Viernes, 30 de enero de 2015

«No me podía dormir «Yo tampoco.» Echados de bruces en el suelo para que no se nos viera desde las ventanas, fumábamos en silencio. Entre la piel y el pijama llevaba mi muñeco negro vestido de arlequín, estropeado y sucio, que nadie conocía. Me sacaba el caramelo de bajo el paladar, ensalivado y pegajoso, y lo tiraba. Mi boca olía a menta, y él decía: «¿Qué es lo que masticas, chicle o un caramelo?» Me avergonzaba cualquiera de las dos cosas, y contestaba: «Es la pasta de dientes, que huele así». Y seguíamos callados, fumando los Muratis de la tía Emilia. A veces él comentaba: ¡Cuándo acabará esto! ¿Quién crees tú que ganará la guerra? A mí me parece que los nuestros, porque son católicos y creen en Dios.” «No sé — decía yo—. No sé quién ganará, eso nunca se sabe.» A menudo él recordaba cosas: «Sabes, nosotros teníamos allí una casa muy bonita. Yo iba al colegio...». Hablaba de su tierra y de sus amigos, y yo le escuchaba sin entenderle bien. Pero me gustaba el tono de su voz. Miraba hacia los arcos y el cielo, y pensaba: «Mauricia». (El huerto, la casa de mi padre, el bosque y el río, con sus álamos. ¡El río, con sus remansos verdes y quietos, como grandes ojos de la tierra!) Estábamos tan indefensos, tan obligados, tan —oh, sí— tan lejanos a ellos: al retrato del tío Álvaro, a los Taronjí, al recuerdo de mi padre, a Antonia, al Chino... Qué extranjera raza la de los adultos, la de los hombres y las mujeres. Qué extranjeros y absurdos, nosotros. Qué fuera del mundo y hasta del tiempo. Ya no éramos niños. De pronto ya no sabíamos lo que éramos. Y así, sin saber por qué, de bruces en el suelo, no nos atrevíamos a acercarnos el uno al otro. Él ponía su mano encima de la mía y sólo nuestras cabezas se tocaban. A veces notaba sus rizos en la frente, o la punta fría de su nariz. Y él decía, entre bocanadas de humo: «¡Cuándo acabará todo esto...!»
Ana María Matute
Primera memoria (Círculo de lectores. Destino)


Tags: Primera memoria, Ana María Matute, Círculo de lectores, Destino

Mi?rcoles, 28 de enero de 2015

Una antigua cabaña familiar, un lago entre islas y pequeñas cordilleras, sendas abiertas y los recuerdos fragmentados de una infancia, los lugares inaccesibles y sin delimitar, bosques cerrados, lagunas arenosas, promontorios solitarios, una inmersión en la naturaleza, una búsqueda más allá del lenguaje y un mundo primigenio habitado por dioses, la desnudez última y retroceder a un tiempo donde no existía la palabra, olvidar lenguaje, gestos urbanos e ideas atávicas y alcanzar una soledad absoluta y una transformación animal. Resurgir como viaje al pasado, como revelación de una verdad que limita con la locura y lo ancestral, como formar parte de la naturaleza, una pieza más enraizada en la tierra, una mujer que huye del lenguaje que todo lo fragmenta, que consigue atisbar un mundo y un tiempo en extinción, que se mueve entre recuerdos falsos, la enajenación y un reflejo a veces deformado y a veces cercano a lo real.

Resurgir es una vida y un lenguaje en destrucción. Margaret Atwood coloca a su narradora en un viaje a su infancia y a la naturaleza pura, los lugares donde creció, los recuerdos fragmentados de catequesis, colegios, la frontera entre el hogar solitario y la ciudad (una frontera espacial y también temporal). La narradora vuelve a la cabaña familiar para buscar a su padre desaparecido, un viaje donde se deshará de la palabra y del pasado, donde para ser parte de la naturaleza tendrá que llegar a una verdad última y desnuda, donde dejará constancia de la desolación de las relaciones personales, el amor, la amistad, la familia, la confusión entre lo que es real y lo que forma parte de un mundo propio y simbólico y cercano a la locura.

Es extraña la frialdad de la narradora, repasa las emociones humanas y busca sentir algo, conectar una emoción a cada palabra, mientras observa una naturaleza pura (el observador es quien describe y limita lo observado). El viaje primero en coche y luego en barca al pasado, las pistas del padre desaparecido, las huellas de un mundo primitivo, la compañía de su novio y una pareja amiga y su separación gradual de ellos, la narradora que sólo les nombra a ellos, Joe, David, Anna, y que no tiene nombre para su familia o sus recuerdos, la palabra como ese observador que define el mundo que observa y el silencio como la única manera de dejar intacto el mundo circundante.

Atwood escribe una historia intimista y reflexiva, el ritmo lento y descriptivo, las ideas sobre la imposibilidad de acercarse al otro, sobre el papel otorgado a las mujeres en la sociedad, sobre las ideas ajenas que nos inculcan y hablan de dioses y emociones, el lenguaje que se corta a medida que avanza la historia y las palabras que se tornan metáforas en su búsqueda del centro de la naturaleza, en la separación entre el salvajismo y la violencia humanos y la muerte en la profundidad de los bosques, en la difusa línea entre realidad y locura. La forma de Resurgir es fría y densa (y aburrida a veces), por momentos parece el viaje de Conrad al corazón de las tinieblas, y hacia el final de la novela Atwood acorta los capítulos y escribe de manera cercana a la poesía simbólica para hablar de la regresión y el proceso de separación que hace la narradora del lenguaje y la humanidad, del derrumbe de las ideas preconcebidas, de encontrar dentro de nosotros un espacio y un tiempo anterior a la palabra.






Me agacho delante del fogón y abro la pequeña puerta del horno de leña para hacer las tostadas encima de las brasas. Ya no hay palabras groseras, se han neutralizado, ahora sólo forman parte del idioma; pero recuerdo la sensación de perplejidad y desconcierto cuando descubrí que unas palabras eran sucias y el resto eran limpias. En francés, las groseras procedían de la religión. Las peores en cualquier idioma eran las referentes a lo que más temía la gente, y en inglés era el cuerpo, les daba incluso más miedo que Dios. También podías exclamar Saaanto Dios, pero eso quería decir que estabas enfadado o asqueado. Me enteré de lo que era la religión como casi todos los niños de entonces se enteraban de lo que era el sexo, no en la calle sino en la gravilla y el cemento del patio de recreo, durante los meses de invierno cuando había colegio de verdad. Ellas se juntaban en grupos agarrándose las manos enfundadas en mitones y susurrando. Me aterrorizaron diciéndome que había un hombre muerto en el cielo mirando todo lo que yo hacía y me desquité explicando de dónde vienen los niños. Algunas de sus madres llamaron por teléfono a la mía para quejarse, aunque creo que yo me enfadé más que ellas: a mí no me habían creído, pero yo a ellas sí.

( … )

En cualquier caso, se aisló; podíamos haber vivido todo el año en la pequeña ciudad de la compañía, pero él nos dividió entre dos anonimatos, la ciudad y el campo. En la ciudad vivimos en una sucesión de apartamentos y en el campo eligió el lago más remoto que pudo encontrar; al nacer mi hermano ni siquiera llegaba una carretera hasta allí. Incluso en el pueblo había demasiada gente para su gusto, necesitaba una isla, un sitio donde pudiera recrear no la tranquila vida rural de su propio padre, sino la de los primeros hombres que llegaron aquí cuando no había nada más que bosque y ninguna ideología más que las que traían consigo. Cuando dicen libertad nunca se refieren a un valor absoluto, sino a estar libre de intromisiones.

( … )

Ni pistas ni datos, no sabía cuándo había ocurrido. Yo debía de estar bien entonces; pero después de eso me había dejado cortar en dos. Mujer serrada en una caja de madera, en traje de baño, sonriendo, un truco hecho con espejos, lo leí en un cómic; sólo que conmigo había habido un accidente y me había partido. La otra mitad, la que estaba encerrada, era la única capaz de vivir; yo era la mitad equivocada, desgajada, terminal. No era más que una cabeza, o no, algo menor, como un dedo cortado; insensible. En el colegio hacían una broma, traían unas cajitas con algodón dentro y un agujero debajo; metían el dedo por el agujero y fingían que era un dedo muerto.

