Martes, 06 de enero de 2015

a) Una ciudad, Orán, una población que se mueve por rutinas, el bullicio y el silencio, el amor pasional y el deseo pasajero, el orden y saber que existe otra cosa, las calles populosas, los suburbios pobres y el mar cercano. Una epidemia de peste que voltea la rutina de la ciudad, las primeras ratas muertas, la fiebre que aparece poco a poco y pronto contagiará a unos y otros, la peste que se inicia como algo secundario, que crece en importancia, que toma la vida de la ciudad y sus habitantes. El cierre de la ciudad, nada ni nadie puede entrar o salir, la improvisación de hospitales, el velo de los pacientes en su agonía, los experimentos con suero, la sensación de estar en medio de una batalla cruenta y saberse agotado y cerca de la derrota, las restricciones que afectan a  la vida en la calle y las relaciones personales, las ventanas cerradas y los intentos de huida, la creencia de un final cercano y los precios que suben y los habitantes que pasan por una montaña rusa de emociones, la calma, la esperanza, el miedo y las dudas, la negación y la desesperación.

b) El narrador, un hombre que prefiere conservar el anonimato para tomar distancia y hablar con la mayor objetividad posible sobre aquellos meses donde la peste cambió la faz de la ciudad y sus habitantes, que da la voz a los protagonistas de la epidemia, médicos, funcionarios, periodistas extranjeros, víctimas que se consumen por la enfermedad, su idea de contar lo que vivió a través de su experiencia, de cuadernos escritos durante la crisis, de cartas y confesiones, los cambios en la ciudad, el bullicio que se convierte en silencio y las ventanas cerradas de las casas, la lucha contra la epidemia, los resquicios por donde se mantiene la vida y algunos ecos del pasado.

e) El doctor Rieux, un hombre diligente y trabajador que lucha contra la peste, los días que pasan en visitas a casas, hospitales, la búsqueda de un suero, el agotamiento y ser el centro de una ciudad que se derrumba, el compromiso en la lucha y el agotamiento como rutina. Grand, un empleado gris que  escribe una y otra vez la primera frase de una novela, cientos de páginas en busca de la perfección, de dejar anonadados a editoriales y críticos, un lugar en la literatura, y que parece fuera de la ciudad. Cottard, alguien que quiere huir y que la epidemia le da la oportunidad de esconderse, de olvidar el pasado, de hacer nuevos negocios y vivir una plenitud desconocida. El periodista Rambert, un corresponsal que espera volver a su ciudad para no perder a la mujer que ama, que intenta salir de los muros de la ciudad y que ve cómo, tras meses de encierro, se borran los contornos de su amada y su amor y ambos se convierten en abstracción. Tarrou, que escribe notas y que con el paso del tiempo, dejan de ser un diario de la epidemia a reflexionar sobre los cambios en la ciudad, que ejercía de conciencia en la epidemia y buscaba una paz que parece esquivarle.

d) Los sermones del padre Paneloux, el primero donde recuerda a sus feligreses que han caído en desgracia, que Dios impone un castigo y que hay que estar agradecidos ante semejante prueba, un segundo sermón cuando la peste se cobra semanalmente cientos de vidas y están las dudas y la idea de luchar para sobrevivir, de no dejar a un dios silente el fin de la epidemia y las muertes. El silencio del creador en unas calles que languidecen, que primero esperan la curación y luego sólo siguen adelante hasta ver truncada su suerte.

e) La epidemia, que es abstracción y exilio, que es ausencia de futuro y lucha, que llega a todos y les obliga a decidir qué posición tomar, combatirla, sucumbir, huir, aprovecharse de la situación, ser un testigo lejano o llegar hasta el final, que está latente en cada uno de nosotros y puede pasarse años en silencio pero explotar en menos de un segundo.





