Mi?rcoles, 21 de enero de 2015

Era un camino blanco y polvoriento.

Atravesaba las aldeas y los campos de maíz y trigo, y se empequeñecía cuando se desviaba hacia los montes, dos pequeños surcos en la oscuridad de los bosques, el ruido del viento y las copas dobladas de los árboles un misterio y una amenaza.

Llegábamos a un punto alto, los valles entre los montes, las ventanas iluminadas (hogueras en la noche), las bifurcaciones y los rastros perdidos, las siluetas de los árboles y el humo de las chimeneas sobre los tejados de pizarra, y el mundo era una verdad y una promesa.

Había un puente con troncos sobre el río que cruzábamos a la carrera por el vértigo y el miedo a caer, las ruinas de la escuela y el lavadero donde se escondían las lagartijas en verano, el ruido apagado de las ruedas de un molino sobre el agua, cuando el camino blanco se convertía en hierba alta y hojas aplastadas, y una casa abandonada de cristales rotos, de día una nave varada, de noche misas negras y sacrificios, y un viejo árbol centenario que era la frontera entre la aldea y lo desconocido, y un loco bueno que siguió a un zepelín hasta el final de la tierra y una loca buena, última habitante de una aldea, una figura negra y muda en la blancura del camino, y el temblor de las luciérnagas entre las zarzas que nos marcaba la vuelta a casa, y una ermita donde tumbarnos y ver el cielo moverse en una órbita extraña.

Y la vibración de los camiones madereros y los tractores, y su estela blanca que nos cegaba y nos ocultaba campos, casas, cielo.

Entonces, el camino se movía bajo nuestros pies y nos dirigía a nuestro futuro.


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