre solitario, extranjero en medio de una comunidad de gente irreflexiva, unos buenos y otros malos, pero irreparablemente lejanos para él; de la preponderancia definitiva del pasado sobre el presente, y del naufragio postrero de cualquier pasión, a excepción de la fe en la dignidad del pensamiento y en la supremacía del espíritu.

( … )

En ciertos lagos de México vive un animalejo de nombre imposible un poco parecido a la salamandra. Desde hace no sé cuántos millones de años vive allí tan tranquilo y como si nada, pero sin embargo es el titular y el responsable de una especie de escándalo biológico: porque se reproduce en estado de larva. Ahora bien, por lo que he oído decir éste es un asunto gravísimo, una herejía intorelable, un golpe bajo de la naturaleza en perjuicio de sus investigadores y legisladores. Total, que es como si un gusano, o mejor dicho, una oruga, una hembra quiero decir, se apareara con otro gusano, fuera fecundada y pusiese los huevos antes de convertirse en mariposa. Y de los huevos, como es natural, nacieran otras orugas. Y entonces, ¿para qué sirve llegar a mariposa? ¿Para qué sirve convertirse en «insecto redomado»? Se podría incluso prescindir de ello.
De hecho, el axolotl (así se llama el monstruito, se me había olvidado decirlo) prescinde de ello. Prescinde de ello casi siempre. Solamente un individuo entre cientos o miles, tal vez particularmente longevo, bastante tiempo después de haberse reproducido, se transforma en un animal diferente. No ponga esa cara, Smirnov, o si no diga algo usted. Cada uno se expresa como ouede y como sabe. -Hizo una pausa-. Neotenia, eso es, así es como se llama este lío, el de un animal que se reproduce en estado de larva.
Habían acabado de cenar y era hora de fumar unas pipas. Los nueve hombres se trasladaron a la terraza.
-Está bien, es todo muy interesante, pero no veo la relación que puede guardar... -dijo el francés.
-Estamos llegando. Queda todavía por decir que desde hace algunos decenios parece que ustedes -(y señaló con la mano hacia el sitio donde estaba Smirnov)- han conseguido meter la mano en estos fenómenos, dirigirlos en cierta manera. Parece que, si les suministran a los axolotl extractos hormonales...
-Extracto tiroideo -precisó Smirnov, de mala gana.
-Gracias. Extracto tiroideo; pues parece que entonces la mutación se produce siempre. Quiero decir antes de la muerte del animal. Ahora bien, esto es lo que a Leeb se le había metido en la cabeza. Que esta condición no es tan excepcional como parece; que otros animales, tal vez muchos, tal vez todos, tal vez incluso el hombre, guardan algo de reserva, una potencialidad, una ulterior capacidad de desarrollo. Que se encuentran, mucho más de lo que se puede imaginar, en estado de esbozos, de copias malas, que pueden convertirse en «otros», y que si no llegan a serlo es simplemente porque la muerte interviene antes. En una palabra, que también nosotros somos neotónicos.
-¿Sobre qué bases experimentales? -preguntó alguien en la oscuridad.
-Ninguna, o muy pocas. Entre los documentos hay un largo manuscrito suyo; una mezcla bien curiosa de observaciones agudas, divagaciones literarias y mitológicas, apuntes polémicos llenos de rencor, rastreras adulaciones a Personas Muy Importantes de la época. No me extraña que haya permanecido inédito. Hay un capítulo sobre la tercera dentición de los centenarios, que contiene también una curiosa casuística sobre calvos a quienes les ha vuelto a salir el pelo en edad muy tardía. Otro capítulo trata de la iconografía de los ángeles y los diablos, desde los sumerios a Melozzo da Fordi, pasando por Cimabue y Rouault; contiene un pasaje que me ha parecido fundamental, en el cual Leeb, a su modo al mismo tiempo apodíptico y confuso, pero con una insistencia maniática, formula la hipótesis de que..., bueno, de que los ángeles no son una invención fantástica, ni seres sobrenaturales, ni un sueño poético, sino que son nuestro futuro, aquello en que nos convertiremos o en que nos podríamos convertir, caso de que viviéramos lo bastante o nos sometiéramos a sus manipulaciones.
Primo Levi
Historias naturales (traducción de Carmen Martín Gaite. El aleph editores)