( … )

Por la noche yo había necesitado salvamento; si se pudiera lograr hacer a mi cuerpo sentir, responder, moverse con suficiente fuerza, algunas de las sinapsis, rojas como bombillas, neuronas azules, moléculas incandescentes, podrían entrar en mi cabeza filtrándose a través de la garganta cerrada, la membrana del cuello. El placer y el dolor van juntos según dicen, pero la mayor parte del
cerebro es neutral; insensible, como grasa. Ensayé los sentimientos, nombrándolos: alegría, paz, culpa, alivio, amor y odio, reaccionar, relacionar; qué sentir era como qué ponerte, mirabas a los demás y memorizabas. Pero lo único que había era el miedo a no estar viva: un negativo, la diferencia entre la sombra de un alfiler y cómo es cuando te lo clavas en el brazo, en el colegio, enjaulada en el pupitre. Yo hacía eso, con plumillas y puntas de compás también, instrumentos de la sabiduría, el Inglés y la Geometría; han descubierto que las ratas prefieren cualquier sensación antes que ninguna. Los dorsos de mis brazos estaban punteados de pequeñas heridas, como los de un adicto. Me deslizaron la aguja dentro de la vena y me dejé ir cayendo, era como bucear, hundirse pasando de una capa de oscuridad a otra más profunda, profundísima; cuando ascendí atravesando la anestesia, verde claro y luego luz del sol, no recordaba nada.
Margaret Atwood
Resurgir (traducción de Gabriela Bustelo. Alianza editorial)


Tags: Resurgir, Margaret Atwood, Gabriela Bustelo, Alianza editorial

Publicado por elchicoanalogo @ 13:56  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 26 de enero de 2015

"Y acontezco en tu nombre desde la desmemoria
insistiendo,
insistiendo"
                  Federico Gallego Ripoll



POESÍA

Como lo fuera para Sísifo
la vida para mí es esta roca.
La cargo y la subo a lo más alto.
Cuando cae, regreso a buscarla,
la tomo entre mis brazos
y la subo de nuevo.
Es una forma de esperanza.
Pienso cuánto más triste habría sido
si no hubiera podido subir nunca una roca
sin más motivo que el amor.
Llevarla por amor a lo más alto.

                                        JOAN MARGARIT




 
...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Federico Gallego Ripoll, Joan Margarit, Marc Almond, Gene Pitney

Publicado por elchicoanalogo @ 21:43  | Los lunes de Anay
Comentarios (0)  | Enviar
S?bado, 24 de enero de 2015

Mi padre no era un hombre dotado de talentos especiales. Si un padre modelo puede reparar un cortacésped, instalar correctamente un saco de boxeo, ofrecerte sugerencias para tu proyecto científico o consejo para obtener el certificado de socorrista, ayudarte en tus deberes escolares de matemáticas, armar una bicicleta nueva o cambiar la mosquitera de la puerta del patio, el mío no era un padre modelo.
En mi primer recuerdo de Navidad estoy acostado en mi cama, ya avanzada la noche, y oigo a mi padre —ayudado por mi madre— intentando armar un pequeño tambor militar que yo había pedido a Santa Claus. El trabajo se prolongó durante horas en el salón. Todavía me parece oír el ruido de las cuerdas sueltas del fondo del tambor cuando mi padre trataba de estirarlas, el crujir de los tornillos de metal que tensaban la piel mientras mi madre susurraba sus consejos y mi padre gruñía y mascullaba con escasa paciencia. Hoy —cincuenta años después— todavía veo la línea de luz amarilla debajo de la puerta de mi dormitorio mientras la noche se consumía y yo esperaba, silencioso y ansioso.
Por la mañana, nada se había solucionado. Los tres permanecíamos de pie junto al alegre brillo del árbol de Navidad y contemplábamos el divertido aspecto del tambor de madera, con su piel sujeta por un solo lado y sin ningún tornillo. Contra el tambor inacabado había apoyados dos palillos de madera y dos cepillos retráctiles de metal, que mi madre había atado con lazos de satén rojo. Sencillamente, a Santa Claus le había faltado tiempo. Después de todo, había otros niños y niñas a los que tenía que visitar.
Otro recuerdo se refiere a un saco de boxeo, cuyo soporte negro de metal mi padre clavó en la irregular pared del cuarto de planchar pero no sujetó con pernos. El barato saco marrón, bien inflado, colgaba del gancho en forma de S que lo acompañaba. Al primer golpe recio que di al saco, el artilugio entero se vino abajo. Volvimos a colgarlo, volví a pegarle y volvió a caerse. Lo único que al parecer podía mantenerlo colgado era no pegarle nunca más. Así estaba muy bien. Cuando mi padre murió y nos mudamos, el saco seguía allí, en la pared, sin que nadie le pegara nunca, pero presentable.
Sin embargo, lo más triste fue lo del árbol de Navidad. (Muchos de esos pequeños fracasos tuvieron lugar en Navidad. La Navidad es capaz de convertir cualquier cosa en una desgracia.) Mi padre y yo fuimos al bosque en busca de un árbol. El lugar escogido era Natchez Trace. Cuando llevábamos un rato caminado, yo con mi hacha de boyscout, descubrí el árbol que me gustaba: un cedro bien crecido y hermoso, que mi padre consideró demasiado grande, demasiado alto para entrar en nuestra casa. Pero yo sabía que no lo era. Tras discutir la cuestión, me impuse y rápidamente derribé el árbol.
Pero cuando lo llevamos a casa en el coche y lo metimos en el salón, resultó que, efectivamente, éste era demasiado pequeño, demasiado bajo, pues nuestra casa era una típica construcción de la periferia de color pastel con seis habitaciones. Hubo que doblar la punta que yo me había imaginado como soporte de la estrella de los Reyes Magos para que cupiera. Ante eso, mi padre se enfadó repentinamente y de manera casi inusual dijo, más o menos, que un árbol es algo vivo y que nosotros lo habíamos matado. Eso lo frustró. Arrastrándolo por la casa, llevó el gran árbol hasta el garaje y allí, con una sierra, cortó la punta, no la base del árbol. Era su manera de acortarlo, la manera más simple de hacerlo, pero no la mejor. «Ya no sirve», dije, conmovido ante el árbol mutilado y su preciosa punta en el suelo, separada del resto. «Lo has destrozado.» «No, no lo he destrozado, está muy bien», respondió mi padre con seriedad, y bajó la mirada; hoy sé que sabía lo que había hecho. «Llevémoslo otra vez adentro.»
«No, lo has destrozado», dije furioso. «Le has cortado la punta. Es horrible. Ya no es un árbol de Navidad.» Y, antes de que él pudiera recuperarlo se lo arrebaté cogiéndolo por su base, irregular, resinosa y pegajosa, lo levanté del suave suelo del garaje y se lo arrojé. Lo golpeé con el árbol. Golpeé a mi padre con nuestro árbol de Navidad en pleno rostro.
Mi padre y yo teníamos muchísimas cosas en común, sin duda. Pero, a veces —como me ocurrió aquel día—, no hacíamos un correcto uso de nuestro juicio. Nos precipitábamos. Nos faltaba el don de la previsión y la prudencia. Y eso siempre, como seguramente ocurrió ese día, nos pasaba factura.
No todas las familias felices se parecen, por supuesto. Todas son diferentes. La ausencia de capacidad para imponerse, o incluso de habilidad para las cosas cotidianas, era, en mi padre, no un defecto, no un verdadero fallo, sino un insignificante descuido en la complicada manufactura divina, que no me impedía amarlo.
Mi padre fue viajante de comercio durante treinta años. La mayor parte del tiempo estaba ausente de nuestras vidas —la mía y la de mi madre—, trabajando, algo que hacía bien, sin duda. A veces pienso que ya no hay hombres como él, hombres de tiempos de vacas flacas, la Depresión. Sólo sabía hacer bien una cosa, nunca fue demasiado ambicioso, se casó por amor y para siempre, creó una familia, se mantuvo a flote. Tuvo una vida feliz, también. No cabe ninguna duda.
Una vez, cuando yo tenía diez años y todavía vivíamos en nuestra primera casa, en Congress Street, en Jackson, mi padre me compró una bicicleta. Yo la había pedido. Cuando la trajo a casa estaba embalada en una gran caja rectangular de cartón con la marca Schwinn. Estaba todo junto: era una cosa grande, pesada, roja y plateada, cromada, con las ruedas infladas, guardabarros y un timbre a pilas, todo con la intención de que se pareciera lo máximo posible a un sedán de cuatro puertas. Nunca volví a ver una expresión más feliz en la cara de mi padre que el serio ceño de aprobatoria satisfacción que puso ante aquella bicicleta, inclinada sobre su soporte, completamente armada por alguien que debía de estar al tanto de nuestros problemas. Cuando terminé mi primera vuelta en bicicleta por la parte de atrás de la casa, mi padre la montó a su vez, con su traje de trabajo, su sombrero y un par de gruesos zapatos marrones que usaba en la calle. Dio una vuelta, y otra y otra —un hombre voluminoso, de cincuenta años, nacido en 1904, montando una bicicleta de niño—, hasta que mi madre, refiriéndose a él, dijo que pensaba que nunca me permitiría volver a montarla, tanto era el placer que parecía extraer de aquel momento (o que le parecía a ella, quien, de todas maneras, también lo amaba).
Richard Ford
Un padre y una bicicleta (en Flores en las grietas. Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Anagrama)


Tags: Richard Ford, Un padre y una bicicleta, Flores en las grietas, Marco Aurelio Galmarini, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 6:35  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Mi?rcoles, 21 de enero de 2015

Era un camino blanco y polvoriento.

