S?bado, 03 de enero de 2015

(año nuevo) Aún no ha amanecido. Están el último frío de la noche, los coches helados, el vapor blanco de mi boca. Y el humo de una chimenea (se queda un instante entre las tejas rojizas de un caserío y desaparece en el oscuro cielo). Se escucha el zumbido de las torres eléctricas desde mi terraza. Apenas hay alguna ventana iluminada. Siento el frío en mi cara y dentro de la ropa, y dejo escapar una larga estela de mi boca (de niño jugábamos a fumar con el frío del invierno). Observo los montes en el horizonte, su silueta negra, el cielo que empieza a aclarar encima de las cumbres, la niebla que recorre una parte del valle. Hace un par de días salí al muelle y llegué hasta el faro, era por la tarde, el sol pausado de diciembre descendía entre los edificios e iluminaba la boya roja en el agua. Había una nueva inscripción en la pared del faro, hay un lugar más allá del horizonte. Busqué la línea blanca del mar, las luces del puerto y los pesqueros que salían del muelle, imaginé los lugares al otro lado del horizonte, los que son un reflejo de éste y los que forman otros mundos posibles.
Al entrar, las manos frías y la habitación que amplifica la primera luz del sol. Elijo un libro para empezar el año, miro a London, Coetzee y Claudio Rodríguez. Abro Generación X de Coupland, una fecha en la primera página, veinticuatro de noviembre del noventa y tres, y dos signos extraños, una p y una k mayúsculas que me recuerdan a signos japoneses. Recuerdo que compré el libro de Coupland en una feria de segunda mano, que encontré la misma marca, la p y la k, en medio centenar de libros, que pensé en llevarme uno de esos libros como recuerdo de otra biblioteca, de otro horizonte. Cuando cierre el libro, dentro de hora, me esperarán el sol entre los árboles, las campas blancas y la sal de las aceras. Y el frío que ralentiza la mañana.

(día de los inocentes) Es una vieja maleta oscura. Está bajo las mesas del rastrillo junto a bolsas de plástico, cajas de cartón y mochilas. En un par de horas la llenaremos con los libros que no vendamos. Estamos en una antigua fábrica de galletas, las paredes de ladrillos grises, los techos altos, el esqueleto verde del edificio, la tierra que sobresale entre los agujeros del cemento. Hay medio centenar de puestos en las diferentes naves, flechas dibujadas en cartones y paredes para señalar puestos y salidas y una cafetería bajo un cartel que pone Make it! y un viejo tándem. Hace frío y tratamos de calentar nuestras manos con vasos de café caliente. Paso los dedos de la mano derecha por los libros, La montaña mágica, Harry Potter y la piedra filosofal, Crónica de una muerte anunciada, la sonrisa al encontrar lecturas pasadas y recordar una sanatorio entre los montes o las tierras inhóspitas de Alaska. Entresaco Los rebeldes de Márai y lo aparto para mí. Me sorprende que esté nuevo, sin una lectura, y con la primera página arrancada, y pienso que ahí, en lo que falta, la hoja arrancada, la ausencia de dos o tres páginas dobladas, las arrugas de la tapa, alguna frase subrayada, hay una historia. Intento imaginar el ruido de odio, rabia o desprecio al ser arrancada la hoja (quedan pequeños fragmentos pegados al libro), me pregunto qué diría la dedicatoria que seguramente estaba en esa primera página, si habría una fecha significativa.
Sacamos la maleta bajo la mesa y metemos los libros que no hemos vendido. Apenas puedo moverla. Siento que arrastro pasados, que cargo con pequeños santuarios, con pistas de otras vidas. Una estala blanca sale mi boca y se evapora delante de mí.


(coda) Practicar un arte, y no importa lo malo que seas, es una manera de hacer crecer tu alma. Canta en la ducha. Baila la música de la radio. Cuenta un chiste. Escribe un poema a una amiga. Hazlo tan bien como seas capaz. Obtendrás una enorme recompensa: habrás creado algo. (Kurt Vonnegut)


Publicado por elchicoanalogo @ 6:30  | diapositivas
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