S?bado, 14 de febrero de 2015

Una muchacha que aún no ha abandonado el mundo de la infancia, una isla que es encierro, distancia y un paso intermedio antes de la madurez, una guerra lejana que trastoca la rutina del lugar, que transforma la isla en un lugar de vencedores y vencidos, las ventanas de una casa que dan a un pequeño declive y enmarcan casas y huertas, oprobios, venganzas y crueldad, un pequeño barco donde esconder tesoros y secretos, la presencia de muertos bajo la tierra y la ausencia de ríos, la incomprensión de las reglas de los adultos, los primeros escarceos amorosos, un marino varado en tierra que quemó su barco y descubrir el dolor y el egoísmo al dejar atrás la propia infancia.

Primera memoria no es una mirada nostálgica al paso de la infancia a la madurez. Hay miedo, tensión y crueldad en la descripción que hace Matia de su juventud. Enclaustrada en una isla, alejada de su padre y con su madre muerta y una familia que se mueve entre el desapego y la autoridad, Matia observa asombrada el mundo de los adultos y reflexiona sobre sus códigos y sus gestos y busca algo a lo que asirse, algo que le ayude a cruzar el umbral de su infancia y la asiente en la primera madurez. Matia habla de la isla donde vive, de sus aventuras con su primo Borja, de la presencia gélida de su abuela, intenta desentrañar lo que se esconde bajo las apariencias de aquello que le rodea, y habla de una manera que va de la ensoñación la pesadilla, la sorpresa y la reflexión.

La isla acota la mirada de Matia, la tierra, el cielo, el mar y el declive como un mundo cerrado en el que sobrevivir sin apenas experiencia, los recuerdos que hablan de la muerte de la madre, el gesto del padre, las palabras de la criada que la cuidó. Hay una guerra lejana, dos bandos que se destruyen entre sí, y esa guerra se traslada a la isla, los adultos y los niños, los fascistas y los rojos, los campesinos y los grandes señores. Matia observa estas fronteras y se pregunta cómo definirse en ellas, qué hay de verdad y real en cada una, qué reglas tienen. Matia juega con su primo y se enamora de un muchacho repudiado por el pueblo, no acaba de encajar en ese mundo cerrado y no sabe qué esperar del mundo de los adultos, fuma, recibe clases particulares y esconde tesoros, aún incapaz de afrontar la su nueva madurez.

Lo mejor de Primera memoria es la voz tensa, aguda y reflexiva de Matia, cómo descubre poco a poco el mundo de los adultos, las traiciones y los secretos bajo la rutina plácida, la iniciación en una nueva vida, las lágrimas, la complejidad y la pérdida en su proceso de crecer, la fragilidad de la vida, sin una tierra, unos padres ni un amor en los que resguardarse. La tierra extraña, las sombras del paisaje, la densidad de las emociones desconocidas, las primeras derrotas, los juegos incomprensibles, los adultos que son muertos, ermitaños, autoritarios o lánguidos, la sensación de que hay algo en la tierra bajo los pies que provoca un temblor y una incertidumbre.






Miraba mis piernas tostadas, extendidas, y me decía si acaso era verdad lo que nos contaban. Pero en la vida, me parecía a mí, había algo demasiado real. Yo sabía —porque siempre me lo estaban repitiendo— que el mundo era algo malo y grande. Y me asustaba pensar que aún podía ser más aterrador de lo que imaginaba. Miraba la tierra, y me decía que vivíamos encima de los muertos, y que la pedregosa isla, con sus enormes flores y sus árboles, estaba amasada de muertos y muertos sobrepuestos. Es Mariné dijo una vez que Jorge de Son Major había hecho muchas víctimas, que era cruel, pero que nadie había en el mundo tan generoso ni estimable. ¿Qué víctimas serían aquellas? ¿Cuáles sus maldades? Al final del declive estaba el pozo, junto a la escalera de piedra donde aquella tarde empujé a Juan Antonio. El pozo tenía una gran cabeza de dragón con la boca abierta, cubierta de musgo. Y había un eco muy profundo cuando caía algo al fondo. Hasta el rodar de la cadena tenía un eco espeluznante. Y yo solía agachar la cabeza sobre la oscuridad del pozo, hacia el agua. Era como oler el oscuro corazón de la tierra.

( … )

Serían apenas las tres y cuarto, creo yo, a todo sol, rodeados por las hojas quemadas. La ceniza verdosa cubría el dragón, como una lluvia de años. Manuel poseía una faz delgada y dura. Y los huecos profundos de los ojos, y el brillo de madera gastada de aquel rostro, parecían quemarse bajo el sol. Tenía los ojos profundamente negros, con la córnea azulada. Nunca vi ojos como los suyos, que hacían olvidar —y lo he olvidado, es cierto— el resto de sus facciones. Y, cosa extraña que jamás me ocurrió con Borja, ni Guiem, ni Juan Antonio (que siempre me zaherían y trataban de humillarme), al mirarme aquel muchacho (a quien nadie estimaba en el pueblo, hijo de un hombre muerto por sus ideas pecadoras), me sentí ridícula, insignificante. Noté una ola de sangre en la cara, y me vino agolpadamente a la memoria el eco de mis fanfarronas bravatas, el aroma de mis Muratis, mis aires de superioridad y hasta mis caramelos de menta, como algo idiota y sin sentido. No supe qué más decir. Sólo mirarle y quedarme —de pronto me daba cuenta— con una mano incongruentemente extendida hacia él, notando lo insólito de mi presencia; la nieta de la vieja Práxedes, prima de Borja, con Nuestra Señora de los Ángeles detrás. Pensé: «No está furioso». Sólo había en él una oscura tristeza, no por sí mismo enteramente, sino que, acaso, también por mí; como si me abarcase y me uniera a él, apretujándome (como apretujaba yo, dentro de la mano, una redonda y fría bola de cristal en la que nevaba por dentro). En aquella tristeza cabían mis trenzas mal atadas, que se deslizaron hacia atrás y me rozaban la nuca; mi blusa mal metida dentro de la falda; mis sandalias con las tiras desabrochadas, por la precipitación de salir; y aquel sudor que me bañaba.

( … )

Decirle, quizá, tan sólo: «No entiendo nada de lo que ocurre en la vida ni en el mundo, ni alrededor de mí: desde los pájaros a la tierra, desde el cielo al agua, no entiendo nada». Aquel mundo con que todos me amenazaban, desde la abuela al Chino, como un castigo. «Que el mundo sea atroz, no lo sé: pero al menos, resulta incomprensible.» Y mirando la espalda y la nuca de Manuel y su pelo color de fuego, me decía: «Si éste supiera algo de mi Gorogó... ¿lo entendería?». Era extraño aquel muchacho, aquel pobre muchacho, un chueta de la clase más baja del pueblo, con un padre asesinado y una madre de fama dudosa. ¿Por qué me importaba tanto? «Estas cosas ¿por qué serán?»
Ana María Matute
Primera memoria (Destino. Círculo de lectores)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:20  | Libros...
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