Domingo, 18 de enero de 2015

Decía John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance que si la leyenda superaba la realidad, había que publicar la leyenda. Morel se acerca a ese mito fordiano que preservar, una sombra indefinida, un hombre libre, un idealista que lucha por los elefantes, que inicia su aventura africana con una cartera y unas hojas donde recoger firmas para prohibir las cacerías y que acaba entre manadas de elefantes con un pequeño grupo de perdedores que encuentran en esa lucha un motivo de redención, una segunda oportunidad, un intento de hacer del mundo un lugar mejor. Forajido, solitario y peligroso, loco, superviviente y libre, Morel sorprende por sus férreos ideales, por su manera de luchar (sin miedo al fracaso, sin lamentos en las derrotas), por ser un romántico extraño y el último hombre libre y ver en los elefantes un símbolo de libertad y pureza, una imagen, la de las manadas libres de elefantes, que primero fue un distanciamiento de la realidad (cruel, dolorosa) y le ayudó a sobrevivir en los campos nazis, y que luego se convirtió en la única lucha posible.

Romain Gary inicia Las raíces del cielo con un par de hombres sentados en una fogata e intentando aclarar las dudas y la aventura de Morel y su grupo en favor de los elefantes, un intento de completar los espacios en blanco, de separar la leyenda de la realidad e intentar reconstruir los días pasados donde el mundo, asombrado, siguió las evoluciones de un solitario que intentaba salvar a los elefantes del ser humano. Un fuego, una conversación, los tiempos cruzados, las dudas, una historia que es leyenda o una leyenda que podría ser real, el inicio es volver a aquellos libros de Conrad sobre Kurtz o Jim, la escritura que se mueve entre la densidad, la repetición y la aventura, que dibuja personajes libres, ambiciosos, desesperados, manipuladores o perdidos en un paisaje abierto que propicia la libertad y el combate y que mantiene una huella prehistórica.

Gary construye una historia política y ecológica, habla de nacionalismos, fascismos y revoluciones, del miedo a la nueva era atómica y del lado oscuro del progreso, de una civilización que se aleja de la tierra y que se encierra en un futuro extraño, de los elefantes como imagen de libertad para unos y de principios arcaicos y desfasados para otros, de salvar a los elefantes como medio para preservar lo bueno que hay en el ser humano o de exterminar a los elefantes como medida para desterrar el pasado y construir una nueva política y una nueva tierra. Gary incide una y otra vez en la imagen de Morel (por momentos, Las raíces del cielo es repetitivo, las motivaciones de Morel expuestas una y otra vez), lo que piensan sus amigos, un loco romántico que quiere cambiar de especie, las dudas de sus enemigos, que creen ver en el francés un espía que intenta echar por tierra las revoluciones africanas, la encrucijada del propio Morel, que es un misántropo y un solitario y lucha por los elefantes y, a la vez, cree en el ser humano. Morel es visto como ángel y demonio, es usado por los nacionalistas para iniciar una revolución, un pelele al que engañar y despreciar, y por los periodistas para mostrar una aventura por la libertad, un refugio contra la nueva era atómica y el fin de la naturaleza.

Lo mejor de Las raíces del cielo es la aventura en sí, la escritura repetitiva, los saltos temporales, el cambio de punto de vista, las descripciones de un paisaje único, la morosidad en el avance de la acción, el romanticismo loco de Morel, las digresiones sobre política y ecología, los compañeros que luchan al lado de Morel, una alemana que sobrevivió al horror de la guerra, un oficial norteamericano caído en desgracia, un viejo naturalista danés que aún tiene fuerza para seguir luchando, un fotógrafo que sólo busca un reportaje y la mejor imagen y que se ve arrastrado por la vitalidad del grupo. Una de las ideas que se repite en las películas de John Ford es la gloria en la derrota. Gary hace de Morel un hombre que sigue adelante en su propósito, a pesar de las derrotas, inquebrantable en su idealismo.