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Jueves, 04 de diciembre de 2014

No te apoyes en la tiniebla, ella vendrá
vendrá como un estallido de algodón, un pecho fustigado
que en silencio se quiebra en lo más recóndito de la habitación
donde ni siquiera los dientes brillan
No me avergüences porque creí
creí que nunca
perdería mis ojos en la tiniebla
Es más recia que la palabra no, más larga que todo
y no hay mar que pueda ahogarla
Pero la tiniebla, déjala, déjalo todo y vete, vete hasta que
encuentres su doble, el sol
La tiniebla es un caballo reventado
La lengua está seca de tanta sordera
Soñamos con corceles de nieve
Thomas Boberg
La tiniebla (en Portadoras de agua. Traducción de Renato Sandoval y Thomas Boberg)



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Mi?rcoles, 03 de diciembre de 2014

Una mujer desaparecida, garitos ilegales y callejones oscuros, un veterano de la segunda guerra mundial sin empleo y con una hipoteca que pagar y un encargo que le hace adentrarse en las alcantarillas de Los Angeles, un hombre negro que espera su oportunidad en un mundo de blancos y su sueño de conservar su casa, un lugar que llamar hogar, donde iniciar una vida nueva, cantantes de voz portentosa y mujeres misteriosas, hombres vestidos de blanco y con una mirada dura (de acero), gangsters que roban alcohol y asesinan a cuchillo y antiguos boxeadores que limpian la barra de mármol de su bar, un juego de apariencias, la mirada y los gestos justos, el cansancio por  un mundo sórdido y esperar el momento oportuno para golpear.

Easy Rowlins no es detective ni policía, sólo un hombre negro que combatió en la segunda guerra mundial, que cambió la violencia de Houston por la violencia de Los Angeles e intenta sobrevivir a los extraños tiempos de la posguerra y el racismo de un país blanco y que aspira a tener un hogar propio y poder conservarlo. Walter Mosley escribe un inicio que parece sacado de una leyenda o de un cuento mitológico, un hombre vestido completamente de blanco que aparece en un garito solitario, que encarga a Easy buscar a una mujer desaparecida, la tensión y la amenaza por algo que va a ocurrir, la sensación de algo violento que se va a desencadenar y no poder hacer nada por mantenerse alejado de todo ello.  

Rowlins sabe mirar, es inteligente, calla cuando debe y espera su oportunidad para encajar las piezas y devolver los golpes, tiene una voz que le avisa de lo que hay que hacer y lo calma o lo lanza hacia delante según  qué momento. La búsqueda de Daphne Monet, una mujer blanca que ha huido sin dejar huella, le lleva a garitos ilegales, coches de lujo, comisarias, a vérselas con hombres amenazantes (gangsters, políticos, empresarios ricos), a ver los entresijos de la gran ciudad y el poder, una pirámide dominada por unos pocos donde los de abajo, sin excepción, son piezas prescindibles. Rowlins se mete en el lodazal, cada paso que da le ayuda a descubrir los entresijos de un mundo corrupto.

En El demonio vestido de azul están los elementos habituales de la novela negra, el hombre duro y la mujer misteriosa, está una investigación que descubre la podredumbre de una ciudad y que llega a políticos y empresarios, están los asesinos y los contrabandistas, los bares escondidos tras la puerta de una tienda de comestibles y las pistas que destapan juegos de poder y muerte, están los golpes, los rompecabezas que parecen irresolubles y sacar a la superficie los rincones oscuros de la sociedad. Walter Mosley escribe de manera directa y sin artificios, párrafos cortos y la tensión en un continuo segundo plano, cruza la investigación de Rowlins con la mirada hacia la sociedad americana tras la segunda guerra mundial donde existe una violencia subterránea, los muertos en combate y los muertos en un callejón. El protagonista de Mosley no es un detective al uso sino un hombre perspicaz que intenta sobrevivir en un mundo extraño.