Atravesaba las aldeas y los campos de maíz y trigo, y se empequeñecía cuando se desviaba hacia los montes, dos pequeños surcos en la oscuridad de los bosques, el ruido del viento y las copas dobladas de los árboles un misterio y una amenaza.

Llegábamos a un punto alto, los valles entre los montes, las ventanas iluminadas (hogueras en la noche), las bifurcaciones y los rastros perdidos, las siluetas de los árboles y el humo de las chimeneas sobre los tejados de pizarra, y el mundo era una verdad y una promesa.

Había un puente con troncos sobre el río que cruzábamos a la carrera por el vértigo y el miedo a caer, las ruinas de la escuela y el lavadero donde se escondían las lagartijas en verano, el ruido apagado de las ruedas de un molino sobre el agua, cuando el camino blanco se convertía en hierba alta y hojas aplastadas, y una casa abandonada de cristales rotos, de día una nave varada, de noche misas negras y sacrificios, y un viejo árbol centenario que era la frontera entre la aldea y lo desconocido, y un loco bueno que siguió a un zepelín hasta el final de la tierra y una loca buena, última habitante de una aldea, una figura negra y muda en la blancura del camino, y el temblor de las luciérnagas entre las zarzas que nos marcaba la vuelta a casa, y una ermita donde tumbarnos y ver el cielo moverse en una órbita extraña.

Y la vibración de los camiones madereros y los tractores, y su estela blanca que nos cegaba y nos ocultaba campos, casas, cielo.

Entonces, el camino se movía bajo nuestros pies y nos dirigía a nuestro futuro.


Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 19 de enero de 2015

"La prisión,
 La prisión viva."

                  LUIS CERNUDA


   TE QUIERO A LAS DIEZ DE LA MAÑANA, y a las once, y a las
doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi
cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la
tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros
dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las
diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente,
con la  mitad del odio que guardo para mí.

   Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento
que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu
rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y
que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya
mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro,
y los dos desaparecemos un instante, nos metemos
en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre
o sueño.

   Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y
hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que
me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los
hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable
que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves.
¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

                                                           JAIME SABINES



 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Luis Cernuda, Jaime Sabines, George Moustaki

Publicado por elchicoanalogo @ 19:08  | Los lunes de Anay
Comentarios (0)  | Enviar
Domingo, 18 de enero de 2015

Decía John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance que si la leyenda superaba la realidad, había que publicar la leyenda. Morel se acerca a ese mito fordiano que preservar, una sombra indefinida, un hombre libre, un idealista que lucha por los elefantes, que inicia su aventura africana con una cartera y unas hojas donde recoger firmas para prohibir las cacerías y que acaba entre manadas de elefantes con un pequeño grupo de perdedores que encuentran en esa lucha un motivo de redención, una segunda oportunidad, un intento de hacer del mundo un lugar mejor. Forajido, solitario y peligroso, loco, superviviente y libre, Morel sorprende por sus férreos ideales, por su manera de luchar (sin miedo al fracaso, sin lamentos en las derrotas), por ser un romántico extraño y el último hombre libre y ver en los elefantes un símbolo de libertad y pureza, una imagen, la de las manadas libres de elefantes, que primero fue un distanciamiento de la realidad (cruel, dolorosa) y le ayudó a sobrevivir en los campos nazis, y que luego se convirtió en la única lucha posible.

Romain Gary inicia Las raíces del cielo con un par de hombres sentados en una fogata e intentando aclarar las dudas y la aventura de Morel y su grupo en favor de los elefantes, un intento de completar los espacios en blanco, de separar la leyenda de la realidad e intentar reconstruir los días pasados donde el mundo, asombrado, siguió las evoluciones de un solitario que intentaba salvar a los elefantes del ser humano. Un fuego, una conversación, los tiempos cruzados, las dudas, una historia que es leyenda o una leyenda que podría ser real, el inicio es volver a aquellos libros de Conrad sobre Kurtz o Jim, la escritura que se mueve entre la densidad, la repetición y la aventura, que dibuja personajes libres, ambiciosos, desesperados, manipuladores o perdidos en un paisaje abierto que propicia la libertad y el combate y que mantiene una huella prehistórica.

Gary construye una historia política y ecológica, habla de nacionalismos, fascismos y revoluciones, del miedo a la nueva era atómica y del lado oscuro del progreso, de una civilización que se aleja de la tierra y que se encierra en un futuro extraño, de los elefantes como imagen de libertad para unos y de principios arcaicos y desfasados para otros, de salvar a los elefantes como medio para preservar lo bueno que hay en el ser humano o de exterminar a los elefantes como medida para desterrar el pasado y construir una nueva política y una nueva tierra. Gary incide una y otra vez en la imagen de Morel (por momentos, Las raíces del cielo es repetitivo, las motivaciones de Morel expuestas una y otra vez), lo que piensan sus amigos, un loco romántico que quiere cambiar de especie, las dudas de sus enemigos, que creen ver en el francés un espía que intenta echar por tierra las revoluciones africanas, la encrucijada del propio Morel, que es un misántropo y un solitario y lucha por los elefantes y, a la vez, cree en el ser humano. Morel es visto como ángel y demonio, es usado por los nacionalistas para iniciar una revolución, un pelele al que engañar y despreciar, y por los periodistas para mostrar una aventura por la libertad, un refugio contra la nueva era atómica y el fin de la naturaleza.

Lo mejor de Las raíces del cielo es la aventura en sí, la escritura repetitiva, los saltos temporales, el cambio de punto de vista, las descripciones de un paisaje único, la morosidad en el avance de la acción, el romanticismo loco de Morel, las digresiones sobre política y ecología, los compañeros que luchan al lado de Morel, una alemana que sobrevivió al horror de la guerra, un oficial norteamericano caído en desgracia, un viejo naturalista danés que aún tiene fuerza para seguir luchando, un fotógrafo que sólo busca un reportaje y la mejor imagen y que se ve arrastrado por la vitalidad del grupo. Una de las ideas que se repite en las películas de John Ford es la gloria en la derrota. Gary hace de Morel un hombre que sigue adelante en su propósito, a pesar de las derrotas, inquebrantable en su idealismo.





