Lunes, 16 de febrero de 2015

A mi hermano no le preguntaba porque él siempre andaba ocupado con tractores y palas de nieve, mientras que yo debía rezumar ese femenino pegamento que mantiene unidas a las familias, escribiendo notas de agradecimiento y recordando los santos y cumpleaños de todo el mundo. Mire usted, querido lector, yo he oído la siguiente genealogía de labios de mi madre: «Ésa es tu prima Melia. La hija de Stazis, el cuñado de Lucille, que es la hermana de tío Mike. Stazis el lechero, ese que nunca tiene mucha prisa, ya sabes, ¿no? Melia es su primera chica, que nació en tercer lugar, después de Mike y Johnny, los dos chicos. Tendrías que conocerla. ¡Melia es prima política tuya!»
Y aquí estoy ahora, consciente de mis deberes, bosquejándolo todo para usted, querido lector, y destilando femenino pegamento, pero también con un dolor sordo en el pecho porque me doy cuenta de que la genealogía no les dice nada. Tessie sabía quién estaba emparentado con quién pero no tenía ni idea de quién era su propio marido, ni del parentesco que tenían sus suegros; todo ello no era más que una ficción creada en el bote salvavidas donde mis abuelos inventaron su propia vida.
Desde el punto de vista sexual, las cosas fueron sencillas para ellos. El doctor Luce, el gran sexólogo, cita asombrosas estadísticas para afirmar que antes de 1950 las parejas casadas no practicaban el sexo oral. Las relaciones sexuales de mis abuelos eran placenteras pero invariables. Por la noche, Desdémona se desnudaba hasta quedarse en corsé, y Lefty manipulaba los broches y corchetes en busca de la combinación secreta que abría las compuertas de la hermética prenda. En cuanto a afrodisiacos, el corsé era todo lo que necesitaban, y para mi abuelo continuó siendo el singular emblema erótico de su vida. El corsé renovó a Desdémona. Como ya he dicho, Lefty ya había visto desnuda a su hermana, pero el corsé tenía el extraño poder de realzar su desnudez; la convertía en una criatura blindada, intimidante, con un mórbido interior que debía conquistarse. Los automáticos hacían un ruidito seco y, entonces, se abría de pronto.
Jeffrey Eugenides
Middlesex (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Quinteto. Anagrama)


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