Me sorprendió ver a un hombre blanco entrar en el bar de Joppy. No sólo porque fuera blanco, sino porque llevaba un traje blanco grisáceo de lino, camisa blanca, panamá y zapatos color hueso con relampagueantes calcetines de seda blancos. Tenía la piel tersa y clara, sólo salpicada por algunas pecas. Por debajo del sombrero le asomaba un mechón de pelo rubio rojizo. Se detuvo en el umbral de la puerta, llenándolo con su imponente estructura física, e inspeccionó el local con sus ojos claros; eran de un color que yo nunca había visto en un hombre. Cuando me miró sentí un estremecimiento de miedo, pero se me pasó enseguida porque en 1948 ya me había acostumbrado a los blancos.
Yo había pasado cinco años con hombres y mujeres blancos, desde África hasta Italia pasando por París, y en mi propia patria. Comí con ellos y dormí con ellos, y maté bastantes jóvenes de ojos azules como para saber que tenían tanto miedo a morir como yo.
El blanco me sonrió, y luego avanzó hacia la barra, donde Joppy pasaba un trapo sucio por el mostrador de mármol. Se dieron la mano y se saludaron como viejos amigos.
La segunda cosa que me sorprendió fue ver que el hombre había puesto nervioso a Joppy. Joppy era un duro ex peso pesado que se sentía tan cómodo armando camorra en el ring como en la calle, pero agachó la cabeza y le sonrió a aquel blanco como un viajante de comercio atravesando una mala racha.

( … )

Estaba Alphonso Jenkins, con su camisa de seda negra y su peinado pompadour de treinta centímetros de alto. Y también Jockamo Johanas; llevaba un traje de lana marrón y zapatos azules brillantes. Skinny Rita Cook estaba con cinco hombres que daban vueltas cerca de su mesa. Jamás entendí cómo una mujer fea y flaca como ella atraía a tantos hombres. Una vez le pregunté cómo lo hacía y me respondió con su voz aguda y plañidera: «Bueno, ya sabes, Easy, sólo a la mitad de los hombres les interesa el aspecto de una chica. La mayoría de los hombres de color, como tú, buscan una mujer que los ame con tanta pasión que les haga olvidar lo difícil que les resulta vivir cada día.»
Vi que Frank Green estaba en la barra. Lo llamábamos Mano de Cuchillo porque era tan rápido para sacar el cuchillo que parecía que siempre tenía uno en la mano. Me mantuve lejos de Frank porque era un gángster. Robaba camiones de bebidas alcohólicas y cargamentos de cigarrillos en toda California, y también en Nevada. Todo se lo tomaba muy a pecho y siempre estaba listo para rajar a cualquiera que se le pusiera por delante.
Observé que Frank llevaba ropa oscura. En la línea comercial de Frank, eso significaba que estaba a punto de salir a trabajar: robar, o algo peor.
El salón estaba abarrotado, así que apenas había espacio para bailar, pero cerca de una docena de parejas se esforzaban entre las mesas.
Llevé las dos jarras de cerveza hasta la entrada y le di una a Junior. Una de las pocas maneras que conozco de poner contento a un campesino rústico es darle un poco de cerveza y dejarle contar unos cuantos cuentos. Así que me senté y me puse a beber mientras Junior me contaba los sucesos de la última semana en el local de John. Volvió a contarme la historia de Howard Green. Cuando lo hizo, agregó que Green había estado haciendo algunos trabajos ilegales para sus jefes y que, según pensaba Junior, «fueron ellos, los blancos, los que lo mataron».