-Debo decirle también que, mientras estaba prisionero, contraje una deuda con los elefantes que trato de pagar. Fue a un compañero mío a quien se le ocurrió la idea. Después de estar algunos días en una celda de castigo, un metro diez por un metro cincuenta, y sintiendo que estaba a punto de ahogarse entre aquellas cuatro paredes, empezó a pensar en las manadas de elefantes en libertad. Y todas las mañanas los alemanes le encontraban en plena forma, riéndose: se había vuelto inquebrantable. Cuando salió de la celda, nos contó su truco, y cada vez que no podíamos más en nuestra celda, nos imaginábamos a esos gigantes corriendo irresistiblemente a través de los grandes espacios abiertos de África. Exigía un considerable esfuerzo de imaginación, pero ese esfuerzo nos mantenía vivos. Cuando nos dejaban solos, medio muertos, apretábamos los dientes, sonreíamos y, con los ojos cerrados, seguíamos viendo a nuestros elefantes llevárselo todo por delante y sin que nada ni nadie pudiera detenerlos; casi oíamos la tierra temblando bajo las pisadas de esa prodigiosa libertad y el viento de alta mar nos llenaba los pulmones. Naturalmente, las autoridades del campo acabaron inquietándose: la moral de nuestro barracón era especialmente alta y moríamos menos. Nos apretaron las clavijas. Me acuerdo de un compañero, un tal Fluche, un parisino, que era mi vecino de cama. Por la noche era incapaz de moverse (su pulso había bajado a treinta y cinco), pero de vez en cuando nuestras miradas se cruzaban; yo distinguía en el fondo de sus ojos una chispa de alegría apenas perceptible y sabía que los elefantes estaban todavía allí, que él seguía viéndolos en el horizonte... Los guardias se preguntaban qué demonios nos pasaba. Y después, entre nosotros hubo uno que se fue de la lengua. Puede imaginarse lo que eso supuso. La idea de que en nosotros siguiera habiendo algo a lo que ellos no podían llegar, una ficción, un mito que no podían arrebatarnos y que nos ayudaba a resistir, los sacaba de sus casillas. ¡Y entonces empezaron a redoblar sus atenciones para con nosotros! Una noche, Fluche llegó arrastrándose al barracón y tuve que ayudarle a alcanzar su rincón. Se quedó tumbado durante un momento, con los ojos completamente abiertos, como si tratara de ver algo, y luego me dijo que ya no había nada que hacer, que ya no los veía, que ni siquiera creía que existieran. Hicimos todo lo que pudimos para ayudarle a resistir. Tenía que haber visto a la pandilla de esqueletos que éramos rodeándolo con frenesí, blandiendo el dedo hacia un horizonte imaginario, describiendo a esos gigantes a los que ninguna opresión, ninguna ideología, podrían expulsar de la tierra. Pero Fluche ya no conseguía creer en las maravillas de la naturaleza. Ni siquiera conseguía imaginar que tal libertad existiera en el mundo: que los hombres, al menos en África, fueran todavía capaces de tratar a la naturaleza con respeto. Sin embargo, hizo un esfuerzo. Volvió hacia mí su sucia cara y me guiñó un ojo. «Todavía me queda uno —murmuró—. Lo he escondido muy bien, muy al fondo, pero ya no podré ocuparme de él... Ya no me quedan... Llévatelo con los tuyos.» El pobre Fluche hacía un terrible esfuerzo para hablar, pero la chispa continuaba allí, dentro de sus ojos. «Llévatelo con los tuyos... Se llama Rodolfo. Es el ridículo nombre con el que yo le llamo... No quiero... Encárgate de él.» Pero me miró de una forma... «Vamos, anímate —le dije—. Me quedaré con tu Rodolfo, pero cuando te pongas bien te lo devolveré.» Pero yo tenía su mano en la mía y supe de inmediato que Rodolfo se quedaría conmigo para siempre. Desde entonces, lo llevo conmigo a todas partes. Ya lo ve, señorita, por eso estoy en África, eso es lo que yo defiendo. Y cuando un canalla mata un elefante en alguna parte, me entran tantas ganas de meterle una bala en sus partes que no puedo pegar ojo por las noches. Esa es la razón por la que también trato de obtener de las autoridades una medida muy modesta...

( … )

Lo que el progreso exige inexorablemente a los hombres y a los continentes es que renuncien a su singularidad, que rompan con el misterio, y la osamenta del último elefante forman parte de ese proceso... La especie humana ha entrado en conflicto con el espacio, la tierra e incluso con el aire que necesita para vivir. Las tierras cultivadas ganarán terreno poco a poco a los bosques y las carreteras invadirán cada vez más la quietud de las grandes manadas. Cada vez habrá menos espacio para las maravillas de la naturaleza. Lástima. Sonrió, apretó la pipa entre sus dedos y sintió con placer a su alrededor el aire frío, que hacía que aumentara el amistoso consuelo de ese poco calor que levaba en la mano; ese aire frío que tan bien armonizaba con las estrellas. De pronto recordó las palabras de Haas: «Cuando rezo lo único que pido es ir con ellos, al lugar donde ellos van, cuando muera», y se preguntó por un momento qué haría él sin su pipa.

( … )

No valía la pena defender esto o aquello por separado, los hombres o los perros, había que atacar el fondo del problema, es decir, la protección de la naturaleza. Se empieza diciendo que los elefantes son demasiados grandes, demasiado molestos, que tiran los postes de telégrafo, pisotean las cosechas y son un anacronismo, y al final se acaba diciendo lo mismo de la libertad. A la larga, la libertad y el hombre acaban por hacerse molestos... Así es como me puse a trabajar.
… Y Peer Qvist, que volviendo la mirada hacia la ventana abierta exclamó con un destello repentino en sus ojos claros:
-El Islam llama a eso «las raíces del cielo», y los indios de México, «el árbol de la vida». Y tanto a los unos como a los otros les lleva a postrarse de rodillas y a levantar los ojos golpeándose el pecho atormentado. Los obstinados como Morel tratan de escapar de esa necesidad de protección por medio de peticiones, comités de lucha y de sindicatos de defensa; tratan de arreglárselas ellos solos, de responder ellos mismos a su necesidad de justicia, de libertad, de amor, a esas raíces del cielo tan profundamente hundidas en el pecho...
Romain Gary
Las raíces del cielo (traducción de Mercedes Corral. Debolsillo)


Tags: Las raíces del cielo, Romain Gary, Mercedes Corral, Debolsillo

Publicado por elchicoanalogo @ 6:34  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Viernes, 16 de enero de 2015

Mi madre se comportaba con el señor Agnón, cómo decirlo, igual que si anduviera de puntillas. Incluso cuando se sentaba allí, lo hacía como de puntillas. El señor Agnón apenas se dirigía a ella, se dirigía casi exclusivamente a mi padre, pero al dirigirse a mi padre parecía que su mirada se posaba en mi madre. Y precisamente en las escasas ocasiones en que se dirigía a ella, sus ojos se apartaban de ella y se volvían hacia mí. O hacia la ventana. O puede que no ocurriera de ese modo pero quedara grabado así en mi imaginación: es cierto que el recuerdo vivo, como las ondas en el agua y los escalofríos que recorren la piel de la gacela un momento antes de huir, llega de pronto y se agita de repente a varios ritmos y en varios focos antes de petrificarse, congelarse y convertirse en el recuerdo de un recuerdo.
En la primavera del año 1965, cuando apareció mi primer libro, Las tierras del chacal, se lo envié temblando a Agnón y escribí una nota en la primera página del libro. Agnón, que contestó con una bonita carta, me hizo un comentario sobre el libro y acabó la carta diciendo:



Lo que me has escrito sobre tu libro me ha traído a la memoria la cara de tu madre, que en paz descanse. Recuerdo que una vez, hace quince o dieciséis años, me trajo en nombre de tu padre uno de sus libros. Puede que tú estuvieras con ella. Al llegar se quedó en el umbral de la habitación y sus palabras fueron escasas. Pero su rostro, con ese encanto e inocencia, se me quedó grabado durante muchos años. Atentamente, S. Y. Agnón.


Mi padre, a quien Agnón pidió que le tradujera de la Enciclopedia polaca la voz bocetz para escribir Una ciudad y lo que hay en ella, hacía una mueca y calificaba a Agnón de «escritor diaspórico»: En sus libros no hay inspiración, decía mi padre, no hay visión trágica, no hay siquiera risa sana sino tan sólo sagacidad y sarcasmo. Y cuando hay en su obra alguna bella descripción, no deja quieta su pluma hasta que la hunde por completo en charcos de verborrea burlona y de ingenio galitziano. Creo que mi padre consideraba los relatos de Agnón como una extensión de la literatura yiddish, y no le gustaba la literatura yiddish: tenía un espíritu de contradicción típicamente lituano. Rechazaba siempre lo sobrenatural, lo mágico y el sentimentalismo exagerado, todo aquello que estuviese envuelto en brumas románticas o místicas y pudiese embotar los sentidos y privar de la razón.
Amos Oz
Una historia de amor y oscuridad (traducción de Raquel García Lozano. Círculo de lectores. Siruela)


Tags: Amos Oz, Raquel García Lozano, Siruela, Círculo de lectores

Mi?rcoles, 14 de enero de 2015

La lectura compulsiva de un libro y la revelación de otra vida, deambular por calles mil veces transitadas y sentir que todo lo que conocíamos se distancia de nosotros, buscar las palabras fuera del libro e iniciar un viaje improvisado, estaciones de paso, autobuses ruinosos, paisajes desérticos,  la noche tras la ventanilla y la pequeña pantalla de un monitor con escenas irreales, los accidentes y la presencia de la muerte como forma de atrapar el mundo del libro y al ángel que da un sentido final del viaje, los cambios de identidad y una pistola escondida entre la ropa, el amor encontrado e inalcanzable y el apaciguamiento, la vida gris y el azar que se trueca en destino.

