Viernes, 06 de febrero de 2015

En La trilogía de Nueva York Auster habla sobre el azar, la identidad, desapariciones, el lenguaje de Dios, cuadernos rojos, la escritura, habitaciones cerradas e imágenes reflejadas, sobre los márgenes del yo, las mentiras y las personalidades múltiples, sobre la locura, la búsqueda de un paraíso nuevo, ausencias que pesan como fantasmas y presencias que se diluyen en la inacción, sobre ermitaños en la ciudad, detectives que no lo son y misterios sin un final claro, tres historias donde se la realidad se convierte en algo borroso y la propia identidad desaparece para dejar un vacío, donde un hombre reconstruye un cambio de personalidad y una extraña vigilancia antes de abordar su propia historia de azar, fantasmas y desapariciones. Son historias de detectives, una vuelta de tuerca al género negro, o un acercamiento donde lo que importa no es la resolución de un caso sino una investigación sobre la identidad propia.

Los personajes son solitarios, viven en modestas casas, en pequeñas habitaciones donde construir una especie de muro (trasladan al Thoreau de Walden a una gran ciudad), seres ajenos a la sociedad que pasean por las calles por el placer de ralentizar sus pensamientos y desaparecer en un cómodo vacío interior, escritores/detectives que buscan llevar el azar hasta su última frontera, que vigilan a otras personas encerrados en habitaciones, tan solitarios y extremos los vigilantes como los vigilados, un juego que se inicia por azar y que acaba en desapariciones tanto físicas como emocionales, un estado catatónico. En Ciudad de cristal, un escritor ermitaño y que escribe con seudónimo, suplantará la personalidad de un desconocido para investigar un delirante caso. En Fantasmas, un detective vigila cada día a un hombre que sólo escribe delante de una ventana hasta que su vida queda detenida y atrapada en una pequeña habitación. En La habitación cerrada, un escritor se convierte en el custodio del legado de un amigo desaparecido, su vida trastocada por la desaparición del amigo, su ausencia que influye en cada uno de sus gestos, que lo lleva al límite de la cordura.

Las habitaciones cerradas de Auster no son sólo físicas, también situadas dentro del cráneo. Quinn se aleja del mundo tras perder a su esposa e hijo y escribe con seudónimo historias de detectives en una habitación pequeña. En su infancia, Peter Stillman pasó por la oscuridad y el silencio de un encierro, su padre que quería descubrir cuál era el idioma propio de Dios. Azul vigila a Negro, ambos se vigilan desde sus respectivas habitaciones, ambos necesitan del otro para darle un sentido a su vigilancia. Fanshawe se recluye en una habitación para cumplir su promesa de morir a los sietes años de su desaparición. Auster inmoviliza a sus personajes en esas habitaciones, cuando salen de ellas algo sucede y pierden el paso, desaparecen o se internan en el vacío, en la duda última sobre su identidad, sobre quiénes son. Algunos de estos personajes reaparecerán en Viajes por el scriptorium, un ajuste de cuentas entre losa personajes y su creador (encerrado en una habitación y que asiste al juicio de sus personajes).

Auster también se centra en la identidad, en deshacer las capas internas hasta quedar desnudos y vacíos. Quinn usa seudónimo para sus libros, escribe sobre un detective privado por el que ve el mundo, se hace pasar por un tal Paul Auster, y acaba siguiendo a un hombre viejo que experimentó con su hijo para buscar el lenguaje único antes de la torre de Babel. Quinn desaparece dentro de sí mismo, es un personaje literario o un detective, su identidad de deshace hasta que se convierte en un vagabundo que acecha no sabe qué, que sólo ve el cielo desde su escondite en un callejón, que olvida quién es, la inacción llevada al extremo. Azul pasa por un proceso similar, vigila a Negro, alguien que escribe junto a una ventana, el tiempo se ralentiza, la rutina depende del otro, es Thoreau y es un indio en mitad de la ciudad. El narrador de La habitación cerrada busca a su amigo desaparecido para seguir con la nueva vida que ha conseguido. Reúne pistas y persigue un fantasma. Y ese fantasma anida en su interior. La identidad de los personajes, las desapariciones de los otros y dentro de sí mismos, llegar a una especie de vacío donde no están claros los límites entre la realidad y la locura, ser ajenos a sí mismos.

En La trilogía de Nueva York están los elementos que definirán los posteriores libros de Auster, el azar y la palabra y las historias dentro de la historia principal, la escritura directa y, también, abstracta, los finales difusos e inconclusos, las calles de Nueva York, el tono que recuerda a Kafka, Beckett o al Hamsun de Hambre. De las tres historias de esta trilogía, me quedo con La habitación cerrada (de Ciudad de cristal, la búsqueda del primer lenguaje y el nuevo mundo como un segundo paraíso, de Fantasmas, los paseos fuera de la habitación y las referencias a Thoreau)





