Viernes, 16 de enero de 2015

Mi madre se comportaba con el señor Agnón, cómo decirlo, igual que si anduviera de puntillas. Incluso cuando se sentaba allí, lo hacía como de puntillas. El señor Agnón apenas se dirigía a ella, se dirigía casi exclusivamente a mi padre, pero al dirigirse a mi padre parecía que su mirada se posaba en mi madre. Y precisamente en las escasas ocasiones en que se dirigía a ella, sus ojos se apartaban de ella y se volvían hacia mí. O hacia la ventana. O puede que no ocurriera de ese modo pero quedara grabado así en mi imaginación: es cierto que el recuerdo vivo, como las ondas en el agua y los escalofríos que recorren la piel de la gacela un momento antes de huir, llega de pronto y se agita de repente a varios ritmos y en varios focos antes de petrificarse, congelarse y convertirse en el recuerdo de un recuerdo.
En la primavera del año 1965, cuando apareció mi primer libro, Las tierras del chacal, se lo envié temblando a Agnón y escribí una nota en la primera página del libro. Agnón, que contestó con una bonita carta, me hizo un comentario sobre el libro y acabó la carta diciendo:



Lo que me has escrito sobre tu libro me ha traído a la memoria la cara de tu madre, que en paz descanse. Recuerdo que una vez, hace quince o dieciséis años, me trajo en nombre de tu padre uno de sus libros. Puede que tú estuvieras con ella. Al llegar se quedó en el umbral de la habitación y sus palabras fueron escasas. Pero su rostro, con ese encanto e inocencia, se me quedó grabado durante muchos años. Atentamente, S. Y. Agnón.


Mi padre, a quien Agnón pidió que le tradujera de la Enciclopedia polaca la voz bocetz para escribir Una ciudad y lo que hay en ella, hacía una mueca y calificaba a Agnón de «escritor diaspórico»: En sus libros no hay inspiración, decía mi padre, no hay visión trágica, no hay siquiera risa sana sino tan sólo sagacidad y sarcasmo. Y cuando hay en su obra alguna bella descripción, no deja quieta su pluma hasta que la hunde por completo en charcos de verborrea burlona y de ingenio galitziano. Creo que mi padre consideraba los relatos de Agnón como una extensión de la literatura yiddish, y no le gustaba la literatura yiddish: tenía un espíritu de contradicción típicamente lituano. Rechazaba siempre lo sobrenatural, lo mágico y el sentimentalismo exagerado, todo aquello que estuviese envuelto en brumas románticas o místicas y pudiese embotar los sentidos y privar de la razón.
Amos Oz
Una historia de amor y oscuridad (traducción de Raquel García Lozano. Círculo de lectores. Siruela)


Tags: Amos Oz, Raquel García Lozano, Siruela, Círculo de lectores

Comentarios