La vida nueva es un libro extraño, la atracción por un libro que cambia la vida de un muchacho, sus viajes en autobús en busca de la verdad entrevista en ese libro y de un ángel que es quimera y destino, la mezcla de sueño, realidad y fantasía, la muerte como presencia y revelación de una verdad íntima, un viaje iniciático e irreal donde parece que el espacio y el tiempo se diluyen, donde los protagonistas se ven atados por una especie de fiebre que les hace alejarse de su mundo conocido, de todo aquello que los definía meses atrás, e intentan alcanzar las palabras fuera de las páginas del libro, una búsqueda siempre incompleta, siempre en la frontera de la revelación. Pamuk crea un paisaje de ensueño e irrealidad, una historia que parece puro azar pero tras la que hay un verdad laberíntica, una aproximación a una  verdad última.

El viaje de Osman en autobús como un sueño alargado, los paisajes nocturnos, las escenas de las películas de los autobuses que se confunden con los propios recuerdos, los accidentes en los que se esconde una verdad difusa, la improvisación inicial de un viaje y encontrar un amor puro e irracional, el sueño del viaje que se troca pesadilla, que convierte a Osman en un muchacho delirante que rastrea las huellas de los otros lectores del libro, que ve cómo el supuesto azar de su viaje es en realidad un destino marcado por otros. Osman viaja en busca de esa vida nueva vislumbrada entre las páginas del libro, y es en el viaje, en el movimiento, donde se acerca a lo soñado, donde descubre su propio país, los paisajes alejados, las conversaciones intrascendentes, el cuestionamiento de la realidad y donde, también, ve cómo se derrumba un amor y una vida cercana a la locura.

En La vida nueva Pamuk habla de un viaje iniciático y una realidad alterada, de la frontera borrosa entre cordura y locura, del pasado que se diluye y de la occidentalización de las costumbres en Turquía, de los mundos que existen dentro de éste y cómo un libro (como podría haber sido una imagen captada al azar o un sueño) ejerce de disparadero y de cambio radical en la vida de un muchacho gris. Pamuk escribe La vida nueva como una aventura y un sueño, me recuerda a aquellas historias de aventuras y fronteras, el movimiento como acercamiento a una verdad semi oculta, a un momento de revelación crucial, la realidad y el sueño que van de la mano.  





Lo importante es esto: hay quienes han leído el libro y creen en él. Me los encuentro paseando por las ciudades, por las estaciones de autobuses, por las tiendas, por las calles, sé quiénes son por sus miradas, los conozco. La cara de los que han leído el libro y creen en él es distinta, en sus miradas la tristeza y el deseo se asemejan, lo comprenderás algún día; quizá ya lo hayas comprendido. Si conoces el secreto, si te pones en marcha hacia él, la vida es bella.

( ... )

—Cuando conocí a Canan ya había dejado de hablarles del libro a otros y de difundir su mensaje. Quería tener una vida como la de todos los demás. Pero además tendría el libro. Y el beneficio añadido de seguir poseyendo todo lo que había vivido para llegar al mundo cuyas puertas me había abierto el libro. Pero Canan avivó el fuego. Me dijo que me abriría a la vida. Creía que mucho más allá, más allá de mí, había un jardín que yo conocía pero del que no quería hablarle, un jardín cuya existencia le ocultaba. Me pidió las llaves del jardín con tanta convicción que me vi obligado a hablarle del libro y luego a prestárselo. Se lo leyó, se lo volvió a leer una y otra vez. Me engañó su apego al libro, la violencia de su deseo por el mundo que allí veía. Así, durante una época, olvidé el silencio del libro, la…, cómo la llamaría, la música interior de lo que allí estaba escrito. Me dejé llevar estúpidamente por la esperanza de poder escuchar aquella música en las calles, en lugares lejanos, fuera donde fuese, como en la época en la que leí el libro por primera vez. Fue idea de ella el darle el libro a otros. Me dio miedo que lo leyeras y creyeras en él de inmediato. Estaba olvidando lo que significaba el libro, menos mal que me dispararon.
Por supuesto, le pregunté lo que significaba el libro.
—Un buen libro es algo que nos hace recordar el mundo entero —me contestó—. Quizá todos los libros sean así, o deberían serlo —guardó silencio por un momento—. El libro es parte de algo que no está en él mismo pero cuya presencia y continuidad siento a través de lo que cuenta —comprendí que no estaba satisfecho con su explicación—. Quizá sea algo extraído del silencio o del estruendo del mundo, pero que no es el silencio o el estruendo en sí mismos —intentó explicarse una última vez para que no pensara yo luego que no decía más que tonterías—. Un buen libro es una parte de la escritura que habla de cosas que no existen, de una especie de ausencia, de una especie de muerte... Pero es inútil buscar fuera del libro y de la escritura ese país que está más allá de las palabras —se había dado cuenta de aquello escribiendo una y otra vez el libro y me dijo que lo había comprendido, que lo había comprendido de una vez por todas. Era inútil buscar una vida y un mundo nuevos más allá de la escritura. Se había merecido el que lo castigaran por hacerlo—. Pero el asesino resultó ser un inútil y sólo pudo herirme en el hombro.
Orhan Pamuk
La vida nueva (traducción de Rafael Carpintero. Alfaguara)


Tags: La vida nueva, Orhan Pamuk, Rafael Carpintero, Alfaguara

Publicado por elchicoanalogo @ 6:01  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 12 de enero de 2015

Creíamos en las aventuras y los viajes en el tiempo, en cruzar grandes llanuras y escalar las mayores cumbres, en mundos prehistóricos dentro de este mundo y en peregrinar hacia las estrellas. Seguíamos una pequeña senda entre los campos y sentíamos el peligro y la emoción de algo indefinido que estaba por ocurrir. Avanzábamos en línea recta entre hierbas altas, escuchábamos el chirrido de los insectos y nuestras pisadas, llevábamos largos palos contra las serpientes (los peligros de los adultos) y sentíamos que abríamos un nuevo camino entre aquella hierba polvorienta. Nos escondíamos en una esquina del río, junto a la presa y dejábamos pasar la tarde entre gritos y sueño. Recuerdo que nadaba boca arriba y confundía mi movimiento con el de la luz en el cielo, el vuelo de las libélulas, la sombra de alguna trucha, las piedras que revotaban sobre el río antes de hundirse o perderse en la otra ribera. Volvíamos por la misma senda, cansados y con una sonrisa misteriosa. Caminábamos en silencio, la ropa mojada pegada a la piel, atentos a las campanadas de la iglesia, el ruido de los motores, la posibilidad de una serpiente. La hierba crujía a nuestro paso y los saltamontes huían de nosotros. En el horizonte, los tejados de pizarra, los hórreos y la línea de montes. Nos sentábamos bajo la parra a descansar o nos dispersábamos por la casa. A veces buscaba a mi padre en el taller del hórreo. La luz del atardecer entraba por la ventana y veía su sombra negra doblada sobre la mesa de carpintero, el humo blanco de su cigarrillo, el zumbido del serrucho sobre la madera, las manos seguras de mi padre antes de los temblores y el tiempo.


Los lunes de Anay. Coda...

"Quien a pesar de todo te hizo hueco"
                                                   ANTONIO LUCAS



Cuando vengan los otros
con todas sus preguntas
y sus dudas y sus mil
inconvenientes, con los rasgos
únicos de cada tradición,
con la decencia, con el orden,
con lo que debe ser,
tú diles que no estamos aquí,
que nos hemos ido, que viajamos
ya bien lejos, que no somos nosotros
y la vida ha venido a demolernos
para erguirnos otra vez,
nuevos, resplandecientes
como la luz que buscabas
esta noche entre sueños.