En Ciudad de cristal. ( … ) Verá, el mundo está fragmentado, señor. No sólo hemos perdido nuestro sentido de finalidad, también hemos perdido el lenguaje con el que poder expresarlo. Éstas son cuestiones espirituales, sin duda, pero tienen su correlación en el mundo material. Mi brillante jugada ha sido limitarme a las cosas físicas, a lo inmediato y tangible. Mis motivos son elevados, pero mi trabajo se desarrolla ahora en el reino de lo cotidiano. Por eso me malinterpretan a menudo. Pero no importa. He aprendido a no dar importancia a esas cosas.
-Una respuesta admirable.
-La única respuesta. La única digna de un hombre de mi talla. Verá, estoy en el proceso de inventar un nuevo lenguaje. Teniendo que hacer un trabajo como ése, no puedo preocuparme por la estupidez de los demás. En cualquier caso, todo es parte de la enfermedad que estoy tratando de curar.
-¿Nuevo lenguaje?
-Sí. Un lenguaje que al fin dirá lo que tenemos que decir. Porque nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Cuando las cosas estaban enteras nos sentíamos seguros de que nuestras palabras podían expresarlas. Pero poco a poco estas cosas se han partido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado a la nueva realidad. De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablemos falsamente, distorsionando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden. Pero las palabras, como usted comprende, son susceptibles de cambio. El problema es cómo demostrarlo. Por eso trabajo ahora con los medios más simples, tan simples que hasta un niño pueda comprender lo que digo. Considere una palabra que remite a una cosa: “paraguas”, por ejemplo. Cuando digo la palabra “paraguas”, usted ve el objeto en su mente. Ve una especie de bastón con radios metálicos plegables en la parte superior que forman una armadura para una tela impermeable, la cual, una vez abierta, le protegerá de la lluvia. Este último detalle es importante. Un paraguas no sólo es una cosa, es una cosa que cumple una función, en otras palabras, expresa la voluntad del hombre. Cuando uno se para a pensar en ello, todos los objetos son semejantes al paraguas, en el sentido de que cumplen una función. Ahora, mi pregunta es la siguiente: ¿qué sucede cuando una cosa ya no cumple su función? ¿Sigue siendo la misma cosa o se ha convertido en otra? Cuando arrancas la tela del paraguas, ¿el paraguas sigue siendo un paraguas? Abres los radios, te los pones sobre la cabeza, caminas bajo la lluvia, y te empapas. ¿Es posible continuar llamando a ese objeto un paraguas? En general, la gente lo hace. Como máximo, dirán que el paraguas está roto. Para mí eso es un serio error, la fuente de todos nuestros problemas. Puesto que ya no cumple su función, el paraguas ha dejado de ser un paraguas. Puede que se parezca a un paraguas, puede que haya sido un paraguas, pero ahora se ha convertido en otra cosa. La palabra, sin embargo, sigue siendo la misma. Por lo tanto, ya no puede expresar la cosa. Es imprecisa; es falsa; oculta aquello que debería revelar. Y si ni siquiera podemos nombrar un objeto corriente que tenemos entre las manos, ¿cómo podemos esperar hablar de las cosas que verdaderamente nos conciernen? A menos que podamos comenzar a incorporar la noción de cambio a las palabras que usamos, continuaremos estando perdidos.

( ... )

En Fantasmas. Hasta ahora Azul no ha tenido muchas oportunidades de permanecer inactivo, y esta nueva ociosidad le ha dejado un poco perdido. Por primera vez en su vida le parece que le han dejado a solas consigo mismo, sin nada a que agarrarse, nada que le permita distinguir un momento del siguiente. Nunca ha pensado mucho en su mundo interior, y aunque siempre ha sabido que estaba allí, ha sido un territorio desconocido, inexplorado y por tanto oscuro, incluso para sí mismo. Se ha movido rápidamente por la superficie de las cosas hasta donde puede recordar, fijando su atención en esas superficies sólo con el fin de percibirlas, valorando una y pasando a la siguiente, y siempre se ha conformado con el mundo tal cual era, sin pedir más a las cosas que su presencia allí. Y hasta ahora allí han estado, vívidamente grabadas contra la luz del día, diciéndole claramente lo que son, tan perfectamente ellas mismas y nada más, que nunca ha tenido que detenerse ante ellas o mirarlas dos veces. Ahora, de repente, con el mundo apartado de él, sin nada que ver excepto una vaga sombra llamada Negro, se encuentra pensando en cosas que nunca se le habían ocurrido, y esto también ha empezado a inquietarle. Si pensar es quizá una palabra demasiado fuerte en este momento, un término algo más modesto -especulación, por ejemplo- no se alejaría de la realidad. Especular, del latín speculatus, que significa espejo. Porque mientras espía a Negro al otro lado de la calle es como si Azul estuviera mirándose al espejo, y en lugar de simplemente observar a otro, descubre que también se está observando a si mismo. La vida se ha ralentizado tan drásticamente para él que Azul ahora es capaz de ver cosas que antes escapaban a su atención. La trayectoria de la luz que pasa por la habitación cada día, por ejemplo, y la forma en que el sol a ciertas horas refleja la nieve en el extremo más lejano del techo de su habitación. Los latidos de su corazón, el sonido de su aliento, el parpadeo de sus ojos, Azul es consciente de estos minúsculos acontecimientos, y por más que intenta no fijarse en ellos, persisten en su mente como una frase absurda repetida una y otra vez. Sabe que no puede ser verdad, y sin embargo, poco a poco, esta frase parece estar cobrando sentido.

( ... )

En La habitación cerrada. Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que se cuenten, por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá, que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejó tras de sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer eso sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la linde que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.
Paul Auster
La trilogía de Nueva York (traducción de Maribel de Juan. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:19  | Libros...
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