Mi?rcoles, 28 de enero de 2015

Una antigua cabaña familiar, un lago entre islas y pequeñas cordilleras, sendas abiertas y los recuerdos fragmentados de una infancia, los lugares inaccesibles y sin delimitar, bosques cerrados, lagunas arenosas, promontorios solitarios, una inmersión en la naturaleza, una búsqueda más allá del lenguaje y un mundo primigenio habitado por dioses, la desnudez última y retroceder a un tiempo donde no existía la palabra, olvidar lenguaje, gestos urbanos e ideas atávicas y alcanzar una soledad absoluta y una transformación animal. Resurgir como viaje al pasado, como revelación de una verdad que limita con la locura y lo ancestral, como formar parte de la naturaleza, una pieza más enraizada en la tierra, una mujer que huye del lenguaje que todo lo fragmenta, que consigue atisbar un mundo y un tiempo en extinción, que se mueve entre recuerdos falsos, la enajenación y un reflejo a veces deformado y a veces cercano a lo real.

Resurgir es una vida y un lenguaje en destrucción. Margaret Atwood coloca a su narradora en un viaje a su infancia y a la naturaleza pura, los lugares donde creció, los recuerdos fragmentados de catequesis, colegios, la frontera entre el hogar solitario y la ciudad (una frontera espacial y también temporal). La narradora vuelve a la cabaña familiar para buscar a su padre desaparecido, un viaje donde se deshará de la palabra y del pasado, donde para ser parte de la naturaleza tendrá que llegar a una verdad última y desnuda, donde dejará constancia de la desolación de las relaciones personales, el amor, la amistad, la familia, la confusión entre lo que es real y lo que forma parte de un mundo propio y simbólico y cercano a la locura.

Es extraña la frialdad de la narradora, repasa las emociones humanas y busca sentir algo, conectar una emoción a cada palabra, mientras observa una naturaleza pura (el observador es quien describe y limita lo observado). El viaje primero en coche y luego en barca al pasado, las pistas del padre desaparecido, las huellas de un mundo primitivo, la compañía de su novio y una pareja amiga y su separación gradual de ellos, la narradora que sólo les nombra a ellos, Joe, David, Anna, y que no tiene nombre para su familia o sus recuerdos, la palabra como ese observador que define el mundo que observa y el silencio como la única manera de dejar intacto el mundo circundante.

Atwood escribe una historia intimista y reflexiva, el ritmo lento y descriptivo, las ideas sobre la imposibilidad de acercarse al otro, sobre el papel otorgado a las mujeres en la sociedad, sobre las ideas ajenas que nos inculcan y hablan de dioses y emociones, el lenguaje que se corta a medida que avanza la historia y las palabras que se tornan metáforas en su búsqueda del centro de la naturaleza, en la separación entre el salvajismo y la violencia humanos y la muerte en la profundidad de los bosques, en la difusa línea entre realidad y locura. La forma de Resurgir es fría y densa (y aburrida a veces), por momentos parece el viaje de Conrad al corazón de las tinieblas, y hacia el final de la novela Atwood acorta los capítulos y escribe de manera cercana a la poesía simbólica para hablar de la regresión y el proceso de separación que hace la narradora del lenguaje y la humanidad, del derrumbe de las ideas preconcebidas, de encontrar dentro de nosotros un espacio y un tiempo anterior a la palabra.






Me agacho delante del fogón y abro la pequeña puerta del horno de leña para hacer las tostadas encima de las brasas. Ya no hay palabras groseras, se han neutralizado, ahora sólo forman parte del idioma; pero recuerdo la sensación de perplejidad y desconcierto cuando descubrí que unas palabras eran sucias y el resto eran limpias. En francés, las groseras procedían de la religión. Las peores en cualquier idioma eran las referentes a lo que más temía la gente, y en inglés era el cuerpo, les daba incluso más miedo que Dios. También podías exclamar Saaanto Dios, pero eso quería decir que estabas enfadado o asqueado. Me enteré de lo que era la religión como casi todos los niños de entonces se enteraban de lo que era el sexo, no en la calle sino en la gravilla y el cemento del patio de recreo, durante los meses de invierno cuando había colegio de verdad. Ellas se juntaban en grupos agarrándose las manos enfundadas en mitones y susurrando. Me aterrorizaron diciéndome que había un hombre muerto en el cielo mirando todo lo que yo hacía y me desquité explicando de dónde vienen los niños. Algunas de sus madres llamaron por teléfono a la mía para quejarse, aunque creo que yo me enfadé más que ellas: a mí no me habían creído, pero yo a ellas sí.

( … )

En cualquier caso, se aisló; podíamos haber vivido todo el año en la pequeña ciudad de la compañía, pero él nos dividió entre dos anonimatos, la ciudad y el campo. En la ciudad vivimos en una sucesión de apartamentos y en el campo eligió el lago más remoto que pudo encontrar; al nacer mi hermano ni siquiera llegaba una carretera hasta allí. Incluso en el pueblo había demasiada gente para su gusto, necesitaba una isla, un sitio donde pudiera recrear no la tranquila vida rural de su propio padre, sino la de los primeros hombres que llegaron aquí cuando no había nada más que bosque y ninguna ideología más que las que traían consigo. Cuando dicen libertad nunca se refieren a un valor absoluto, sino a estar libre de intromisiones.

( … )

Ni pistas ni datos, no sabía cuándo había ocurrido. Yo debía de estar bien entonces; pero después de eso me había dejado cortar en dos. Mujer serrada en una caja de madera, en traje de baño, sonriendo, un truco hecho con espejos, lo leí en un cómic; sólo que conmigo había habido un accidente y me había partido. La otra mitad, la que estaba encerrada, era la única capaz de vivir; yo era la mitad equivocada, desgajada, terminal. No era más que una cabeza, o no, algo menor, como un dedo cortado; insensible. En el colegio hacían una broma, traían unas cajitas con algodón dentro y un agujero debajo; metían el dedo por el agujero y fingían que era un dedo muerto.

( … )

Por la noche yo había necesitado salvamento; si se pudiera lograr hacer a mi cuerpo sentir, responder, moverse con suficiente fuerza, algunas de las sinapsis, rojas como bombillas, neuronas azules, moléculas incandescentes, podrían entrar en mi cabeza filtrándose a través de la garganta cerrada, la membrana del cuello. El placer y el dolor van juntos según dicen, pero la mayor parte del
cerebro es neutral; insensible, como grasa. Ensayé los sentimientos, nombrándolos: alegría, paz, culpa, alivio, amor y odio, reaccionar, relacionar; qué sentir era como qué ponerte, mirabas a los demás y memorizabas. Pero lo único que había era el miedo a no estar viva: un negativo, la diferencia entre la sombra de un alfiler y cómo es cuando te lo clavas en el brazo, en el colegio, enjaulada en el pupitre. Yo hacía eso, con plumillas y puntas de compás también, instrumentos de la sabiduría, el Inglés y la Geometría; han descubierto que las ratas prefieren cualquier sensación antes que ninguna. Los dorsos de mis brazos estaban punteados de pequeñas heridas, como los de un adicto. Me deslizaron la aguja dentro de la vena y me dejé ir cayendo, era como bucear, hundirse pasando de una capa de oscuridad a otra más profunda, profundísima; cuando ascendí atravesando la anestesia, verde claro y luego luz del sol, no recordaba nada.
Margaret Atwood
Resurgir (traducción de Gabriela Bustelo. Alianza editorial)


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Publicado por elchicoanalogo @ 13:56  | Libros...
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