                                   PATRICIA GARCÍA-ROJO


 

...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Antonio Lucas, Patricia García-Rojo, Joe Cocker

Publicado por elchicoanalogo @ 15:59  | Los lunes de Anay
Comentarios (0)  | Enviar
Mi?rcoles, 07 de enero de 2015

a alfredo gravina
otro de tacuarembó

Aclaro que éste no es un testamento
de esos que se usan como colofón de vida
es un testamento mucho más sencillo
tan sólo para el fin de la jornada

o sea que lego para mañana jueves
as preocupaciones que me legara el martes
levemente alteradas por dos digestiones
las usuales noticias del cono sur
y una nube de mosquitos casi vampiros

lego mis catorce estornudas del mediodía
una carta a mi mujer en que falta la posdata
el final de una novela que a duras penas leo
las siete sonrisas de cinco muchachas
ya que hubo una que me brindó tres
y el ceño fruncido de un señor
que no conozco ni aspiro a conocer

lego un colorido ajedrez moscovita
una computadora japonesa sin pilas
y la buena radio en que está sonando
el español grisáceo de la bibicí
ah la olivetti y el cepillo de dientes
no los lego porsiacaso

lego tropos y metáforas de uso privado
que modestamente acuñé en la tarde
por ejemplo el astillero en que reparo mis sueños
el pájaro aleatorio que surge del crepúsculo
la cortina de lluvia que miro y no descorro

lego un remordimiento porque es aleccionante
y un poco de tristeza porque es inevitable
también mi soledad con la ilusión
de que el jueves resuelva no admitirla
y me sancione con presencias varias

lego los crujidos de mis viejas bisagras
también una tajada de mi sombra
no toda porque un hombre sin su sombra
no merece el respeto de la gente

lego el pescuezo recién lavado
como para un jueves de guillotina
una maceta con hierbabuena
y otra con un boniato que me hastía
ya que esta cargante convolvulácea
me está invadiendo el cuarto con sus hojas

lego los suburbios de una idea
un tríptico de espejos que me agrede
el mar allá al alcance de la mano
mis cóleras por orden alfabético
y un breve y curioso estado de ánimo
que todavía no sé si es inocencia
o estupidez malsana
o alegría

sólo ahora lo advierto
en paredes y anaqueles y venas
en glándulas y techos y optimismos
me quedan tantas cosas por legar
que mejor las incluyo
en otro testamento
digamos
el del viernes.
Mario Benedetti
Testamento de miércoles (en Cotidianas)


Tags: Testamento de miércoles, Mario Benedetti, Cotidianas

Publicado por elchicoanalogo @ 6:41  | Mario Benedetti
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 06 de enero de 2015

a) Una ciudad, Orán, una población que se mueve por rutinas, el bullicio y el silencio, el amor pasional y el deseo pasajero, el orden y saber que existe otra cosa, las calles populosas, los suburbios pobres y el mar cercano. Una epidemia de peste que voltea la rutina de la ciudad, las primeras ratas muertas, la fiebre que aparece poco a poco y pronto contagiará a unos y otros, la peste que se inicia como algo secundario, que crece en importancia, que toma la vida de la ciudad y sus habitantes. El cierre de la ciudad, nada ni nadie puede entrar o salir, la improvisación de hospitales, el velo de los pacientes en su agonía, los experimentos con suero, la sensación de estar en medio de una batalla cruenta y saberse agotado y cerca de la derrota, las restricciones que afectan a  la vida en la calle y las relaciones personales, las ventanas cerradas y los intentos de huida, la creencia de un final cercano y los precios que suben y los habitantes que pasan por una montaña rusa de emociones, la calma, la esperanza, el miedo y las dudas, la negación y la desesperación.

b) El narrador, un hombre que prefiere conservar el anonimato para tomar distancia y hablar con la mayor objetividad posible sobre aquellos meses donde la peste cambió la faz de la ciudad y sus habitantes, que da la voz a los protagonistas de la epidemia, médicos, funcionarios, periodistas extranjeros, víctimas que se consumen por la enfermedad, su idea de contar lo que vivió a través de su experiencia, de cuadernos escritos durante la crisis, de cartas y confesiones, los cambios en la ciudad, el bullicio que se convierte en silencio y las ventanas cerradas de las casas, la lucha contra la epidemia, los resquicios por donde se mantiene la vida y algunos ecos del pasado.

e) El doctor Rieux, un hombre diligente y trabajador que lucha contra la peste, los días que pasan en visitas a casas, hospitales, la búsqueda de un suero, el agotamiento y ser el centro de una ciudad que se derrumba, el compromiso en la lucha y el agotamiento como rutina. Grand, un empleado gris que  escribe una y otra vez la primera frase de una novela, cientos de páginas en busca de la perfección, de dejar anonadados a editoriales y críticos, un lugar en la literatura, y que parece fuera de la ciudad. Cottard, alguien que quiere huir y que la epidemia le da la oportunidad de esconderse, de olvidar el pasado, de hacer nuevos negocios y vivir una plenitud desconocida. El periodista Rambert, un corresponsal que espera volver a su ciudad para no perder a la mujer que ama, que intenta salir de los muros de la ciudad y que ve cómo, tras meses de encierro, se borran los contornos de su amada y su amor y ambos se convierten en abstracción. Tarrou, que escribe notas y que con el paso del tiempo, dejan de ser un diario de la epidemia a reflexionar sobre los cambios en la ciudad, que ejercía de conciencia en la epidemia y buscaba una paz que parece esquivarle.

d) Los sermones del padre Paneloux, el primero donde recuerda a sus feligreses que han caído en desgracia, que Dios impone un castigo y que hay que estar agradecidos ante semejante prueba, un segundo sermón cuando la peste se cobra semanalmente cientos de vidas y están las dudas y la idea de luchar para sobrevivir, de no dejar a un dios silente el fin de la epidemia y las muertes. El silencio del creador en unas calles que languidecen, que primero esperan la curación y luego sólo siguen adelante hasta ver truncada su suerte.

e) La epidemia, que es abstracción y exilio, que es ausencia de futuro y lucha, que llega a todos y les obliga a decidir qué posición tomar, combatirla, sucumbir, huir, aprovecharse de la situación, ser un testigo lejano o llegar hasta el final, que está latente en cada uno de nosotros y puede pasarse años en silencio pero explotar en menos de un segundo.





Al cuarto día, las ratas empezaron a salir para morir en grupos. Desde las cavidades del subsuelo, desde las bodegas, desde las alcantarillas, subían en largas filas titubeantes para venir a tambalearse a la luz, girar sobre sí mismas y morir junto a los seres humanos. Por la noche, en los corredores y callejones se oían distintamente sus grititos de agonía. Por la mañana, en los suburbios, se las encontraba extendidas en el mismo arroyo con una pequeña flor de sangre en el hocico puntiagudo; unas, hinchadas y putrefactas, otras rígidas, con los bigotes todavía enhiestos. En la ciudad misma se las encontraba en pequeños montones en los descansillos o en los patios. Venían también a morir aisladamente en los salones administrativos, en los patios de las escuelas, en las terrazas de los cafés a veces. Nuestros conciudadanos, estupefactos, las descubrían en los lugares más frecuentados de la ciudad. Ensuciaban la plaza de armas, los bulevares, el paseo de Front-de-Mer. Limpiada de animales muertos al amanecer, la ciudad iba encontrándolos poco a poco cada vez más numerosos durante el día. En las aceras había sucedido a más de un paseante nocturno sentir bajo el pie la masa elástica de un cadáver aún reciente. Se hubiera dicho que la tierra misma donde estaban plantadas nuestras casas se purgaba así de su carga de humores, que dejaba subir a la superficie los forúnculos y linfas que la minaban interiormente. Puede imaginarse la estupefacción de nuestra pequeña ciudad, tan tranquila hasta entonces, y conmocionada en pocos días, como un hombre de buena salud cuya sangre empezase de pronto a revolverse.

( … )

Así pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio. Y el cronista está persuadido de que puede escribir aquí en nombre de todo lo que él mismo experimentó entonces, puesto que lo experimentó al mismo tiempo que otros muchos de nuestros conciudadanos. Pues era ciertamente un sentimiento de exilio aquel vacío que llevábamos dentro de nosotros, aquella emoción precisa; el deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, eran dos flechas abrasadoras en la memoria. Algunas veces nos abandonábamos a la imaginación y nos poníamos a esperar que sonara el timbre o que se oyera un paso familiar en la escalera y si en esos momentos llegábamos a olvidar que los trenes estaban inmovilizados, si nos arreglábamos para quedarnos en casa a la hora en que normalmente un viajero que viniera en el expreso de la tarde pudiera llegar a nuestro barrio, ciertamente este juego no podía durar. Al fin había siempre un momento en que nos dábamos cuenta de que los trenes no llegaban. Entonces comprendíamos que nuestra separación tenía que durar y que no nos quedaba más remedio que reconciliarnos con el tiempo. Entonces aceptábamos nuestra condición de prisioneros, quedábamos reducidos a nuestro pasado, y si algunos tenían la tentación de vivir en el futuro, tenían que renunciar muy pronto, al menos, en la medida de lo posible, sufriendo finalmente las heridas que la imaginación inflige a los que se confían a ella.