-Debo decirle también que, mientras estaba prisionero, contraje una deuda con los elefantes que trato de pagar. Fue a un compañero mío a quien se le ocurrió la idea. Después de estar algunos días en una celda de castigo, un metro diez por un metro cincuenta, y sintiendo que estaba a punto de ahogarse entre aquellas cuatro paredes, empezó a pensar en las manadas de elefantes en libertad. Y todas las mañanas los alemanes le encontraban en plena forma, riéndose: se había vuelto inquebrantable. Cuando salió de la celda, nos contó su truco, y cada vez que no podíamos más en nuestra celda, nos imaginábamos a esos gigantes corriendo irresistiblemente a través de los grandes espacios abiertos de África. Exigía un considerable esfuerzo de imaginación, pero ese esfuerzo nos mantenía vivos. Cuando nos dejaban solos, medio muertos, apretábamos los dientes, sonreíamos y, con los ojos cerrados, seguíamos viendo a nuestros elefantes llevárselo todo por delante y sin que nada ni nadie pudiera detenerlos; casi oíamos la tierra temblando bajo las pisadas de esa prodigiosa libertad y el viento de alta mar nos llenaba los pulmones. Naturalmente, las autoridades del campo acabaron inquietándose: la moral de nuestro barracón era especialmente alta y moríamos menos. Nos apretaron las clavijas. Me acuerdo de un compañero, un tal Fluche, un parisino, que era mi vecino de cama. Por la noche era incapaz de moverse (su pulso había bajado a treinta y cinco), pero de vez en cuando nuestras miradas se cruzaban; yo distinguía en el fondo de sus ojos una chispa de alegría apenas perceptible y sabía que los elefantes estaban todavía allí, que él seguía viéndolos en el horizonte... Los guardias se preguntaban qué demonios nos pasaba. Y después, entre nosotros hubo uno que se fue de la lengua. Puede imaginarse lo que eso supuso. La idea de que en nosotros siguiera habiendo algo a lo que ellos no podían llegar, una ficción, un mito que no podían arrebatarnos y que nos ayudaba a resistir, los sacaba de sus casillas. ¡Y entonces empezaron a redoblar sus atenciones para con nosotros! Una noche, Fluche llegó arrastrándose al barracón y tuve que ayudarle a alcanzar su rincón. Se quedó tumbado durante un momento, con los ojos completamente abiertos, como si tratara de ver algo, y luego me dijo que ya no había nada que hacer, que ya no los veía, que ni siquiera creía que existieran. Hicimos todo lo que pudimos para ayudarle a resistir. Tenía que haber visto a la pandilla de esqueletos que éramos rodeándolo con frenesí, blandiendo el dedo hacia un horizonte imaginario, describiendo a esos gigantes a los que ninguna opresión, ninguna ideología, podrían expulsar de la tierra. Pero Fluche ya no conseguía creer en las maravillas de la naturaleza. Ni siquiera conseguía imaginar que tal libertad existiera en el mundo: que los hombres, al menos en África, fueran todavía capaces de tratar a la naturaleza con respeto. Sin embargo, hizo un esfuerzo. Volvió hacia mí su sucia cara y me guiñó un ojo. «Todavía me queda uno —murmuró—. Lo he escondido muy bien, muy al fondo, pero ya no podré ocuparme de él... Ya no me quedan... Llévatelo con los tuyos.» El pobre Fluche hacía un terrible esfuerzo para hablar, pero la chispa continuaba allí, dentro de sus ojos. «Llévatelo con los tuyos... Se llama Rodolfo. Es el ridículo nombre con el que yo le llamo... No quiero... Encárgate de él.» Pero me miró de una forma... «Vamos, anímate —le dije—. Me quedaré con tu Rodolfo, pero cuando te pongas bien te lo devolveré.» Pero yo tenía su mano en la mía y supe de inmediato que Rodolfo se quedaría conmigo para siempre. Desde entonces, lo llevo conmigo a todas partes. Ya lo ve, señorita, por eso estoy en África, eso es lo que yo defiendo. Y cuando un canalla mata un elefante en alguna parte, me entran tantas ganas de meterle una bala en sus partes que no puedo pegar ojo por las noches. Esa es la razón por la que también trato de obtener de las autoridades una medida muy modesta...

( … )

Lo que el progreso exige inexorablemente a los hombres y a los continentes es que renuncien a su singularidad, que rompan con el misterio, y la osamenta del último elefante forman parte de ese proceso... La especie humana ha entrado en conflicto con el espacio, la tierra e incluso con el aire que necesita para vivir. Las tierras cultivadas ganarán terreno poco a poco a los bosques y las carreteras invadirán cada vez más la quietud de las grandes manadas. Cada vez habrá menos espacio para las maravillas de la naturaleza. Lástima. Sonrió, apretó la pipa entre sus dedos y sintió con placer a su alrededor el aire frío, que hacía que aumentara el amistoso consuelo de ese poco calor que levaba en la mano; ese aire frío que tan bien armonizaba con las estrellas. De pronto recordó las palabras de Haas: «Cuando rezo lo único que pido es ir con ellos, al lugar donde ellos van, cuando muera», y se preguntó por un momento qué haría él sin su pipa.

( … )

No valía la pena defender esto o aquello por separado, los hombres o los perros, había que atacar el fondo del problema, es decir, la protección de la naturaleza. Se empieza diciendo que los elefantes son demasiados grandes, demasiado molestos, que tiran los postes de telégrafo, pisotean las cosechas y son un anacronismo, y al final se acaba diciendo lo mismo de la libertad. A la larga, la libertad y el hombre acaban por hacerse molestos... Así es como me puse a trabajar.
… Y Peer Qvist, que volviendo la mirada hacia la ventana abierta exclamó con un destello repentino en sus ojos claros:
-El Islam llama a eso «las raíces del cielo», y los indios de México, «el árbol de la vida». Y tanto a los unos como a los otros les lleva a postrarse de rodillas y a levantar los ojos golpeándose el pecho atormentado. Los obstinados como Morel tratan de escapar de esa necesidad de protección por medio de peticiones, comités de lucha y de sindicatos de defensa; tratan de arreglárselas ellos solos, de responder ellos mismos a su necesidad de justicia, de libertad, de amor, a esas raíces del cielo tan profundamente hundidas en el pecho...
Romain Gary
Las raíces del cielo (traducción de Mercedes Corral. Debolsillo)


Tags: Las raíces del cielo, Romain Gary, Mercedes Corral, Debolsillo

Publicado por elchicoanalogo @ 6:34  | Libros...
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Comentarios

A estas alturas de la tarde, no podría decir de qué modo he llegado aquí. Tan sólo que he leído tus posts uno tras otro y me encuentro totalmente fascinada. Hay tantos libros o fragmentos de ellos que me han cautivado que no puedo esperar a hacerme con ellos y leer más. Sólo puedo darte las gracias por haberlos encontrado y compartido de esta forma tan maravillosa. Me alegro muchísimo de haber encontrado este blog.

Publicado por Kai
Lunes, 30 de noviembre de 2015 | 21:16

Hola, Kai. Muchas gracias por tu comentario, me alegra que estas reseñas te hayan servido para nuevas lecturas. Por cierto, de Romain Gary, además de Las raíces del cielo, tiene una novela expcional: La vida ante sí. Un saludo y gracias por pasarte.

Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 03 de diciembre de 2015 | 15:46