Al cuarto día, las ratas empezaron a salir para morir en grupos. Desde las cavidades del subsuelo, desde las bodegas, desde las alcantarillas, subían en largas filas titubeantes para venir a tambalearse a la luz, girar sobre sí mismas y morir junto a los seres humanos. Por la noche, en los corredores y callejones se oían distintamente sus grititos de agonía. Por la mañana, en los suburbios, se las encontraba extendidas en el mismo arroyo con una pequeña flor de sangre en el hocico puntiagudo; unas, hinchadas y putrefactas, otras rígidas, con los bigotes todavía enhiestos. En la ciudad misma se las encontraba en pequeños montones en los descansillos o en los patios. Venían también a morir aisladamente en los salones administrativos, en los patios de las escuelas, en las terrazas de los cafés a veces. Nuestros conciudadanos, estupefactos, las descubrían en los lugares más frecuentados de la ciudad. Ensuciaban la plaza de armas, los bulevares, el paseo de Front-de-Mer. Limpiada de animales muertos al amanecer, la ciudad iba encontrándolos poco a poco cada vez más numerosos durante el día. En las aceras había sucedido a más de un paseante nocturno sentir bajo el pie la masa elástica de un cadáver aún reciente. Se hubiera dicho que la tierra misma donde estaban plantadas nuestras casas se purgaba así de su carga de humores, que dejaba subir a la superficie los forúnculos y linfas que la minaban interiormente. Puede imaginarse la estupefacción de nuestra pequeña ciudad, tan tranquila hasta entonces, y conmocionada en pocos días, como un hombre de buena salud cuya sangre empezase de pronto a revolverse.

( … )

Así pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio. Y el cronista está persuadido de que puede escribir aquí en nombre de todo lo que él mismo experimentó entonces, puesto que lo experimentó al mismo tiempo que otros muchos de nuestros conciudadanos. Pues era ciertamente un sentimiento de exilio aquel vacío que llevábamos dentro de nosotros, aquella emoción precisa; el deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, eran dos flechas abrasadoras en la memoria. Algunas veces nos abandonábamos a la imaginación y nos poníamos a esperar que sonara el timbre o que se oyera un paso familiar en la escalera y si en esos momentos llegábamos a olvidar que los trenes estaban inmovilizados, si nos arreglábamos para quedarnos en casa a la hora en que normalmente un viajero que viniera en el expreso de la tarde pudiera llegar a nuestro barrio, ciertamente este juego no podía durar. Al fin había siempre un momento en que nos dábamos cuenta de que los trenes no llegaban. Entonces comprendíamos que nuestra separación tenía que durar y que no nos quedaba más remedio que reconciliarnos con el tiempo. Entonces aceptábamos nuestra condición de prisioneros, quedábamos reducidos a nuestro pasado, y si algunos tenían la tentación de vivir en el futuro, tenían que renunciar muy pronto, al menos, en la medida de lo posible, sufriendo finalmente las heridas que la imaginación inflige a los que se confían a ella.

( … )

»Desde entonces no he cambiado. Hace mucho tiempo que tengo vergüenza, que me muero de vergüenza de haber sido, aunque desde lejos y aunque con buena voluntad, un asesino yo también. Con el tiempo me he dado cuenta de que incluso los que eran mejores que otros no podían abstenerse de matar o de dejar matar, porque está dentro de la lógica en que viven, y he comprendido que en este mundo no podemos hacer un movimiento sin exponernos a matar. Sí, sigo teniendo vergüenza, he llegado al convencimiento de que todos vivimos en la peste y he perdido la paz. Ahora la busco, intentando comprenderlos a todos y no ser enemigo mortal de nadie. Sé únicamente que hay que hacer todo lo que sea necesario para no ser un apestado y que sólo eso puede hacernos esperar la paz o una buena muerte a falta de ello. Eso es lo único que puede aliviar a los hombres y si no salvarlos, por lo menos hacerles el menor mal posible y a veces incluso un poco de bien. Por eso me he decidido a rechazar todo lo que, de cerca o de lejos, por buenas o por malas razones, haga morir o justifique que se haga morir.
»Por esto es por lo que no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted. Yo sé a ciencia cierta (sí, Rieux, yo lo sé todo en la vida, ya lo está usted viendo) que cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca. El hombre íntegro, el que no infecta a casi nadie es el que tiene el menor número posible de distracciones. ¡Y hace falta tal voluntad y tal tensión para no distraerse jamás! Sí, Rieux, cansa mucho ser un pestífero. Pero cansa más no serlo. Por eso hoy día todo el mundo parece cansado, porque todos se encuentran un poco pestíferos. Y por eso, sobre todo, los que quieren dejar de serlo llegan a un extremo tal de cansancio que nada podrá librarlos de él más que la muerte.
Albert Camus
La peste (traducción de Rosa Chacel. Edhasa)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:18  | Libros...
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