( … )

»Desde entonces no he cambiado. Hace mucho tiempo que tengo vergüenza, que me muero de vergüenza de haber sido, aunque desde lejos y aunque con buena voluntad, un asesino yo también. Con el tiempo me he dado cuenta de que incluso los que eran mejores que otros no podían abstenerse de matar o de dejar matar, porque está dentro de la lógica en que viven, y he comprendido que en este mundo no podemos hacer un movimiento sin exponernos a matar. Sí, sigo teniendo vergüenza, he llegado al convencimiento de que todos vivimos en la peste y he perdido la paz. Ahora la busco, intentando comprenderlos a todos y no ser enemigo mortal de nadie. Sé únicamente que hay que hacer todo lo que sea necesario para no ser un apestado y que sólo eso puede hacernos esperar la paz o una buena muerte a falta de ello. Eso es lo único que puede aliviar a los hombres y si no salvarlos, por lo menos hacerles el menor mal posible y a veces incluso un poco de bien. Por eso me he decidido a rechazar todo lo que, de cerca o de lejos, por buenas o por malas razones, haga morir o justifique que se haga morir.
»Por esto es por lo que no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted. Yo sé a ciencia cierta (sí, Rieux, yo lo sé todo en la vida, ya lo está usted viendo) que cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca. El hombre íntegro, el que no infecta a casi nadie es el que tiene el menor número posible de distracciones. ¡Y hace falta tal voluntad y tal tensión para no distraerse jamás! Sí, Rieux, cansa mucho ser un pestífero. Pero cansa más no serlo. Por eso hoy día todo el mundo parece cansado, porque todos se encuentran un poco pestíferos. Y por eso, sobre todo, los que quieren dejar de serlo llegan a un extremo tal de cansancio que nada podrá librarlos de él más que la muerte.
Albert Camus
La peste (traducción de Rosa Chacel. Edhasa)


Tags: La peste, Albert Camus, Rosa Chacel, Edhasa

Publicado por elchicoanalogo @ 6:18  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 05 de enero de 2015

Leo en un parque junto a la ría. Es una tarde fría de enero, el cielo azul y profundo, el ruido de la ciudad, las sombras alargadas de los edificios, las calles oscuras y estrechas. Un hombre de pie dice Mussolini, Hitler, Franco y todos los demás a tres ancianos sentados hacia el sol, una mujer empuja una silla de ruedas y se detiene a mi lado, la mujer habla de la navidad en su país a una anciana maquillada y de gesto estático, la mitad de la cara iluminada por el sol, las manos cruzadas sobre el regazo, las pieles en los hombros, una pareja se hace fotos con el móvil. Hay un momento donde la luz del sol se cuela entre los árboles y me deslumbra. Levanto la vista del libro, la luz baja del invierno en las casas de la otra ribera, los pequeños brillos en las ventanas, la línea del atardecer que separa la oscuridad de la luz como en el rostro de la anciana en sillas de ruedas. Vuelvo al libro sintiendo que no es un momento significativo. Quiero decir, no es un momento de revelación, de algo profundo que sale a la superficie o de una imagen que me lleva a un recuerdo olvidado, del inicio de un cambio o una conexión con algo oculto. Es sólo una tarde de lectura en un parque. Y está bien.



«Pregunta: ¿qué hacer para no perder el tiempo? Respuesta: sentirlo en toda su lentitud. Medios: pasarse los días en la antesala de un dentista en una silla inconfortable; vivir el domingo en el balcón, por la tarde; oír conferencias en una lengua que no se conoce, escoger los itinerarios del tren más largos y menos cómodos y viajar de pie, naturalmente; hacer la cola en las taquillas de los espectáculos, sin perder su puesto, etc., etc…».
           Albert Camus en La peste (traducción de Rosa Chacel. Edhasa)


Desafío

Cierra los ojos:
Mira el mar.
Y ahora olvídalo,
si puedes.
               Anay Sala en Ý (turno de réplica)



Tags: Albert Camus, La peste, Anay Sala Suberviola, Ý (turno de réplica), Rush

Publicado por elchicoanalogo @ 16:02  | Great White Way
Comentarios (0)  | Enviar
S?bado, 03 de enero de 2015

(año nuevo) Aún no ha amanecido. Están el último frío de la noche, los coches helados, el vapor blanco de mi boca. Y el humo de una chimenea (se queda un instante entre las tejas rojizas de un caserío y desaparece en el oscuro cielo). Se escucha el zumbido de las torres eléctricas desde mi terraza. Apenas hay alguna ventana iluminada. Siento el frío en mi cara y dentro de la ropa, y dejo escapar una larga estela de mi boca (de niño jugábamos a fumar con el frío del invierno). Observo los montes en el horizonte, su silueta negra, el cielo que empieza a aclarar encima de las cumbres, la niebla que recorre una parte del valle. Hace un par de días salí al muelle y llegué hasta el faro, era por la tarde, el sol pausado de diciembre descendía entre los edificios e iluminaba la boya roja en el agua. Había una nueva inscripción en la pared del faro, hay un lugar más allá del horizonte. Busqué la línea blanca del mar, las luces del puerto y los pesqueros que salían del muelle, imaginé los lugares al otro lado del horizonte, los que son un reflejo de éste y los que forman otros mundos posibles.
Al entrar, las manos frías y la habitación que amplifica la primera luz del sol. Elijo un libro para empezar el año, miro a London, Coetzee y Claudio Rodríguez. Abro Generación X de Coupland, una fecha en la primera página, veinticuatro de noviembre del noventa y tres, y dos signos extraños, una p y una k mayúsculas que me recuerdan a signos japoneses. Recuerdo que compré el libro de Coupland en una feria de segunda mano, que encontré la misma marca, la p y la k, en medio centenar de libros, que pensé en llevarme uno de esos libros como recuerdo de otra biblioteca, de otro horizonte. Cuando cierre el libro, dentro de hora, me esperarán el sol entre los árboles, las campas blancas y la sal de las aceras. Y el frío que ralentiza la mañana.

(día de los inocentes) Es una vieja maleta oscura. Está bajo las mesas del rastrillo junto a bolsas de plástico, cajas de cartón y mochilas. En un par de horas la llenaremos con los libros que no vendamos. Estamos en una antigua fábrica de galletas, las paredes de ladrillos grises, los techos altos, el esqueleto verde del edificio, la tierra que sobresale entre los agujeros del cemento. Hay medio centenar de puestos en las diferentes naves, flechas dibujadas en cartones y paredes para señalar puestos y salidas y una cafetería bajo un cartel que pone Make it! y un viejo tándem. Hace frío y tratamos de calentar nuestras manos con vasos de café caliente. Paso los dedos de la mano derecha por los libros, La montaña mágica, Harry Potter y la piedra filosofal, Crónica de una muerte anunciada, la sonrisa al encontrar lecturas pasadas y recordar una sanatorio entre los montes o las tierras inhóspitas de Alaska. Entresaco Los rebeldes de Márai y lo aparto para mí. Me sorprende que esté nuevo, sin una lectura, y con la primera página arrancada, y pienso que ahí, en lo que falta, la hoja arrancada, la ausencia de dos o tres páginas dobladas, las arrugas de la tapa, alguna frase subrayada, hay una historia. Intento imaginar el ruido de odio, rabia o desprecio al ser arrancada la hoja (quedan pequeños fragmentos pegados al libro), me pregunto qué diría la dedicatoria que seguramente estaba en esa primera página, si habría una fecha significativa.
Sacamos la maleta bajo la mesa y metemos los libros que no hemos vendido. Apenas puedo moverla. Siento que arrastro pasados, que cargo con pequeños santuarios, con pistas de otras vidas. Una estala blanca sale mi boca y se evapora delante de mí.