( … )

Cuando me alisté estaba orgulloso porque creía lo que decían en los diarios y los noticiarios. Creía que yo formaba parte de la esperanza del mundo. Pero después descubrí que el ejército era tan segregacionista como el Sur. Me entrenaron como soldado de infantería, como combatiente, y me pusieron frente a una máquina de escribir los tres primeros años de mi campaña. Había atravesado África e Italia en la unidad de estadísticas. Seguíamos a los hombres que luchaban, rastreando sus movimientos y contando sus cabezas.
Yo estaba en una división de negros, aunque todos los oficiales superiores eran blancos. Me habían entrenado para matar hombres, pero los blancos no se mostraban ansiosos por ver un arma en mis manos. No querían verme derramar sangre blanca. Decían que nosotros no teníamos ni la disciplina ni la mente necesarias para la guerra, pero en realidad les asustaba que pudiera llegar a gustarnos la clase de libertad que proporciona el vérselas con la muerte
Si un negro quería luchar, tenía que presentarse voluntarlo. Entonces quizá llegaba a hacerlo.
Yo pensaba que los hombres que se ofrecían voluntariamente para combatir eran tontos.
—¿Por qué quiero morir en esta guerra de blancos? —decía.
Pero un día estaba en la cantina cuando llegó una compañía de soldados blancos, recién llegados de la batalla en las afueras de Roma. Hicieron un comentario sobre los soldados negros. Nos trataron de cobardes y dijeron que eran los muchachos blancos los que estaban salvando Europa. Yo sabía que estaban celosos porque nosotros permanecíamos detrás de las líneas, con buena comida y mujeres fáciles, pero de algún modo esas palabras me llegaron. Odié a aquellos soldados blancos y mi propia cobardía.
De modo que me presenté voluntario para la invasión de Normandía y después me uní a Patton en la batalla de las Árdenas. En aquel momento los aliados estaban tan desesperados que ni siquiera se permitían el lujo de segregar las tropas. En nuestro pelotón había blancos, negros, e incluso un grupo de estadounidenses-japoneses. Y nuestra mayor preocupación consistía en matar alemanes. Siempre surgían problemas entre las razas, especialmente cuando se trataba de mujeres, pero ahí aprendimos a respetarnos.
Nunca me preocupó que aquellos muchachos blancos me odiaran, pero estaba listo para pelear si no me respetaban.
Walter Mosley
El demonio vestido de azul (traducción de Rosa Corgatelli. Anagrama)


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Lunes, 01 de diciembre de 2014

El viento hace rodar a las hojas amarillas en la gran vía. Adecuo mi paso al de mi padre, más lento y pausado. Andamos en silencio, sólo algunas palabras sobre el tiempo tan extraño de noviembre. Pasamos junto a un marco en un cruce de calles, anuncia una exposición de artistas hiperrealistas. El marco está hueco, al otro lado se puede ver una farola negra, la terraza de un bar, un edificio de oficinas y el final de la calle. Entonces, mi padre me cuenta cómo dejó de fumar. Me pregunta si me acuerdo de cuando fumaba. Le respondo que sí, el farias después de la comida, los ducados en la terraza de casa o en el taller cuando arreglaba angazos o hacía pequeñas sillas de madera (también recuerdo las líneas blancas que salían de su nariz, la sensación de estar ante un dragón que acababa de despertar). Me habla de una operación de hace treinta años, de cómo los días anteriores apenas fumaba dos o tres cigarrillos, como si hubiera perdido el hábito o el gusto, de su último cigarrillo en la habitación del hospital, le dio un par de caladas y tiró el cigarrillo desde la ventana. Y desde entonces, dice. Me asombra su capacidad de renuncia. Cuando recuerda, mi padre fija la mirada en un punto indeterminado del horizonte (las arrugas en sus ojos y frente) y sonríe de manera pícara. Por un instante vuelvo a verle en la penumbra del taller de su padre, el humo de un cigarro y las motas de polvo y serrín entre un haz de luz amarillo, cuando aún no le temblaban las manos y sus gestos eran tranquilos y seguros.


Los lunes de Anay. Candiles...

"El humano alegrarse de estar vivo"
                                                
                           FRANCISCO DEL PUERTO ALMAZÁN


LA LUZ INSOMNE

Está la luz despierta,
sentada en una piedra
de millones de años,
esperando a que salgas
de ese túnel de sombras
en que estás atrapado.
Está la luz despierta
en mitad de la noche
aunque cierres los ojos
como si no existiera.

                      ALFREDO BUXÁN



 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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