(coda) Practicar un arte, y no importa lo malo que seas, es una manera de hacer crecer tu alma. Canta en la ducha. Baila la música de la radio. Cuenta un chiste. Escribe un poema a una amiga. Hazlo tan bien como seas capaz. Obtendrás una enorme recompensa: habrás creado algo. (Kurt Vonnegut)


Publicado por elchicoanalogo @ 6:30  | diapositivas
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 01 de enero de 2015

Las habitaciones de hospital, las salas de espera, las cafeterías, un banco a la ría y una estación de tren, un jardín japonés, los mástiles del puerto, las antenas sobre los tejados rojos, las vías en curva, el sonido de la megafonía anunciando la partida de los trenes y las campanadas de una basílica, el goteo de un suero, el ruido de las camillas en el pasillo, las despedidas junto a los andenes, el sonido del viento entre los árboles y las conversaciones en segundo plano, la luz pausada de diciembre, las hojas amarillas sobre la acera y la línea del atardecer sobre los edificios, todos los lugares en los que he leído sobre otros mundos posibles.

De las lecturas de 2014, Birlibirloque, un divertido juego de ilusionismo, el humor de Vonnegut para hablar de la estupidez humana, para poner en solfa creencias, religiones, políticas y mitos y ponernos ante el espejo de quienes realmente somos.

La escritura exhaustiva de Philip Roth en la excepcional Pastoral americana y Richard Ford en Acción de Gracias, Roth que repasa la historia estadounidense de mediados de siglo, que habla de apariencias y realidad, que desmonta el modo de vida americano y muestra una sociedad descarnada, Ford que retoma a Frank Bascombe para escribir sobre el cambio de siglo, unas elecciones fraudulentas, una vida observada en distancia, sin tomar partido, ambas novelas que se centran en la crítica a la política de su país. Nélida Piñón y La república de los sueños, una historia que empieza con alguien que espera su muerte y recapitula la vida de un muchacho de trece años que huyó de Galicia y cruzó un océano para conseguir una vida nueva en Brasil, la importancia de las historias contadas, de las raíces y de lo que dejamos atrás, la transformación de un país vista por aquellos que llegaron en un barco y un catalejo que muestra no el presente sino el pasado.

John Steinbeck. Su libro Viajes con Charley en busca de Estados Unidos, carreteras, moteles, paisajes desnudos, el silencio y los encuentros por azar, saber que no existe aquel país de la juventud, que las huellas se han borrado con el tiempo y que el viaje decide su propio destino y final. Los reportajes de Los vagabundos de la cosecha, el germen de Las uvas de la ira, mostrar las consecuencias de una crisis económica y de la sequía, la cara de los derrotados y los gestos tiránicos de los que tienen el poder y el dinero, la esperanza por  un puñado de hombres y mujeres que luchan por salir adelante y ayudar al prójimo. El cuento La perla, sobre la codicia que rompe una vida contemplativa y pobre.

La trilogía La lucha por la vida de Baroja, el Madrid de finales del siglo diecinueve y principios del veinte, un muchacho que llega del campo e intenta sobrevivir en una ciudad en cambio y construcción, la escritura desmañada de Baroja. Los recortes de periódico de Isabel Bono en Cahier y la intensidad y la lucha de Isabel Tejada Balsas en El alma irreversible.

Los cuentos de El bosque animado, los árboles, animales, aparecidos y personajes que pueblan un lugar de leyenda, los relatos de Olive Kitteridge, la tristeza por el paso del tiempo, por no darse cuenta de las cosas a tiempo, por las vidas y el amor perdidos, la dureza de A sangre y fuego, historias sobre nuestra guerra civil, la ficción y el periodismo entrelazados, la locura que no entiende de bandos, las historias de frontera de Dorothy M. Johnson y de Willa Cather, espacios abiertos, aventuras inimaginables, la lucha por la supervivencia y las personas que guardamos dentro de nosotros como recuerdo de nuestro pasado, la ironía, el humor y la ternura de O. Henry en sus cuentos sobre Nueva York, la ciudad como un personaje más.

Tallo de hierro. Vagabundos, perdedores, un baúl que guarda quienes fuimos antes de caer y de convertirnos en un desecho humano, las conversaciones con los propios fantasmas, la violencia soterrada y el frío de las noches que acaba con cualquier ilusión. Los relatos de Cărtărescu y Herta Muller, duros, oníricos, contundentes, la locuacidad de Hrabal en Yo que he servido al rey de Inglaterra, una novela picaresca, divertida y triste.

Los últimos libros del año, leídos a trompicones por la rapidez de diciembre, La peste, una ciudad asolada por una epidemia, que se descompone mientras libra una lucha por la supervivencia, los sermones que hablan de merecer el castigo y de arrodillarse para rezar y la montaña de emociones, incredulidad, lucha, resignación, dolor, valentía, degeneración, Las raíces del cielo, un hombre que lucha por los elefantes y el dolor por creer en el ser humano.



La noche tatuada - Alfonso Brezmes
Ángeles derrotados - Denis Johnson
La busca - Pío Baroja
Las palabras perdidas - Alfredo Buxán
Birlibirloque - Kurt Vonnegut
Mala hierba - Pío Baroja
La guerra de los mundos - H.G. Wells
Aurora roja - Pío Baroja
El bosque animado - Wenceslao Fernández Flórez
Te regalo un cuento - Jorge Gonzalvo y Cecilia Varela
El sabor de un hombre - Slavenka Drakulic
Ritmo lento - Carmen Martín Gaite
Pecados sin cuento - Richard Ford
Mi Ántonia - Willa Cather
American Gods - Neil Gaiman
La muerte salió cabalgando de Persia - Peter Hajnóczy
Una historia violenta - Antonio Soler
Los disparos del cazador - Rafael Chirbes
Los idiomas comunes - Laura Casielles
Nosotros, los ahogados - Carsten Jensen
Los silencios del doctor Murke - Heinrich Böll
Indian Country - Dorothy M. Johnson
Suite francesa - Irene Némirosky
Los Living - Martín Caparrós
Sylvie - Gérard de Nerval
Narración de Arthur Gordon Pym - Edgar Allan Poe
Adiós a las armas - Ernest Hemingway
La voz de Nueva York - O. Henry
Mujeres - Charles Bukowski
El vagabundo de las estrellas - Jack London
Diario de K. - Karmelo C. Iribarren
Desayuno de campeones - Kurt Vonnegut
A sangre y fuego - Manuel Chaves Nogales
La puerta - Magda Szabó
Que el vasto mundo siga girando - Colum McCann
La mecánica del corazón - Mathias Malzieu
Insomnio - Fernando Luis Chivite
La república de los sueños - Nélida Piñón
Si nadie habla de las cosas que importan - Jon McGregor
Tiempo desarticulado - Philip K. Dick
Sukút - Isabel Bono
Cahier - Isabel Bono
El tiempo envejece deprisa - Antonio Tabucchi
Las lágrimas de San Lorenzo - Julio Llamazares
Olive Kitteridge - Elizabeth Strout
Nostalgia - Mircea Cărtărescu
Viajes con Charley en busca de Estados Unidos - John Steinbeck
La librería ambulante - Chistopher Morley
El pretendiente americano - Mark Twain
Tallo de hierro - William Kennedy
Los vagabundos de la cosecha - John Steinbeck
Que levante mi mano quien crea en la telequinesia - Kurt Vonnegut
El camino del tabaco - Erskine Caldwell
El día de mañana - Ignacio Martínez de Pisón
La solución final - Michael Chabon
Pastoral americana - Philip Roth
El alma irreversible - Isabel Tejada Balsas
En tierras bajas - Herta Müller
Todo lo que hay - James Salter
La perla - John Steinbeck
Yo que he servido al rey de Inglaterra - Bohumil Hrabal
Antología de Spoon River - Edgar Lee Masters
En la Patagonia - Bruce Chatwin
El sentido de un final - Julian Barnes
Historias naturales - Primo Levi
El demonio vestido de azul - Walter Mosley
El mejor de los mundos - Quim Monzó
Gente en su sitio - Quino
Acción de gracias - Richard Ford
La peste - Albert Camus
Las raíces del cielo - Romain Gary



Tags: Kurt Vonnegut, Isabel Bono, Pío Baroja, Philip Roth, Richard Ford, John Steinbeck, William Kennedy

Publicado por elchicoanalogo @ 6:39  | Diarios de lectura
Comentarios (2)  | Enviar